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Restauración

Las fondas en México

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Foto: Fonda popular CDMX

Historia de una tradición que alimenta nuestra identidad

Mucho antes de que los restaurantes se convirtieran en grandes establecimientos gastronómicos, las fondas ya ofrecían comida casera, económica y abundante. Su historia está ligada a los mercados, las cocineras tradicionales, la vida cotidiana y la evolución de la alimentación en México.

En México, comer fuera de casa no siempre ha significado visitar un restaurante. Para millones de personas, la experiencia gastronómica cotidiana tiene otro escenario: una fonda. Esos pequeños establecimientos donde el aroma de una sopa recién preparada, el guisado del día, las tortillas calientes y el agua fresca forman parte de una tradición que ha sobrevivido generaciones.

Las fondas son mucho más que negocios de comida. Representan una forma de convivencia, una alternativa para quienes trabajan lejos de casa y, sobre todo, una expresión de la cocina popular mexicana. Pero ¿de dónde surgieron y cómo llegaron a convertirse en parte fundamental de nuestra cultura gastronómica?

De los mesones y puestos de comida a las primeras fondas

Para encontrar los antecedentes de las fondas mexicanas es necesario remontarse al periodo virreinal. Después de la llegada de los españoles, las ciudades comenzaron a desarrollar establecimientos destinados a ofrecer alimentos y alojamiento a viajeros, comerciantes y habitantes que necesitaban comer fuera de sus hogares.

Los mesones, las posadas, los bodegones, los figones y las almuercerías formaron parte de aquella primera infraestructura de alimentación pública. Cada establecimiento tenía características particulares: algunos ofrecían hospedaje, otros vendían guisos económicos y algunos servían comidas más elaboradas.

En la Ciudad de México, durante el siglo XVIII, estos negocios ya tenían una presencia importante. Una investigación histórica publicada en 2025 en la revista Estudios de Historia Novohispana documenta la existencia de fondas, figones, bodegones y almuercerías en las inmediaciones de la Plaza Mayor y la Alcaicería.

Un dato particularmente interesante es que para 1751 los propietarios de fondas y figones comenzaron a organizarse mediante ordenanzas gremiales, buscando establecer condiciones para ejercer su actividad y distinguir sus establecimientos de otros expendios de alimentos.

Para 1756 ya se documentaban fondas y almuercerías en las inmediaciones del antiguo Palacio Real, donde también se comercializaban alimentos y bebidas como el pulque. Esto demuestra que la tradición de comer fuera de casa tiene raíces mucho más antiguas de lo que generalmente imaginamos.

¿Por qué se llaman fondas?

La palabra fonda tiene una historia interesante. Una de sus acepciones antiguas se relacionaba con establecimientos públicos donde se ofrecían alimentos y, en ocasiones, hospedaje.

En un estudio sobre fondas, figones y loncherías del Centro Histórico de la Ciudad de México, se recoge una antigua definición que las describe como casas públicas donde se servían comidas a diferentes precios y también podía ofrecerse alojamiento.

Con el paso del tiempo, el término fue adquiriendo una identidad propia en México: un lugar de comida preparada, generalmente casera, con precios accesibles y un servicio sencillo.

Durante el siglo XIX, las fondas llegaron a ser conocidas como los restaurantes de los sectores populares. Sin embargo, no todas eran establecimientos modestos: algunas ofrecían platillos sofisticados y menús con influencias europeas.

El siglo XIX: las fondas se convierten en parte de la vida urbana

Durante el México independiente, las fondas adquirieron mayor relevancia como espacios de alimentación cotidiana. Las ciudades crecían, las actividades comerciales se intensificaban y cada vez más personas necesitaban resolver sus comidas fuera de casa.

En sus mesas convivían preparaciones de tradición mexicana con recetas e ingredientes procedentes de otras culturas. Las influencias españolas y francesas, entre otras, comenzaron a incorporarse a la oferta gastronómica de los establecimientos.

