En entrevista el chef Jordi Roca opina sobre la repostería y su aportación a la cocina
Por muy copiosa que haya sido la comida, siempre se deja hueco para el postre. Un momento de disfrute que libera a la parte más irracional del ser humano que no piensa en calorías, además para compensar ya está la sacarina del café. El repostero Jordi Roca, uno de los tres hermanos al frente del Celler de Can Roca con tres Estrellas Michelin, aconseja liberar más al niño que todos llevamos dentro y disfrutar al máximo de la repostería, una parte de la gastronomía tan importante como el resto y de la que queda mucho por explorar. Un ejemplo de ello es el libro Casa Cacao, un recetario de creaciones con el chocolate como protagonista.
¿Por qué se decidió por la repostería del Celler de Can Roca?
Fue casualidad. En una época en la que aún estaba pensando qué quería hacer, me tocó pasar por todas las partidas de El Celler, incluida la sala. En esa época el único que necesitaba una mano extra era Damian con el que aprendí un oficio. Y más importante, lo aprendí de alguien que no era uno de mis hermanos, eso fue muy importante para mí porque después pude establecer una conversación de tú a tú con Joan, ya que él no sabía de pastelería, yo era ese complemento.
¿Qué parte de las tres estrellas Michelin que tiene el Celler siente suya?
La parte dulce, obviamente. La última parte del menú pero no la menos importante, lo último que comes es lo primero que recuerdas.
¿En algún momento ha sentido que la repostería tenga menos reconocimiento en España?
Yo no creo que sea así, hay mucho buen pastelero y cada vez más comunicación al respecto.
¿Piensa que falta cultura repostera?
No, para nada, pero sí hace falta gozar libremente, sin restricciones de lo dulce. Nos estamos volviendo muy estrictos con las dietas. Es necesario contentar al niño interior para una buena salud emocional y eso se consigue con un dulce.
¿Qué países son referencia en repostería?
Francia es la referencia mundial. Se habla mu-cho de repostería y la gente está dispuesta a pagar por el trabajo de un buen artesano. Aquí está empezando a pasar. Otra referencia es Japón.
¿La vanguardia ha llegado a la repostería?
Sí, de hecho tengo la teoría de que ha sido la repostería la que ha revolucionado técnicamente la cocina, los grandes chefs de todos los tiempos eran pasteleros: Careme, Robuchon, Michel Guerard, Martín Berasategui, Albert Adrià, un servidor… Sin la innovación que llevaron estos chefs desde su conocimiento técnico del mundo dulce, la cocina que hoy conocemos como cocina de vanguardia no existiría.
El dulce es uno de los sabores más primarios, ¿cómo se consigue un resultado más complejo?
Con el contraste que permite el dulce, se le pueden incorporar todos los demás sabores y siempre puede funcionar. El dulce es el sabor básico, es el primero que percibimos cuando somos bebés.
El libro que acaba de presentar es un completo recetario de creaciones con chocolate, ¿por qué nos gusta tanto este alimento?
¡Porque es maravilloso! Todos tenemos asociado el chocolate con recuerdos felices de infancia, es nuestra puerta directa con la felicidad y el bienestar.
¿Nos queda mucho por descubrir en el mundo del cacao?
¡Mucho! De hecho me parece que es un mundo muy complejo, tanto como lo es el mundo del vino, pero en este caso falta mucho trabajo de documentación y trazabilidad. Hay una sucesión de acontecimientos que determinan la calidad que tienes en el chocolate. Poder llegar a controlarlos todos es mi obsesión.
¿Qué últimas novedades gastronómicas están aplicando al chocolate desde su restaurante?
Todos los bombones que preparamos en nuestro carro de petitfours están hechos con chocolate elaborado en nuestro obrador, incluyendo las ganachés o rellenos de bombones que están hechos sin lácteos, es decir con base de agua, una innovación técnica que es original de Damian Allsop, el jefe de obrador de chocolate.
Foto: Quetzalcóatl tomó el cacao de la tierra de los dioses | Familia Nestlé
La leyenda prehispánica del cacao
Hace mucho tiempo, cuando los dioses caminaban entre los hombres y la tierra todavía guardaba secretos que solo la naturaleza conocía, existía un pueblo que soñaba con alcanzar la sabiduría de los cielos. Sus habitantes cultivaban el maíz, cosechaban frutos y aprendían los misterios de la tierra, pero había un tesoro reservado únicamente para los dioses: el cacao.
