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Cultura gastronómica

Sembrando Milpas: historia, tradiciones y prácticas bioculturales

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Foto: Presentación Libro Sembrando Milpas

Una mirada al conocimiento ancestral que puede transformar el futuro de la alimentación

Ciudad de México, 29 de agosto de 2026 – La Fundación Herdez llevó a cabo la presentación del libro Sembrando milpas: historia, tradiciones y prácticas bioculturales, con la participación de la Dra. Enriqueta Quiroz Muñoz, coordinadora de la publicación; el chef Ricardo Muñoz Zurita y Carmen Robles, directora de Fundación Herdez, quienes destacaron que la milpa no es únicamente un espacio destinado al cultivo del maíz. Es un sistema agrícola de policultivo que concentra conocimientos ancestrales, biodiversidad, prácticas alimentarias, rituales y formas de relación con el territorio. 

Siglos de experiencia de los pueblos originarios de México 

Esta visión es el eje de Sembrando milpas: historia, tradiciones y prácticas bioculturales, obra coordinada por la historiadora Dra. Enriqueta Quiroz y Publicado por el Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, que reúne investigaciones interdisciplinarias para mostrar la extraordinaria diversidad de estos sistemas de cultivo y su vigencia frente a los desafíos ambientales y alimentarios del presente.

Durante la presentación del libro, la Dra. Quiroz destacó que la obra es resultado del trabajo colectivo de investigadores de distintas disciplinas y, sobre todo, de los conocimientos compartidos por campesinas, campesinos y comunidades que han conservado y transmitido estos saberes a través de generaciones. 

Foto: Presentación del libro Sembrando Milpas desde Fundación Herdez

El volumen reúne diez capítulos y estudios realizados en distintas regiones del país, con la participación de especialistas en historia, antropología, etnografía, biología y agronomía.

La milpa es mucho más que el maíz

Uno de los principales planteamientos de la publicación es la necesidad de dejar atrás la idea de que la milpa es simplemente un sembradío de maíz. En realidad, se trata de un policultivo en el que distintas especies conviven y se complementan de acuerdo con las condiciones de cada territorio. Maíz, frijol, calabaza y chile constituyen una de sus asociaciones más conocidas, pero las investigaciones reunidas en el libro revelan sistemas mucho más complejos, que incorporan frutas, tubérculos, hierbas, árboles, plantas medicinales y otras especies.

La diversidad de las milpas responde a la extraordinaria variedad geográfica de México. El libro recorre sistemas de cultivo en regiones húmedas y tropicales, zonas de montaña, territorios semiáridos y áreas de distintas altitudes, demostrando que no existe una sola milpa, sino múltiples milpas adaptadas a su entorno.

Foto: Dra. Enriqueta Quiroz Muñoz

Para la Dra. Quiroz, esta diversidad no es únicamente una herencia cultural que deba contemplarse con nostalgia. Representa un conocimiento vigente que puede aportar respuestas a problemas actuales como el cambio climático, la pérdida de biodiversidad, el deterioro de los suelos y la dependencia de modelos agrícolas basados en monocultivos y agroquímicos.

El principio del policultivo muestra precisamente una de las grandes fortalezas de la milpa. Las plantas establecen relaciones de complementariedad: el frijol contribuye a la fertilidad del suelo mediante la fijación de nitrógeno; las hojas de la calabaza ayudan a conservar la humedad y cubrir el suelo; otras especies pueden contribuir al control natural de plagas o atraer polinizadores. De esta manera, la milpa funciona como un ecosistema en el que la diversidad es también una estrategia de supervivencia.

Un paradigma biocultural

En este sentido, Sembrando milpas se inscribe en el llamado paradigma biocultural, que busca poner en diálogo el conocimiento científico con los saberes de las comunidades. La propuesta plantea recuperar conocimientos ancestrales no como un ejercicio de nostalgia, sino como una fuente de alternativas frente a los retos ambientales y alimentarios contemporáneos.

