Marsia ganó el Premio a la Chef Femenina Revelación de América Latina.
Sencilla y apasionada por la gastronomía boliviana son palabras que bien podrían describir a Marsia Taha, una chef de 32 años que se describe a sí misma como paceña y de “buen diente”. Ella consiguió el Premio a la Chef Femenina Revelación de América Latina como parte de los 50 Mejores Restaurantes de América Latina 2021. Luego de competir con otras cuatro chefs de la región. Actualmente, es jefa de cocina de Gustu, uno de los mejores restaurantes de La Paz en Bolivia.
Una entrevista con Marsia Taha
– ¿Dónde nació tu gusto por la cocina?
– En mi casa no fue. No vengo de una familia que cocina. En mi casa todas éramos mujeres, desde mi mamá, mi abuela, mis tías hasta mis primas, y ninguna cocinaba, todas trabajan. Pero mi abuela influyó mucho en mi gusto por la comida porque me sacaba a comer a la calle, las dos íbamos a los mercados, a los puestos callejeros, a lo que conocemos como “los agachados”. Mi abuela siempre ha sido de buen gusto y con ella he aprendido mucho de la cocina tradicional.
Recuerdo que cuando cumplí ocho años mi mamá se volvió a casar y ahí fue donde metí más mano a la cocina. Yo cocinaba para mi familia y en eventos especiales. A ellas les gustaba lo que preparaba, siempre me decían de que tenía buena mano a pesar de que era una niña, pero aún así yo no había considerado tener como profesión la gastronomía.
– ¿Qué lugares solías recorrer con tu abuela?
– Ella es Julieta Salas. Recuerdo muy bien que nos gustaba ir a la Huyustus a comer tripitas, lo hicimos durante años. Vivíamos en Villa el Carmen y en la zona había un comedor donde vendían unas supersopas de pollo con la pata de la gallina saliendo del plato, que no es común y a mí me encantaba. Mi abuela siempre me decía: “tienes que cascarle, tienes que agarrar el hueso, nada de cubierto”.
Ella me enseñó a comer con las manos y a mí me encanta hacerlo porque la comida sabe diferente. Son cosas que se han quedado en mi vida.
Luego comíamos los chicharrones del mercado de Villa Fátima que eran superfamosos, podíamos hacer filas de dos horas para comprar. También a los caldos y los apis de la Tejada Sorzano, la lista es larga.
Foto: APG – Javier Mamani
– ¿Eres de buen apetito?
– Definitivamente. Toda mi familia es de buen diente. No soy de las personas que viven cuidando la figura ni nada de eso, aunque sí soy deportista.
– ¿Cuéntanos de tu familia? ¿Su apellido no es común en Bolivia?
– Soy de La Paz. Mi familia paterna es de Palestina y mi familia materna es boliviana, de Oruro, y dedicada a la minería. Yo he nacido en Bulgaria, pero llegué a Bolivia cuando tenía cinco años y me nacionalicé por parte de mi mamá, pero en realidad soy una mezcla.
– ¿Cuándo supiste que tu camino era la gastronomía?
– Yo quería ser odontóloga, pero cerca al bachillerato me di cuenta que no me gustaba mucho la química y se lo dije a mi mamá. Ella siempre ha sido respetuosa con lo que pensaba y me entendió, pero me dijo que debía estudiar algo y me aconsejó entrar a la Escuela Hotelera, que estaba a dos cuadras de mi casa. En esa época, hace 15 años, era de las pocas escuelas de gastronomía y las clases eran a nivel técnico, no había a nivel profesional.
Entré a probar porque me gustaba cocinar, pero no me imaginaba hacerlo de manera profesional. En el primer año tuve la fortuna de encontrar a gente superapasionada por la cocina, como Marco Antonio Quelca, de Sabor Clandestino. Me aconsejaron trabajar y estudiar, y así lo hice. En el primer año entré a trabajar en el mismo restaurante de la escuela y descubrí que esto me gustaba cada vez más.
– ¿Cuál fue el primer platillo que preparaste con total éxito?
– Hice una sajta para mi familia y mi abuela era la más fascinada, esto pasó cuando era aún niña. Yo siempre he estado orgullosa de mi sajta de pollo, hasta ahora, porque me sale muy rica. Me acuerdo que era mi plato bandera de niña porque me causaba felicidad ver la cara de mi familia cuando la comía.