En algunas fondas podían encontrarse sopas, frijoles, guisados, carnes asadas, huevos, dulces y café, mientras que otras ofrecían preparaciones más refinadas, como pollo a la tártara, salmón o carnes acompañadas de distintas guarniciones.

Un ejemplo documentado es la Gran Fonda de la Estrella de Oro, ubicada en la calle de Tacuba, en la Ciudad de México. En enero de 1879 anunciaba mejoras en sus instalaciones y una oferta de platillos que reflejaba la diversidad culinaria de aquella época.

Incluso se tiene registro de almuerzos y comidas cuyo precio era de 18 centavos, con sopa, huevos, carne, guisado, frijoles, café, fruta y otros alimentos.

Las fondas se habían convertido así en espacios donde la cocina popular y las nuevas tendencias gastronómicas compartían la misma mesa.

La comida corrida: el corazón de muchas fondas

Si existe una preparación que se ha convertido en símbolo de las fondas mexicanas, es la llamada comida corrida.

Su atractivo está en ofrecer una comida completa por un precio establecido, generalmente integrada por sopa, arroz o pasta, un guisado, frijoles, tortillas y agua fresca. En algunos establecimientos también se incluye postre.

Este formato responde a una necesidad muy concreta: alimentar de manera accesible a trabajadores, estudiantes, comerciantes y personas que pasan gran parte del día fuera de casa.

Aunque no sería correcto atribuir su nacimiento a una fecha o establecimiento específico, su consolidación está relacionada con el crecimiento de las ciudades y la necesidad de contar con opciones económicas para comer diariamente.

La comida corrida también permitió que muchas recetas familiares encontraran un espacio comercial. El mole, las albóndigas, el tinga, las tortitas de papa, el chile relleno, el bistec encebollado y una larga lista de guisos regionales comenzaron a formar parte de una oferta cotidiana que cambia según la temporada, la región y las posibilidades de cada cocinera.

Las mujeres: protagonistas de la tradición de las fondas

Hablar de las fondas mexicanas también significa reconocer el papel de las mujeres en la conservación y transmisión de nuestra cultura alimentaria.

Durante generaciones, muchas cocineras encontraron en estos establecimientos una oportunidad para llevar sus conocimientos culinarios del ámbito doméstico al comercio. Sus recetas, técnicas y sazón se convirtieron en el principal atractivo de numerosos negocios familiares.

En sus cocinas se conservaron preparaciones transmitidas de madres a hijas, el aprovechamiento de ingredientes locales, la elaboración de salsas en molcajete, el uso de chiles, hierbas y especias, así como la preparación de guisos que forman parte de la memoria gastronómica de distintas regiones.

Las fondas también han permitido que recetas tradicionales permanezcan vigentes, incluso cuando los hábitos de alimentación y las formas de consumo cambian.

De la cocina familiar a los negocios gastronómicos actuales

Con el crecimiento de las ciudades durante el siglo XX, las fondas se multiplicaron y adaptaron a las nuevas necesidades de la población. Algunas evolucionaron hacia restaurantes económicos, otras conservaron su carácter familiar y muchas se establecieron cerca de mercados, oficinas, fábricas, escuelas y zonas comerciales.

Actualmente, las encontramos bajo diferentes denominaciones: cocinas económicas, fondas familiares, comedores populares y restaurantes de comida casera.

Aunque sus instalaciones y propuestas pueden ser muy distintas, mantienen una característica esencial: ofrecer alimentos preparados para el consumo cotidiano, a precios generalmente accesibles.

En una época donde la gastronomía se encuentra cada vez más vinculada con conceptos como innovación, alta cocina, experiencias sensoriales y sofisticación, las fondas continúan representando una parte fundamental del panorama gastronómico nacional.

¿Están desapareciendo las fondas mexicanas?