Foto: Página del libro Sembrando Milpas

Pero la milpa no solamente produce alimentos. También organiza una forma de entender y habitar el mundo. Los estudios reunidos en el volumen muestran la relación entre los ciclos agrícolas, los calendarios rituales, las festividades, la religiosidad y la preparación de alimentos. La siembra, las lluvias, la cosecha y las celebraciones forman parte de un mismo entramado cultural que todavía permanece vivo en numerosas comunidades.

La visión gastronómica y de salud

Durante la presentación también se resaltó cómo estos conocimientos se expresan en la cocina. El chef Ricardo Muñoz Zurita destacó la riqueza del capítulo dedicado a los policultivos de Tabasco y mostró cómo la milpa puede convertirse en una verdadera despensa de biodiversidad. En un mismo terreno pueden coexistir numerosas especies destinadas a la alimentación, pero también plantas de uso medicinal, aromático y ritual.

Foto: Chef Ricardo Muñoz Zurita

El caso tabasqueño permitió mostrar con particular claridad esta complejidad. A partir de los sistemas de cultivo estudiados en el estado, se habló de maíz, frijol, calabazas, chiles, plátanos, tubérculos, hierbas y múltiples plantas aprovechadas tanto en la alimentación como en la medicina tradicional. De esta diversidad surge también una extraordinaria riqueza gastronómica, expresada en bebidas, preparaciones y, de manera especial, en una amplia variedad de tamales.

Muñoz Zurita subrayó además que el valor de la obra reside en su rigor académico sin sacrificar la capacidad de comunicar. Consideró que se trata de una investigación científica, ampliamente documentada y referenciada, pero al mismo tiempo accesible y capaz de acercar al lector a la riqueza de las milpas mexicanas.

Un patrimonio cultural

Uno de los grandes aportes de Sembrando milpas es, precisamente, demostrar que la biodiversidad agrícola también es patrimonio cultural. En cada región, las comunidades han desarrollado estrategias específicas para aprovechar el agua, los suelos, las plantas, los animales y los ciclos climáticos. Son conocimientos construidos a partir de una relación profunda con el territorio y transmitidos mediante la práctica cotidiana.

La obra también pone sobre la mesa los desafíos que amenazan la continuidad de estos sistemas: la migración, la transformación de las actividades rurales, la introducción de tecnologías agrícolas, la desaparición de prácticas tradicionales y los efectos del cambio climático. Frente a ello, los autores plantean la urgencia de documentar, valorar y preservar estos conocimientos sin idealizar el pasado, sino reconociendo aquello que puede contribuir a construir alternativas para el presente.

Una estrecha relación con la naturaleza

La publicación representa así una importante aportación al conocimiento de México: recupera voces, prácticas y saberes que durante mucho tiempo han permanecido fuera de los grandes relatos sobre la agricultura y la alimentación, y los coloca en el centro de una conversación urgente sobre el futuro.

Más que regresar al pasado, la propuesta que atraviesa Sembrando milpas consiste en aprender de él. Reconocer que los pueblos originarios desarrollaron sistemas agrícolas capaces de producir diversidad, aprovechar los recursos del territorio y mantener una estrecha relación con la naturaleza puede abrir nuevas posibilidades para la agricultura contemporánea.

Foto: Portada del Libro Sembrando Milpas: historia, tradiciones y prácticas bioculturales

La milpa aparece, entonces, no como una tradición detenida en el tiempo, sino como un conocimiento vivo. Un sistema que alimenta, conserva biodiversidad, sostiene culturas y ofrece lecciones para enfrentar algunos de los grandes desafíos del siglo XXI.

Con esta obra, la Dra. Enriqueta Quiroz y el equipo de investigadores que la acompaña hacen una contribución fundamental a la comprensión del patrimonio biocultural de México: volver la mirada hacia la milpa para descubrir que, en sus semillas, sus plantas, sus territorios y en los saberes de quienes las cultivan, también se encuentran algunas de las claves para imaginar un futuro más diverso, sustentable y soberano.

La diversidad alimentaria de México

Con esta presentación, Fundación Herdez y el Instituto Mora refrendan la importancia de tender puentes entre la investigación académica, la divulgación y la cultura alimentaria, poniendo en el centro un sistema agrícola que continúa formando parte de la identidad y de la diversidad alimentaria de México.