– ¿En cuántos concursos ha participado? ¿Cómo se anima a hacerlo?
– Siempre he sido bien competitiva. Recuerdo que Marco Antonio Quelca, de Sabor Clandestino, me habló para concursar en el primer año que Bolivia estaba yendo a las eliminatorias de Bocuse d’Or, que es como el mundial de fútbol para la gastronomía, esto en el 2008. Concursamos y ganamos en la representación de Bolivia con cocina vanguardista y de mucha técnica. Años más tarde volví a participar en el Bocuse d’Or y volví a ganar en Bolivia.
En el concurso vi a chefs con medallas, gorros altos y con experiencia que sobrepasaba los 40 años. Ver ese mundo me abrió los ojos y desear ser como ellos. Es ahí, en México, donde decido querer hacer esto toda mi vida y de ahí no he parado. He progresado, he seguido trabajando, he ganado una beca a España, viví allá ocho meses, luego trabajé y estudié en Islas Canarias y también en Dinamarca.
– ¿Cómo llegaste a Gustu?
– Al regresar a Bolivia trabajé como jefa de cocina en algunos restaurantes y en el último, en Fellini, recibía continuamente la visita de los que ahora son dueños de Gustu, a ellos les gustaba lo que cocinaba y un día me preguntaron si me interesaba ver el restaurante que estaban abriendo, esto hace nueve años.
Al llegar vi a este monstruo y me encantó el concepto: cocinar solo con productos bolivianos, enfocarse en lo nativo y trabajar en la parte social con la investigación en la cocina. Entonces, dije: “quiero trabajar aquí”. Entré hace nueve años, pero paré un año para ir a Dinamarca.
– ¿Cómo realizaste estas investigaciones?
– Viajo con un equipo multidisciplinario de biólogos, botánicos y agrónomos, fusionamos nuestros conocimientos para investigar nuestro país. Vamos hasta el lugar porque estas cosas no se encuentran en internet, hay que ir a hablar con la gente y preguntarle. Ellos cuentan y dicen, por ejemplo: mi tatarabuelo hacía chipilos y chicha de yuca.
Nosotros hacemos registro de todas las técnicas ancestrales que las comunidades han usado y, de alguna manera, en Gustu las estamos reinterpretando, porque no las servimos tal cual es, queremos darle nuestra interpretación y resaltar la técnica y contar lo que está sucediendo en estos lugares. Si no se cuenta, no se registra y se pierde, ya hemos encontrado un montón de lugares donde se están perdiendo muchas recetas, por eso, ahora estamos concentrados en ese trabajo.
– ¿Cuál fue tu último viaje?
– Fuimos a Beni, específicamente a Rurrenabaque, Reyes, Payuje y San Ignacio. Había peces que nunca antes había visto. Encontramos el palo yemada, que es lo más alucinante que he visto en nuestro país, es una raíz que las comunidades lo extraen de la cáscara, la ponen un rato en agua, luego agregan el azúcar y lo baten. Su sabor es como una clara de huevo batida, con la diferencia de que es completamente vegetal, se la comen como chantilly. Después están los ñames, que son un tipo de tubérculos que la gente come como pan.
– ¿Cuánto conoces del territorio boliviano?
– Ni el 5% pienso yo. Mientras más voy conociendo, más me doy cuenta que no conozco nada. Pero sí hemos conocido el norte de La Paz, el altiplano sur, ahora Beni, también hemos estado en las naciones kallawayas, que son otra historia. Es tan lindo viajar a esos lugares porque te abre la mente demasiado, te hace entender realmente el nivel de diversos que somos culturalmente. Se aprende mucho y he conocido como 100 productos gracias a estos viajes. Comprobé que los comunarios son los guardianes de nuestra cultura y nuestros productos, porque sin ellos nuestros productos desaparecerían.
– ¿Cuál fue el último platillo que creaste inspirada en estos viajes?
– Trabajamos con lagarteros de Cachichira y Carmen de Melero, que están en el norte de La Paz, en la Amazonía. Ellos cosechan la carne de lagarto una vez al año con un programa de sostenibilidad y nos venden la cola. Hacemos un platillo con láminas bien delgadas de la cola del lagarto, en sashimi (plato japonés con carnes crudas finamente cortadas) y usamos cilantro netamente amazónico, al que le extraemos la clorofila, que es lo verde que lleva y lo ponemos en aceite.