El panorama actual plantea nuevos desafíos. El aumento en los costos de los insumos, las rentas, la competencia de cadenas restauranteras y las plataformas de entrega de alimentos han obligado a muchas fondas a modificar sus modelos de negocio.

Algunas han incorporado pagos digitales, servicio a domicilio, presencia en redes sociales y menús más variados. Otras han apostado por recuperar recetas tradicionales, ingredientes regionales y preparaciones que difícilmente se encuentran en restaurantes comerciales.

Sin embargo, su permanencia no depende únicamente de adaptarse a las nuevas tendencias, sino también de reconocer el valor cultural y social que representan.

Una fonda no necesita manteles elegantes, vajillas costosas ni técnicas culinarias de vanguardia para ofrecer una experiencia gastronómica memorable. Muchas veces, el verdadero atractivo está en una salsa recién molida, un guisado preparado lentamente o una tortilla hecha a mano.

Mucho más que un lugar para comer

Las fondas mexicanas son parte de nuestra historia alimentaria. Surgieron de la necesidad de alimentar a una población que desarrollaba sus actividades lejos del hogar y evolucionaron hasta convertirse en espacios donde se comparte mucho más que comida.

Son lugares de encuentro, convivencia y memoria. En sus mesas se mezclan generaciones, trabajadores, estudiantes, familias y visitantes que encuentran en la cocina cotidiana una expresión auténtica de la identidad mexicana.

Quizá por eso, cuando alguien pregunta dónde se puede comer rico, abundante y como en casa, una de las respuestas más frecuentes sigue siendo: ¡vamos a una fonda!

Porque mientras existan cocineras y cocineros dispuestos a mantener encendidos los fogones, las fondas seguirán alimentando no solamente a México, sino también una parte importante de su identidad gastronómica.

Una reflexión final

Las fondas merecen mayor reconocimiento dentro de la gastronomía mexicana. Mientras se habla de restaurantes gourmet, tendencias culinarias y experiencias de lujo, miles de pequeños establecimientos mantienen viva la cocina cotidiana que realmente alimenta a buena parte del país.

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Innovación

¿Es el fin del Fine Dining?

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Foto: Restaurante Fine dining / Archivo

¿Está desapareciendo o simplemente está evolucionando?

Durante décadas, hablar de fine dining era hablar de manteles impecables, vajillas cuidadosamente seleccionadas, cubiertos perfectamente alineados, servicio altamente protocolario y menús diseñados para ofrecer una experiencia gastronómica sofisticada. Era, en muchos sentidos, la representación más visible de la alta cocina.

Sin embargo, el mundo de la gastronomía está cambiando. Las nuevas generaciones de comensales buscan experiencias menos rígidas, los restaurantes enfrentan mayores costos de operación y los chefs exploran nuevas formas de relacionarse con sus clientes. Ante este escenario surge una pregunta: ¿el fine dining está desapareciendo o simplemente está evolucionando?

¿Qué es realmente el fine dining?

El fine dining, o alta cocina, no se limita al precio de un menú ni a la elegancia de un restaurante. Se trata de una propuesta gastronómica en la que existe una atención especial al producto, las técnicas culinarias, la presentación, el servicio, la hospitalidad y cada uno de los elementos que forman parte de la experiencia.

Tradicionalmente, estos restaurantes han trabajado con menús degustación, secuencias de varios tiempos, maridajes, productos de alta calidad y un servicio altamente especializado.

Pero reducir el concepto a lujo sería quedarse únicamente con una parte de su historia.

El fine dining también representa una búsqueda constante de excelencia. Es un espacio donde la cocina puede convertirse en investigación, creatividad, narrativa y expresión cultural.

Cuando la formalidad dejó de ser suficiente

Durante mucho tiempo, la experiencia de alta cocina estuvo asociada a determinadas reglas: código de vestimenta, largas comidas, servicio ceremonial y cierta distancia entre el restaurante y el comensal.

Ese modelo comenzó a cambiar.