Sembrando milpas: historia, tradiciones y prácticas bioculturales, coordinado por la Dra. Enriqueta Quiroz, fue publicado en 2025 y está disponible para descarga gratuita en formato digital en https://publicaciones.institutomora.edu.mx/omp/index.php/EIM/catalog/book/157. De igual manera, puede consultarse en los acervos de la Biblioteca de la Gastronomía Mexicana (CDMX) y Biblioteca Casa Doña María Pons (San Luis Potosí).

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Cultura gastronómica

Del encuentro a la mesa en el día de la Nación Pluricultural

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Foto: Llegada de los exploradores europeos en América

El nacimiento de una nueva gastronomía en América

La llegada de los europeos al continente americano transformó para siempre la alimentación de dos mundos. Entre intercambios, imposiciones y adaptaciones, surgió una fusión culinaria que dio origen a nuevas identidades gastronómicas y cambió la historia de la cocina mundial.

Dos mundos que se encontraron en la cocina

Cuando las expediciones europeas llegaron a América a finales del siglo XV, no solo comenzó una transformación política, económica y social: también se inició uno de los intercambios alimentarios más trascendentes de la historia. Los productos, las técnicas agrícolas, los animales y las costumbres culinarias de dos continentes comenzaron a encontrarse, modificando para siempre la forma de producir, preparar y consumir los alimentos.

Los pueblos originarios de América poseían conocimientos agrícolas y gastronómicos desarrollados durante miles de años. El maíz, el frijol, la calabaza, el chile, el jitomate, el cacao, el aguacate y la vainilla formaban parte de sistemas alimentarios complejos que incluían técnicas de cultivo, conservación y preparación profundamente vinculadas con el entorno natural y la vida comunitaria.

Por su parte, los europeos llegaron con otros ingredientes, animales y tradiciones culinarias. El trigo, el arroz, la caña de azúcar, la cebolla y el ajo, junto con el ganado bovino, porcino, ovino y caprino, comenzaron a incorporarse progresivamente a la producción y alimentación del continente americano.

El resultado no fue simplemente la suma de dos cocinas. Fue un proceso histórico de intercambio, adaptación y transformación que dio lugar a nuevas expresiones gastronómicas.

El intercambio que cambió la alimentación del mundo

Uno de los fenómenos más importantes de este periodo fue el llamado intercambio colombino, mediante el cual plantas, animales, alimentos y conocimientos circularon entre América, Europa, África y Asia.

América aportó productos que hoy resultan indispensables en numerosas cocinas del planeta. El jitomate transformó la gastronomía italiana; la papa se convirtió en un alimento fundamental en Europa; el cacao conquistó nuevos mercados y el chile encontró un lugar destacado en diversas cocinas de Asia.

Al mismo tiempo, el continente americano incorporó ingredientes que cambiarían su paisaje agrícola y culinario. El trigo se utilizó para elaborar panes y otras preparaciones; el ganado permitió desarrollar nuevas tradiciones de consumo de carne y productos lácteos, mientras que el arroz y la caña de azúcar adquirieron importancia en distintas regiones.

Este intercambio no ocurrió de manera inmediata ni fue igual en todo el continente. Dependió de las condiciones ambientales, las rutas comerciales, los movimientos de población y las relaciones de poder establecidas durante la colonización.

Además, la transformación alimentaria no involucró únicamente a europeos y pueblos originarios. Las poblaciones africanas, muchas de ellas trasladadas por la fuerza mediante la esclavitud, también aportaron conocimientos, ingredientes y prácticas que enriquecieron las cocinas americanas. La gastronomía del continente es, por ello, resultado de una historia mucho más amplia y diversa.

México: un encuentro de ingredientes que transformó la cocina

En el territorio que hoy ocupa México, el encuentro entre las tradiciones indígenas y europeas dio lugar a transformaciones especialmente significativas.

Antes de la llegada de los españoles, el maíz era la base de la alimentación de numerosos pueblos mesoamericanos. Su transformación mediante la nixtamalización permitía elaborar masa para tortillas, tamales y otras preparaciones. El chile, los frijoles, las calabazas y una gran variedad de hierbas, frutos e insectos comestibles completaban una alimentación adaptada a los ecosistemas locales.