– Recientemente ganaste un premio, ¿Cómo te sientes con ello?
– “Los 50 Mejores Restaurantes de América Latina 2021” seleccionan a los 50 mejores restaurantes del mundo y 50 por continente. Dentro de este concurso hay otros y uno de ellos es el Premio a la Chef Femenina Revelación de América Latina. No es una votación directa, hay un grupo de expertos en el área gastronómica, que son como 1.000 personas, que votan y eligen a las mujeres con mayor potencialidad para entrar a esta lista, a aquellas que estén haciendo algo interesante en sus países y que estén aportando a la cultura.
Éramos cinco chefs y yo me enteré cuando estaba entre ellas. Me sorprendí mucho desde que me avisaron que estaba entre las cinco y lo del día siguiente, que había ganado, ya era demasiado, no me la creía. Me enteré hace un mes, pero nos pidieron estar callados porque son ellos los que deben anunciar, solo me pidieron fotos y videos, y estuve un mes con las ganas de decirle a todo el mundo.
Recientemente lo recogimos de Brasil, el mío y el de Gustu, que está en el puesto 36 de los mejores restaurantes de Latinoamérica.
– ¿Qué opinas de la importancia que se le da en Bolivia a la gastronomía?
Foto: APG – Javier Mamani
– Pienso que recién estamos empezando, la punta de lanza ya está hace rato, los cocineros estamos trabajando duro para posicionar la gastronomía boliviana y estos premios por supuesto que nos visibilizan un montón porque se llega a un nivel mundial. Pero esto no es solo de cocineros, son políticas públicas, de Estado, porque se necesita apoyar las economías naranjas.
Los cocineros tenemos la responsabilidad de mostrar lo que tenemos en nuestro país, la riqueza, la diversidad cultural. Los cocineros tenemos una responsabilidad que sale de la cocina y eso es bien lindo, porque ahora el cocinero investiga, tiene que conocer su país, su cultura y es una responsabilidad grande la que se nos ha dado.
– ¿Qué proyectos tienes para el futuro?
– Mi proyecto de Sabores Silvestres es mi plan de vida. Me gustaría hacer una enciclopedia a un futuro con todos los productos y técnicas de todas nuestras regiones para compartir esta información con la gente, porque no puede quedarse solo con nosotros. También me gustaría ayudar a conectar a más productores con restaurantes.
– ¿Qué les recomiendas a aquellos jóvenes que estudian e incursionan en la gastronomía?
– Que no corran, que den un paso a la vez. Veo que estas generaciones quieren todo rápido, imagino que influenciados por las redes sociales, la televisión, los programas de Master Chef. La carrera de gastronomía es dura, no es nada fácil. Estudiar y trabajar ayuda mucho para saber si realmente se quiere este camino.
Pero lo más importante que les digo es que conozcan su país, que conozcan nuestra gastronomía, que sean los embajadores más sabios de nuestra gastronomía, que conozcan primero adentro para después recién mirar afuera. Que investiguen más, hace falta mucha investigación, la cocina es diversa y amplia.
En un rincón de México donde las tardes olían a tierra mojada, canela y fruta madura, vivía una joven llamada Mariana.
Su abuela decía que había comidas que alimentaban el cuerpo y otras que alimentaban la memoria.
—El chile en nogada pertenece a las dos —le repetía mientras pelaba las nueces de Castilla—. Porque un platillo también puede guardar la historia de un país.
Cada año, cuando llegaba la temporada de granadas, la familia se reunía alrededor de la cocina. Había chiles poblanos asándose sobre el fuego, manzanas y peras esperando su turno, duraznos cortados en pequeños cubos y el aroma dulce de la canela flotando por toda la casa.
Mariana había crecido viendo a su abuela preparar aquel platillo, pero nunca había entendido por qué lo hacía con tanta ceremonia.
Hasta que una tarde encontró una vieja libreta escondida detrás de los frascos de especias.
En la primera página había una frase escrita a mano:
“Hay recetas que no se heredan. Se recuerdan.”
Mariana siguió leyendo.