Cuenta una antigua leyenda que fue Quetzalcóatl, la Serpiente Emplumada, quien decidió entregar este regalo divino a los seres humanos, convencido de que podían construir un mundo más próspero si recibían algo más que alimento: un símbolo de conocimiento, abundancia y unión.
El secreto que guardaban los dioses
En el reino celestial, los dioses disfrutaban de los frutos de un árbol extraordinario. Sus semillas, pequeñas y de apariencia sencilla, escondían un poder especial. Al molerlas y mezclarlas con agua, daban origen a una bebida de sabor intenso, amargo y profundo, capaz de reconfortar el espíritu y acompañar los momentos más importantes de la vida divina.
Quetzalcóatl observaba desde lo alto cómo los seres humanos trabajaban bajo el sol. Los veía sembrar la tierra, levantar sus hogares y compartir los frutos de sus cosechas. Sin embargo, también veía su sufrimiento cuando la escasez llegaba y sus fuerzas comenzaban a agotarse.
—¿Por qué hemos de guardar para nosotros toda esta riqueza? —preguntó el dios a sus compañeros celestiales—. Los hombres también merecen conocer los secretos que hacen florecer la vida.
Los demás dioses se opusieron. El cacao era demasiado valioso para entregarlo a los mortales. Su cultivo y preparación debían permanecer como un privilegio divino.
Pero Quetzalcóatl pensaba de otra manera.
El árbol que descendió del cielo
Foto: inklingo
Decidido a compartir aquel tesoro, Quetzalcóatl descendió a la tierra y buscó un lugar donde los seres humanos pudieran aprender a cultivarlo.
Según la versión de la leyenda que ha llegado hasta nuestros días, el dios tomó una planta del jardín celestial y la llevó al mundo de los hombres. La sembró en una tierra fértil, donde las lluvias alimentaban las raíces y el sol acariciaba sus hojas.
Después reunió a los habitantes del lugar y les enseñó a cuidar el árbol, reconocer sus frutos y extraer las semillas que guardaban en su interior.
Los hombres contemplaron maravillados aquellas mazorcas de colores intensos que crecían directamente del tronco y de las ramas más gruesas. Nunca habían visto algo semejante.
—Este árbol les dará mucho más que alimento —les dijo Quetzalcóatl—. Sus frutos les recordarán que la verdadera riqueza no consiste en guardar los regalos de la tierra, sino en aprender a compartirlos.
Con paciencia, los seres humanos descubrieron que las semillas debían fermentarse, secarse y tostarse antes de molerse. Aprendieron a mezclarlas con agua y a batir la preparación hasta obtener una bebida espumosa, cuyo aroma pronto llenó sus hogares y ceremonias.
El cacao había dejado de ser un secreto de los dioses.
La bebida de los hombres y los dioses
Con el paso del tiempo, el cacao ocupó un lugar especial en la vida de los pueblos mesoamericanos. Su bebida acompañaba ceremonias, reuniones importantes y rituales sagrados. En distintas sociedades, las semillas también adquirieron valor económico y llegaron a utilizarse como medio de intercambio.
Para quienes aprendieron a cultivarlo y prepararlo, el cacao representaba una relación profunda entre la naturaleza, la comunidad y lo sagrado.
No era simplemente un fruto. Era una semilla que exigía paciencia, conocimiento y trabajo colectivo. Desde el cuidado del árbol hasta la preparación de la bebida, cada etapa requería la participación de manos expertas que transmitían sus saberes de una generación a otra.
Quetzalcóatl, según la leyenda, había entregado algo más que un ingrediente: había compartido una enseñanza sobre el conocimiento y la generosidad.
Pero aquel regalo no estaría libre de consecuencias.
El precio de compartir un regalo divino
Foto: eprateekdaily
Al enterarse de que los seres humanos disfrutaban del cacao, algunos dioses montaron en cólera. Quetzalcóatl había desafiado sus órdenes y compartido un tesoro que debía permanecer en el cielo.
La leyenda cuenta distintas versiones sobre el castigo que recibió el dios y sobre su posterior partida. En algunas narraciones, su historia se entrelaza con engaños, promesas rotas y el dolor de abandonar a los pueblos a los que había enseñado.
Sin embargo, ni la ausencia de Quetzalcóatl ni el paso de los siglos pudieron borrar su regalo.