Con la colonización se incorporaron ingredientes y técnicas que encontraron distintas formas de integrarse a las cocinas existentes. El cerdo, la res, el pollo, el trigo, el arroz, la leche, el queso y diversas especias comenzaron a participar en nuevas preparaciones.

Así, las tortillas y los guisos de maíz convivieron con carnes de origen europeo; los panes de trigo se incorporaron a las mesas de diferentes sectores sociales y los lácteos encontraron espacio en preparaciones regionales.

La cocina mexicana no abandonó sus raíces para adoptar una tradición extranjera. En muchos casos, reinterpretó los nuevos ingredientes a partir de sus propios conocimientos, técnicas y preferencias.

El resultado fue una gastronomía en constante transformación, capaz de conservar prácticas ancestrales y, al mismo tiempo, incorporar elementos provenientes de otras culturas.

De los ingredientes a los platillos: la creación de nuevas identidades

La fusión gastronómica se aprecia en preparaciones que hoy forman parte de la identidad culinaria de México, aunque sus historias son distintas y no siempre pueden atribuirse a un único momento histórico.

El uso del cerdo en carnitas, la presencia del trigo en panes y repostería, la incorporación de productos lácteos en quesos y guisos, así como la combinación de ingredientes americanos y europeos en numerosas cocinas regionales, muestran cómo los productos introducidos durante la colonización fueron reinterpretados con el paso del tiempo.

El mole, por ejemplo, tiene una historia compleja vinculada con ingredientes, técnicas y tradiciones de diferentes épocas. No puede explicarse simplemente como una receta española ni como una preparación que permaneció inalterada desde el periodo prehispánico. Su evolución refleja la creatividad de cocineras y cocineros, la circulación de ingredientes y los cambios sociales que marcaron la historia de México.

Algo similar sucede con muchas otras preparaciones que hoy se consideran representativas de la cocina nacional. Su identidad se construyó a través de generaciones, en hogares, mercados, conventos, comunidades rurales y espacios urbanos.

Detrás de cada platillo existe una historia de adaptación, conocimiento y creatividad que difícilmente puede reducirse a una sola cultura.

Una fusión marcada también por el conflicto

Hablar de mestizaje gastronómico exige reconocer que este proceso no ocurrió en condiciones de igualdad.

La conquista y la colonización estuvieron acompañadas de violencia, despojo territorial, evangelización forzada, cambios en las formas de trabajo y profundas transformaciones en los sistemas productivos. La alimentación también se vio afectada por estas relaciones de poder.

Algunos ingredientes y costumbres se difundieron por las rutas comerciales y el contacto entre comunidades; otros se incorporaron como consecuencia de nuevas estructuras económicas y sociales. Los sistemas agrícolas indígenas, por su parte, demostraron una enorme capacidad de adaptación y conservaron conocimientos que siguen siendo fundamentales para la alimentación contemporánea.

Las mujeres indígenas y las cocineras de distintas comunidades desempeñaron un papel esencial en la transmisión de técnicas, el aprovechamiento de los ingredientes y la transformación de las recetas. Sin embargo, gran parte de ese conocimiento se conservó de manera oral y colectiva, sin que sus protagonistas recibieran siempre el reconocimiento histórico que merecían.

Por eso, comprender el origen de la gastronomía americana también significa reconocer a las comunidades que preservaron sus saberes en medio de profundas transformaciones.

La gastronomía americana: una herencia que conquistó el mundo

La influencia de este intercambio trascendió las fronteras del continente. Ingredientes originarios de América se incorporaron a las cocinas europeas, africanas y asiáticas, mientras que los productos introducidos desde otros territorios encontraron nuevas formas de utilización en las sociedades americanas.

Hoy resulta difícil imaginar la cocina italiana sin jitomate, la gastronomía belga sin chocolate, numerosas preparaciones asiáticas sin chile o las cocinas latinoamericanas sin arroz, trigo y productos ganaderos.

Estos ejemplos muestran que la historia de la gastronomía no puede entenderse como una sucesión de cocinas aisladas. Los alimentos viajan, las técnicas se adaptan y las comunidades transforman aquello que reciben a partir de sus propias necesidades y conocimientos.

