Si no sabes qué es, no lo comas
Demetrio era un cocinero meticuloso, de esos que podían discutir durante media hora sobre la cantidad exacta de sal que debía llevar un caldo. Su restaurante, La Olla Errante, era pequeño, modesto y estaba escondido entre dos empinadas callejuelas del pueblo de Sarmal. Pero quienes lo conocían sabían que allí se servían los platos más creativos de toda la región.
Cierto otoño, cuando los árboles parecían incendiarse de rojos y amarillos, Demetrio decidió salir al Bosque Susurrante. No era la primera vez; allí buscaba plantas, raíces y brotes para sus recetas. Pero aquel día el aire olía distinto, como a tierra recién lavada y a secretos antiguos.
Mientras avanzaba, escuchó el crujir de hojas secas bajo sus botas y el canto distante de un cuervo solitario. Entonces, detrás de un tronco caído, vio algo que no había visto en sus años de recolector: un círculo perfecto de hongos luminosos, como si una mano invisible los hubiera alineado con una precisión casi mágica. Eran de un color azul violáceo y estaban moteados con puntos plateados que parecían brillar incluso en sombra.
Demetrio se inclinó, fascinado.
—Qué maravilla… —susurró, sintiendo ese viejo cosquilleo que precedía a un descubrimiento culinario.
Tomó unos pocos hongos, con cuidado de no dañar el resto, y regresó a su cocina. Pasó la tarde entera investigando: consultó libros, los olió, los observó bajo la luz, y aunque no encontró referencia alguna, decidió probar un diminuto fragmento después de cocinarlos. Muy pequeño, se dijo. Solo para conocer el aroma.
Encendió la sartén, puso un poco de mantequilla y dejó que el fragmento chisporroteara. El olor que desprendió era agradable, dulce, casi floral. Lo probó con la punta de la lengua.
Al principio no pasó nada. Volvió a sus ollas, revisó su caldo, cortó zanahorias. Pero de pronto oyó algo.
—Demetrioooo… —susurró una voz, suave como el viento.
Él se giró con brusquedad. No había nadie. Solo su sombra proyectada en la pared.
Luego lo vio: las paredes se ondulaban como si respiraran. Los frascos de especias tintineaban como si conversaran entre ellos. La cuchara de madera sobre la mesa se inclinó ligeramente, como si tratara de saludarlo.
Demetrio parpadeó, pero las cosas no volvían a su sitio. Los colores explotaban, se derramaban, se mezclaban en remolinos imposibles. Y entonces, de la nada, apareció un pequeño zorro blanco, sentado sobre el mostrador. Tenía ojos dorados y una expresión paciente.
—No deberías comer lo que no conoces —dijo el zorro con una voz sorprendentemente grave.
Demetrio abrió la boca, atónito.
—¿Estoy… soñando?
—Soñando, viendo, recordando… quién sabe —respondió el zorro encogiéndose de hombros—. Pero te aseguro que esos hongos no son para humanos. Pertenecen al bosque, y el bosque presta sus cosas, pero no perdona la imprudencia.
Demetrio quiso responder, pero las palabras se le escurrían como agua entre los dedos. Por un momento sintió que flotaba, que todo lo sólido se volvía aire y que el aire se volvía música. Luego, tan repentinamente como habían empezado, las visiones comenzaron a desvanecerse.
Cuando recuperó la claridad, estaba sentado en el suelo de la cocina, apoyado contra una alacena, cansado pero consciente. El zorro, las paredes ondulantes, los colores líquidos… todo había desaparecido.
Respiró hondo.
—Nunca más —se dijo, levantándose con dificultad.
A la mañana siguiente regresó al Bosque Susurrante. El círculo de hongos seguía allí, intacto, imperturbable. Los observó un largo rato y, inclinándose en silencio, dejó frente a ellos un pequeño cartel tallado a mano:
“Respeto al bosque. Si no sabes qué es, no lo comas.”
Y mientras se alejaba, creyó escuchar un susurro entre las hojas. Un susurro que decía:
—Buena elección, Demetrio…
Nunca supo si fue imaginación o algo más. Pero desde entonces, aunque seguía experimentando con ingredientes únicos, nunca volvió a probar nada que no hubiera identificado con plena certeza.
El bosque, en cambio, lo observaba desde sus sombras, quizá con una sonrisa.
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