Los árboles de cacao continuaron creciendo en las tierras cálidas de Mesoamérica. Las comunidades conservaron sus conocimientos y perfeccionaron las técnicas para transformar sus semillas en bebidas y preparaciones de profundo significado cultural.
Mucho después, con la llegada de los europeos a América, el cacao cruzaría el océano y comenzaría una nueva historia. Su preparación cambiaría con la incorporación de otros ingredientes, como el azúcar, y con el desarrollo de nuevas técnicas culinarias. De esa transformación surgirían otras formas de consumirlo, hasta convertirse en el chocolate que hoy conquista paladares en todo el mundo.
Aun así, en cada semilla permanece el recuerdo de una historia mucho más antigua.
Un legado que todavía podemos saborear
Hoy, cuando rompemos una barra de chocolate, bebemos una taza de cacao o disfrutamos de una preparación tradicional mexicana, pocas veces pensamos en el largo camino que recorrió este fruto.
Detrás de su sabor existe una historia de pueblos originarios que domesticaron plantas, desarrollaron técnicas de cultivo y construyeron una cultura alrededor de sus productos. La leyenda de Quetzalcóatl nos invita a mirar ese legado con admiración, aunque la historia real del cacao sea mucho más antigua y compleja que cualquier relato mitológico.
Porque las leyendas no siempre buscan explicar los hechos tal como sucedieron. A veces, su propósito es conservar una enseñanza y recordarnos aquello que una comunidad considera sagrado.
Y quizá esa sea la mayor lección del regalo de Quetzalcóatl: la grandeza de un alimento no reside únicamente en su sabor, sino también en la historia, los conocimientos y la identidad que viajan con él.
Así, cada semilla de cacao guarda dos riquezas: la que podemos degustar y la que solo podemos descubrir cuando conocemos su origen.
Y mientras el chocolate siga presente en nuestras mesas, la antigua leyenda de la Serpiente Emplumada continuará viva, recordándonos que algunos de los regalos más extraordinarios de la humanidad nacen de la tierra y se vuelven eternos gracias a las manos que los cultivan y los comparten.
Nota cultural: Esta narración es una recreación literaria inspirada en la tradición mesoamericana que vincula a Quetzalcóatl con el cacao. Existen distintas versiones de la leyenda, y no debe interpretarse como un relato histórico único ni como una creencia idéntica entre todos los pueblos prehispánicos.
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Una jornada de innovación, tradición y el sabor de la gastronomía dulce
Entrar a Mexipan 2026 es sumergirse en un universo donde el aroma del pan recién horneado, el chocolate, la pastelería y la creatividad se convierten en los verdaderos protagonistas. Del 29 de julio al 1 de agosto, el Centro Banamex reúne a profesionales, estudiantes, empresarios y apasionados de la gastronomía en uno de los encuentros más importantes del sector en México.
Más allá de un negocio
Foto: Mexipan 2026
Durante nuestro recorrido fue evidente que la exposición va mucho más allá de ser un escaparate comercial. Cada pasillo ofrece una oportunidad para descubrir nuevas tendencias, ingredientes, maquinaria, utensilios y soluciones que buscan impulsar la evolución de la panadería, la pastelería, el chocolate y otros segmentos de la industria gastronómica.
Inspiración e innovación profesional
Uno de los grandes atractivos de la jornada fueron las conferencias y demostraciones culinarias. Reconocidos chefs y especialistas compartieron técnicas, conocimientos y experiencias que inspiraron tanto a quienes inician su camino en el oficio como a profesionales con amplia trayectoria. Cada presentación despertó el interés del público, que siguió con atención las explicaciones y degustó algunas de las creaciones elaboradas en vivo.
Foto: Mexipan 2026 / Chef Irvin Quiroz
La innovación estuvo presente en prácticamente todos los stands. Desde materias primas de alta calidad hasta equipos con tecnología de vanguardia, Mexipan confirmó por qué es un punto de encuentro estratégico para quienes buscan mantenerse al día en un mercado cada vez más competitivo. La creatividad y la búsqueda constante de nuevas propuestas quedaron reflejadas en productos que combinan tradición con tendencias contemporáneas.
Cocktail de celebración
Foto: Cocktail celebración 18 años Mexipan 2026
Como parte de la celebración por los 18 años de Mexipan, organizadores, expositores, representantes de la industria, medios de comunicación e invitados especiales se reunieron en un ameno cóctel conmemorativo. Durante el encuentro se dirigió un mensaje de agradecimiento por el camino recorrido por esta exposición, hoy consolidada como una de las plataformas más importantes para la panadería, la pastelería, la chocolatería y la gastronomía en México y Latinoamérica.