La diversidad culinaria actual es, en buena medida, resultado de siglos de migraciones, intercambios comerciales, conquistas, resistencias e innovaciones.

Una historia que continúa en cada cocina

La fusión entre las tradiciones de los pueblos originarios de América, las culturas europeas y los aportes africanos no fue un acontecimiento que concluyó hace siglos. Es un proceso que continúa en los mercados, los hogares, los restaurantes y las cocinas contemporáneas.

Cada vez que una cocinera utiliza maíz nativo en una preparación que incorpora ingredientes introducidos desde otros continentes, o cuando un chef recupera una técnica ancestral y la combina con recursos actuales, participa de esa larga historia de transformación gastronómica.

Comprender estos procesos permite mirar los alimentos de otra manera. Un ingrediente no es únicamente una materia prima: también representa viajes, conocimientos, relaciones humanas y cambios históricos.

La gastronomía americana nació de encuentros complejos, de la conservación de saberes ancestrales y de la capacidad de distintas culturas para transformar sus alimentos. Reconocer esa historia no significa olvidar los conflictos que la acompañaron, sino comprender cómo, a pesar de ellos, las comunidades construyeron cocinas nuevas y extraordinariamente diversas.

En cada tortilla, cada pan, cada guiso y cada combinación de sabores permanece una parte de esa historia compartida: la historia de un continente que transformó el mundo a través de sus alimentos.

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Alimentos

Comienza la temporada Pan de Muerto

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Foto: Pan de muerto

Un sabor que honra a los difuntos en México

Cada otoño, México se viste de colores vibrantes, aromas dulces y una atmósfera única que rinde homenaje a los que ya no están con nosotros. Uno de los elementos culinarios más representativos de esta temporada es el pan de muerto, una tradición que, más allá de ser un manjar, simboliza la conexión entre los vivos y sus seres queridos difuntos. Desde sus orígenes hasta sus variaciones actuales, el pan de muerto es mucho más que un simple postre: es una celebración de la vida y la muerte.

Orígenes del Pan de Muerto

La tradición de honrar a los muertos en México tiene raíces prehispánicas. Civilizaciones antiguas como los aztecas realizaban rituales en honor a sus difuntos, ofrendando alimentos y otros objetos personales para ayudar a sus almas en su viaje al Mictlán, el inframundo. Tras la conquista, con la llegada de los españoles y la influencia del catolicismo, estas prácticas se fusionaron con las celebraciones del Día de Todos los Santos y el Día de los Fieles Difuntos, dando lugar a lo que hoy conocemos como Día de Muertos.

El pan de muerto es una manifestación de esta sincretización. Se cree que su creación fue impulsada por la adaptación de prácticas indígenas, en las que se ofrecían alimentos a los muertos. Con el tiempo, el pan de muerto evolucionó y adquirió un simbolismo particular en su forma y sabor.

Significado y Simbolismo

El pan de muerto es una pieza de pan dulce, generalmente redonda, que simboliza el ciclo de la vida y la muerte. La forma y los detalles de este pan están llenos de significados profundos. La bola central, situada en la parte superior, representa el cráneo, mientras que las cuatro “canillas” (las tiras de masa que se extienden desde el centro hacia los costados) simbolizan los huesos y, en algunos casos, los cuatro puntos cardinales. Estos puntos representan los caminos que guían a las almas en su viaje de regreso a la Tierra para reencontrarse con sus seres queridos durante el Día de Muertos.

El aroma característico del pan de muerto proviene de la flor de azahar, que simboliza el recuerdo a los difuntos y aporta un toque delicado y floral. Además, se suele espolvorear con azúcar, que añade un contraste dulce y visualmente atractivo.

Diversidad y Variantes Regionales

Cada región de México ha adaptado el pan de muerto de acuerdo a sus propias tradiciones y gustos locales. En el centro del país, por ejemplo, el pan de muerto suele ser sencillo, con una cobertura de azúcar. En Oaxaca, se le agregan figuras de animales o formas geométricas que simbolizan elementos de la cosmovisión indígena, mientras que en Puebla es común encontrar pan de muerto cubierto con ajonjolí. En Michoacán, el pan de muerto puede llevar figuras de huesos o rostros de los difuntos.