La libreta hablaba de una familia que, muchos años atrás, había viajado por distintos lugares de México. En cada sitio habían aprendido un ingrediente, una forma de cocinar, una historia. Al regresar a casa, reunieron todo aquello en un solo platillo.
El chile era el campo.
La fruta era la abundancia.
La nogada era la tierra y la memoria.
La granada era la alegría.
Y el perejil, según la libreta, representaba la esperanza.
Mariana cerró el cuaderno.
—¿Todo esto es verdad? —preguntó a su abuela.
La mujer sonrió.
—No importa si ocurrió exactamente así. Las familias también construyen sus propias leyendas.
Aquella noche cocinaron juntas.
Asaron los chiles hasta que su piel quedó oscura y los dejaron reposar. Prepararon el relleno con carne, fruta, especias y frutos secos. Después llegó la parte que Mariana más disfrutaba: la nogada.
La abuela molió las nueces lentamente hasta convertirlas en una salsa blanca y cremosa.
Finalmente colocaron cada chile sobre un plato, lo bañaron con nogada y lo cubrieron con granada y perejil.
Los colores aparecieron como si alguien hubiera pintado México sobre la mesa.
Mariana entendió entonces que aquello no era solamente una receta.
Era una conversación entre generaciones.
Era la historia de quienes habían cocinado antes que ellas y de quienes algún día cocinarían después.
—¿Y cuál es el ingrediente más importante? —preguntó Mariana.
Su abuela levantó una ceja.
—Eso tendrás que descubrirlo tú.
Mariana probó el primer bocado.
Dulce, salado, cremoso, picante. Contrastes que, juntos, tenían sentido.
Entonces sonrió.
—Creo que ya sé.
—¿Cuál?
Mariana tomó otra semilla de granada y la dejó caer sobre el chile.
—La memoria.
La abuela no respondió.
Solo sonrió.
Y desde entonces, cada vez que en aquella casa se preparaban chiles en nogada, alguien abría la vieja libreta y añadía una nueva página.
Porque la receta nunca estaba terminada.
México seguía cocinándola.
Historias de cocina por: Tlacualchichihua
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Una jornada de innovación, tradición y el sabor de la gastronomía dulce
Entrar a Mexipan 2026 es sumergirse en un universo donde el aroma del pan recién horneado, el chocolate, la pastelería y la creatividad se convierten en los verdaderos protagonistas. Del 29 de julio al 1 de agosto, el Centro Banamex reúne a profesionales, estudiantes, empresarios y apasionados de la gastronomía en uno de los encuentros más importantes del sector en México.
Más allá de un negocio
Foto: Mexipan 2026
Durante nuestro recorrido fue evidente que la exposición va mucho más allá de ser un escaparate comercial. Cada pasillo ofrece una oportunidad para descubrir nuevas tendencias, ingredientes, maquinaria, utensilios y soluciones que buscan impulsar la evolución de la panadería, la pastelería, el chocolate y otros segmentos de la industria gastronómica.
Inspiración e innovación profesional
Uno de los grandes atractivos de la jornada fueron las conferencias y demostraciones culinarias. Reconocidos chefs y especialistas compartieron técnicas, conocimientos y experiencias que inspiraron tanto a quienes inician su camino en el oficio como a profesionales con amplia trayectoria. Cada presentación despertó el interés del público, que siguió con atención las explicaciones y degustó algunas de las creaciones elaboradas en vivo.
Foto: Mexipan 2026 / Chef Irvin Quiroz
La innovación estuvo presente en prácticamente todos los stands. Desde materias primas de alta calidad hasta equipos con tecnología de vanguardia, Mexipan confirmó por qué es un punto de encuentro estratégico para quienes buscan mantenerse al día en un mercado cada vez más competitivo. La creatividad y la búsqueda constante de nuevas propuestas quedaron reflejadas en productos que combinan tradición con tendencias contemporáneas.
Cocktail de celebración
Foto: Cocktail celebración 18 años Mexipan 2026
Como parte de la celebración por los 18 años de Mexipan, organizadores, expositores, representantes de la industria, medios de comunicación e invitados especiales se reunieron en un ameno cóctel conmemorativo. Durante el encuentro se dirigió un mensaje de agradecimiento por el camino recorrido por esta exposición, hoy consolidada como una de las plataformas más importantes para la panadería, la pastelería, la chocolatería y la gastronomía en México y Latinoamérica.