La velada fue conducida por el actor Omar Fierro como maestro de ceremonias, quien aportó calidez y cercanía a una celebración que estuvo acompañada de una destacada propuesta gastronómica, bebidas y la música de mariachi, en un ambiente de convivencia que puso el broche de oro a una jornada llena de innovación y sabor.
Mucho más que una exposición
Mexipan vuelve a demostrar que es mucho más que una exposición: es un lugar donde convergen el conocimiento, la innovación y la pasión por los oficios que endulzan y enriquecen la gastronomía. Para quienes forman parte de este sector o simplemente disfrutan descubrir nuevas propuestas culinarias, la visita representa una experiencia que vale la pena vivir.
Foto: Mexipan 2026
Las demostraciones de los chefs, la diversidad de productos, el ambiente de los pabellones y el cálido encuentro del incio de Mexipan con la prensa e invitados especiales, reflejaron la energía y el espíritu que distinguen a Mexipan durante ya 18 años.
Cuando las luces de la panadería se apagaban y el último cliente salía con una bolsa de pan bajo el brazo, ocurría algo que muy pocos imaginaban.
Los panes de dulce cobraban vida.
—¿Ya están listos para mañana? —preguntó el Concha, acomodando orgulloso su costra de vainilla.
—¡Siempre! —respondió el Cuerno, estirando sus puntas doradas—. No hay mejor misión que recibir a alguien con el aroma de la mantequilla recién horneada.
Desde una esquina, el Pan de Muerto, que solo aparecía en ciertas temporadas, sonrió con sabiduría.
—Nuestra tarea nunca ha sido solo alimentar. Somos recuerdos. Cada uno de nosotros lleva una historia.
La Oreja soltó una pequeña carcajada.
—Yo he visto a personas decir que solo comprarían una pieza… y terminan llevándose media charola.
Todos rieron.
El Bigote, recién salido del horno, habló con entusiasmo.
—Hoy vi entrar a una niña muy triste. Su mamá le compró una concha de chocolate. Al primer bocado, sonrió. ¿Se dieron cuenta? A veces un solo pan puede cambiar un día entero.
Hubo un momento de silencio.
El Garibaldi, cubierto de pequeñas grageas, tomó la palabra.
—Eso es exactamente lo que hacemos. No competimos entre nosotros. Cada cliente encuentra el pan que necesita.
—Hay quienes buscan un abrazo —dijo el Rol de Canela—. Para ellos estoy yo.
—Otros necesitan energía para empezar la mañana —comentó el Cuerno.
—Y algunos solo quieren recordar la cocina de su abuela —añadió la Concha con una sonrisa.
Desde el fondo del mostrador, el pequeño Polvorón levantó la voz.
—¿Y qué pasa si alguien no nos elige?
El Concha respondió con calma.
—No debemos preocuparnos por eso. Nuestro deber es estar aquí, recién horneados, con el mejor sabor y el mejor aroma. Cuando llegue la persona indicada, sabrá cuál de nosotros necesita.
Los demás asintieron.
Entonces el viejo horno, que había escuchado la conversación durante décadas, dejó escapar un suave crujido y dijo:
—Recuerden algo. La harina, el azúcar y la mantequilla hacen buenos panes. Pero lo que realmente enamora a la gente es el cariño con el que fueron preparados.
Los panes guardaron silencio.
Sabían que el horno tenía razón.
A la mañana siguiente, el panadero abrió la puerta y un cálido aroma invadió la calle.
Comenzaron a llegar los primeros clientes.
Un señor pidió dos conchas para acompañar el café.
Una estudiante eligió una oreja para el camino.
Una pareja compartió un garibaldi.
Un niño señaló emocionado un cuerno recién horneado.
Y mientras cada pieza encontraba su destino, los panes intercambiaban discretas miradas de satisfacción.
Porque habían comprendido que su verdadero deber no era simplemente venderse.
Su misión era regalar un instante de felicidad, despertar recuerdos, reunir familias alrededor de una mesa y demostrar, bocado a bocado, que el pan dulce mexicano siempre tiene la extraordinaria capacidad de convertir un día cualquiera en un momento inolvidable.
Esta historia es un humilde homenaje a la panadería y panaderos mexicanos