En los últimos años, han surgido versiones innovadoras del pan de muerto, como el relleno de crema pastelera, chocolate, cajeta o nata, que han ganado popularidad y agregan un toque de modernidad a esta tradición tan arraigada.

Elaboración del Pan de Muerto

La elaboración del pan de muerto requiere de paciencia y cuidado, ya que se trata de un pan fermentado. La masa se prepara con harina, levadura, leche, huevos y mantequilla, a lo que se le agrega un toque de ralladura de naranja o agua de azahar para darle su aroma característico. Una vez que se ha dejado fermentar, se forma el pan y se agregan las “canillas” y el “cráneo”. Tras un segundo tiempo de reposo, se hornea y se cubre con mantequilla y azúcar para darle su aspecto final.

Este proceso no solo busca un resultado sabroso, sino que también es una forma de homenaje y respeto hacia los ancestros. Cada elemento de su preparación es una ofrenda y una forma de recordar a aquellos que ya no están, manteniendo viva su memoria a través de cada bocado.

El Pan de Muerto en la Celebración del Día de Muertos

En la celebración del Día de Muertos, el pan de muerto ocupa un lugar importante en las ofrendas. Se coloca junto con velas, flores de cempasúchil, fotografías y objetos que representen a los difuntos. La creencia es que, durante la noche del 1 y 2 de noviembre, las almas regresan al mundo de los vivos para disfrutar de los alimentos y recordar su vida terrenal.

Además, el pan de muerto también simboliza la unión entre generaciones, ya que muchas familias se reúnen para hornearlo juntas, transmitiendo así la tradición de generación en generación.

La Importancia de Conservar la Tradición

En un mundo cada vez más globalizado, el pan de muerto es un recordatorio de la importancia de las tradiciones y de la identidad cultural. A través de esta deliciosa tradición, México conserva y celebra su rica herencia y sus creencias en torno a la muerte, no como un fin, sino como una transición hacia otro estado de existencia.

El pan de muerto es un símbolo de que la muerte no es el final, sino una etapa que, como el pan mismo, tiene diferentes formas, sabores y colores.

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Cultura gastronómica

La libertad también se cocina

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Foto: Viva México Gastronómico

La otra Independencia de México

Cada septiembre, México se viste de verde, blanco y rojo. Recordamos a quienes, hace más de dos siglos, imaginaron un país capaz de decidir su propio destino. Hablamos de libertad, de identidad, de soberanía y de aquello que significa ser mexicanos.

Pero quizá existe otra forma de entender la Independencia: una que no ocurrió en los campos de batalla, sino en las milpas, los fogones, los mercados y las cocinas.

Una independencia que tiene aroma a maíz recién nixtamalizado, sabor a chile, textura de frijol, perfume de hierbas y el sonido de una tortilla hecha a mano.

La independencia también puede ser alimentaria.

Un país que aprendió a alimentarse con su propia tierra

México no construyó su identidad gastronómica de un día para otro. Mucho antes de que existiera el concepto de nación, los pueblos originarios ya habían desarrollado una extraordinaria relación con la tierra y con los alimentos.

El maíz, el frijol, el chile, la calabaza, el amaranto, el cacao, el nopal y una enorme diversidad de plantas, semillas, frutos y animales formaron parte de sistemas alimentarios profundamente ligados al territorio.

No se trataba solamente de comer.

Era sembrar, cosechar, transformar, conservar, compartir y transmitir conocimientos.

La cocina era también una manera de entender el mundo.

Por eso, cuando hablamos de gastronomía mexicana, hablamos de algo mucho más grande que una colección de recetas. Hablamos de conocimientos acumulados durante generaciones y de comunidades que han mantenido vivos sabores, técnicas y formas de relacionarse con los alimentos.

La soberanía empieza en el plato

Ser independientes también significa tener la capacidad de decidir qué comemos, de dónde vienen nuestros alimentos y quién los produce.

La independencia alimentaria no significa aislarnos del mundo ni rechazar lo que viene de otros lugares. Significa algo más sencillo y, al mismo tiempo, más profundo: tener la capacidad de valorar y fortalecer nuestros propios sistemas alimentarios.