La velada fue conducida por el actor Omar Fierro como maestro de ceremonias, quien aportó calidez y cercanía a una celebración que estuvo acompañada de una destacada propuesta gastronómica, bebidas y la música de mariachi, en un ambiente de convivencia que puso el broche de oro a una jornada llena de innovación y sabor.
Mucho más que una exposición
Mexipan vuelve a demostrar que es mucho más que una exposición: es un lugar donde convergen el conocimiento, la innovación y la pasión por los oficios que endulzan y enriquecen la gastronomía. Para quienes forman parte de este sector o simplemente disfrutan descubrir nuevas propuestas culinarias, la visita representa una experiencia que vale la pena vivir.
Foto: Mexipan 2026
Las demostraciones de los chefs, la diversidad de productos, el ambiente de los pabellones y el cálido encuentro del incio de Mexipan con la prensa e invitados especiales, reflejaron la energía y el espíritu que distinguen a Mexipan durante ya 18 años.
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Cuando las luces de la panadería se apagaban y el último cliente salía con una bolsa de pan bajo el brazo, ocurría algo que muy pocos imaginaban.
Los panes de dulce cobraban vida.
—¿Ya están listos para mañana? —preguntó el Concha, acomodando orgulloso su costra de vainilla.
—¡Siempre! —respondió el Cuerno, estirando sus puntas doradas—. No hay mejor misión que recibir a alguien con el aroma de la mantequilla recién horneada.
Desde una esquina, el Pan de Muerto, que solo aparecía en ciertas temporadas, sonrió con sabiduría.
—Nuestra tarea nunca ha sido solo alimentar. Somos recuerdos. Cada uno de nosotros lleva una historia.
La Oreja soltó una pequeña carcajada.
—Yo he visto a personas decir que solo comprarían una pieza… y terminan llevándose media charola.
Todos rieron.
El Bigote, recién salido del horno, habló con entusiasmo.
—Hoy vi entrar a una niña muy triste. Su mamá le compró una concha de chocolate. Al primer bocado, sonrió. ¿Se dieron cuenta? A veces un solo pan puede cambiar un día entero.
Hubo un momento de silencio.
El Garibaldi, cubierto de pequeñas grageas, tomó la palabra.
—Eso es exactamente lo que hacemos. No competimos entre nosotros. Cada cliente encuentra el pan que necesita.
—Hay quienes buscan un abrazo —dijo el Rol de Canela—. Para ellos estoy yo.
—Otros necesitan energía para empezar la mañana —comentó el Cuerno.
—Y algunos solo quieren recordar la cocina de su abuela —añadió la Concha con una sonrisa.
Desde el fondo del mostrador, el pequeño Polvorón levantó la voz.
—¿Y qué pasa si alguien no nos elige?
El Concha respondió con calma.
—No debemos preocuparnos por eso. Nuestro deber es estar aquí, recién horneados, con el mejor sabor y el mejor aroma. Cuando llegue la persona indicada, sabrá cuál de nosotros necesita.
Los demás asintieron.
Entonces el viejo horno, que había escuchado la conversación durante décadas, dejó escapar un suave crujido y dijo:
—Recuerden algo. La harina, el azúcar y la mantequilla hacen buenos panes. Pero lo que realmente enamora a la gente es el cariño con el que fueron preparados.
Los panes guardaron silencio.
Sabían que el horno tenía razón.
A la mañana siguiente, el panadero abrió la puerta y un cálido aroma invadió la calle.
Comenzaron a llegar los primeros clientes.
Un señor pidió dos conchas para acompañar el café.
Una estudiante eligió una oreja para el camino.
Una pareja compartió un garibaldi.
Un niño señaló emocionado un cuerno recién horneado.
Y mientras cada pieza encontraba su destino, los panes intercambiaban discretas miradas de satisfacción.
Porque habían comprendido que su verdadero deber no era simplemente venderse.
Su misión era regalar un instante de felicidad, despertar recuerdos, reunir familias alrededor de una mesa y demostrar, bocado a bocado, que el pan dulce mexicano siempre tiene la extraordinaria capacidad de convertir un día cualquiera en un momento inolvidable.
Esta historia es un humilde homenaje a la panadería y panaderos mexicanos
Historias de cocina por: Tlacualchichihua
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