Significa mirar nuevamente hacia el campo.

Preguntarnos quién sembró el maíz con el que se hizo nuestra tortilla. Quién cultivó el chile. Quién cuidó el frijol. Quién produjo la miel. Quién pescó, crió, cosechó o transformó aquello que llega hasta nuestra mesa.

Porque detrás de cada alimento existe una historia y, muchas veces, también existe una persona cuyo trabajo permanece invisible.

La cocina mexicana es una forma de independencia

Hay algo extraordinario en nuestra gastronomía: no necesita parecerse a ninguna otra para tener valor.

Una tortilla puede ser sencilla y, al mismo tiempo, contener siglos de conocimiento.

Un mole puede reunir una diversidad de ingredientes, técnicas y memorias.

Un tamal puede hablar de una comunidad.

Un pozole puede convertirse en celebración.

Un taco puede ser comida cotidiana y, a la vez, una de las expresiones más poderosas de nuestra cultura.

Eso es lo hermoso de la gastronomía mexicana: su grandeza no está solamente en los restaurantes ni en los platos sofisticados; está también en la cocina de una casa, en el mercado, en la fonda, en la comunidad y en las manos de quien sigue cocinando como aprendió de su madre, de su abuela o de su pueblo.

Independizarse también es dejar de olvidar

Quizá uno de los grandes retos actuales no sea descubrir nuevos sabores, sino evitar que olvidemos los que ya tenemos.

Que desaparezcan semillas porque dejaron de sembrarse.

Que una técnica tradicional deje de practicarse porque nadie aprendió a realizarla.

Que un ingrediente regional sea sustituido antes de que conozcamos su historia.

Que una cocina comunitaria sea considerada menos importante que una cocina de moda.

La verdadera riqueza gastronómica de México está en su diversidad. Y esa diversidad necesita algo más que reconocimiento: necesita consumidores, productores, cocineros, investigadores, instituciones y comunidades dispuestos a mantenerla viva.

El nuevo grito puede estar en nuestras cocinas

Cada vez que elegimos un producto local, apoyamos una pequeña producción, compramos directamente a un campesino, conocemos una semilla nativa o preguntamos por el origen de un ingrediente, estamos participando —aunque sea de una manera pequeña— en una forma contemporánea de independencia.

Cada vez que una familia conserva una receta.

Cada vez que una cocinera transmite una técnica.

Cada vez que un joven decide regresar al campo.

Cada vez que un chef trabaja con ingredientes mexicanos y cuenta su historia.

Cada vez que alguien descubre que detrás de un alimento existe un territorio y una comunidad.

Ahí también se construye país.

Porque la independencia no solamente consiste en recordar quiénes fuimos.

También consiste en decidir qué queremos conservar, qué queremos transformar y qué queremos dejarles a quienes vienen después.

México tiene mucho que defender desde la mesa

En estas fiestas patrias podemos celebrar nuestra historia con un brindis, con un plato de pozole, con una tlayuda, unos tamales, un mole o cualquiera de los innumerables sabores que forman parte de nuestra mesa.

Pero quizá también podemos hacer algo más.

Podemos mirar ese plato con otros ojos.

Preguntarnos de dónde vienen sus ingredientes. Quién los produjo. Qué conocimientos hicieron posible que llegaran hasta nosotros. Qué historias están detrás de ellos.

Porque cuando comprendemos el origen de nuestros alimentos, dejamos de verlos únicamente como productos y comenzamos a reconocerlos como parte de nuestra identidad.

México conquistó su independencia política hace más de dos siglos.

La independencia alimentaria es una tarea que todavía estamos construyendo.

Y quizá el primer paso sea entender que defender nuestra gastronomía no significa solamente defender nuestros platillos.

Significa defender la tierra, las semillas, los productores, las comunidades, las técnicas, los mercados, las cocineras y cocineros, y toda esa enorme cadena de conocimientos que hace posible que México siga teniendo una de las gastronomías más extraordinarias del mundo.

Este septiembre, además de gritar ¡Viva México!, quizá vale la pena preguntarnos:

¿Qué estamos haciendo para que también viva nuestra cocina?

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