Hoy, muchos clientes pueden estar dispuestos a pagar por una experiencia gastronómica excepcional, pero no necesariamente quieren sentirse incómodos o sometidos a un protocolo excesivo.

La comodidad, la cercanía y la autenticidad han adquirido un nuevo valor.

Por eso han surgido restaurantes capaces de ofrecer técnicas sofisticadas y productos extraordinarios dentro de ambientes mucho más relajados. La alta cocina puede convivir con una barra, una cocina abierta, mesas compartidas o incluso con una estética aparentemente sencilla.

El lujo ya no necesariamente necesita parecer lujo.

Del lujo material al lujo de la experiencia

Uno de los cambios más interesantes está en la transformación del concepto de lujo.

Antes podía estar representado por ingredientes exclusivos, vajillas costosas o espacios monumentales. Actualmente, el lujo también puede significar tener acceso a un producto excepcional, conocer su origen, escuchar la historia de quien lo produce o vivir una experiencia que difícilmente puede repetirse en otro lugar.

Un tomate cultivado por un productor local, un maíz nativo, un pescado de temporada o un ingrediente tradicional pueden adquirir mayor protagonismo que productos históricamente asociados con la alta cocina.

En este sentido, la sofisticación no necesariamente está en el ingrediente, sino en lo que el restaurante es capaz de hacer con él y en la historia que puede contar alrededor de él.

La cocina local entra en escena

La evolución del fine dining también ha abierto espacio para las identidades gastronómicas.

Durante años, algunos referentes de la alta cocina internacional estuvieron profundamente influenciados por modelos europeos. Hoy existe una mayor valoración de las cocinas regionales, los productos locales, las técnicas ancestrales y los conocimientos transmitidos entre generaciones.

En México, por ejemplo, ingredientes como el maíz, los chiles, los frijoles, los quelites, los moles y una enorme diversidad de productos regionales pueden formar parte de propuestas de alta cocina sin perder su identidad.

Esto plantea una idea importante: la alta cocina no tiene que parecerse a Europa para ser sofisticada.

Puede encontrar su propia definición a partir del territorio.

¿El problema es el precio?

Uno de los cuestionamientos que enfrenta actualmente el fine dining tiene que ver con su accesibilidad.

Los menús degustación pueden representar una inversión considerable para el consumidor, mientras que los restaurantes enfrentan costos elevados de personal, renta, insumos, energía y operación.

Además, mantener equipos altamente especializados requiere una estructura económica que no siempre resulta sencilla de sostener.

Por ello, algunos restaurantes están explorando formatos diferentes: menús más cortos, servicio a la carta, barras gastronómicas, experiencias de menor duración o propuestas que permiten acercarse a la cocina del chef sin asumir necesariamente el costo de una experiencia extensa.

No significa que el menú degustación vaya a desaparecer. Significa que ya no es la única manera de entender la alta cocina.

El chef también está cambiando

La figura del chef contemporáneo ha dejado de ser exclusivamente la de una persona encerrada en la cocina.

Cada vez existe mayor interés por conocer al productor, comprender el territorio, investigar ingredientes, trabajar con científicos, recuperar técnicas tradicionales y desarrollar proyectos relacionados con sostenibilidad, educación o cultura gastronómica.

La cocina se vuelve interdisciplinaria.

Y en ese proceso, el restaurante deja de ser solamente un lugar donde se sirve comida para convertirse en un espacio de encuentro entre producto, territorio, conocimiento y creatividad.

La tecnología también modifica la experiencia

Las redes sociales han transformado la relación entre restaurantes y consumidores.

Hoy, una persona puede conocer un restaurante antes de visitarlo, observar sus platos, conocer al chef, leer comentarios y descubrir su filosofía desde el teléfono.

Esto ha convertido la comunicación en una parte importante de la experiencia gastronómica.

Al mismo tiempo, la inteligencia artificial, las nuevas tecnologías culinarias y las herramientas digitales están comenzando a incorporarse a procesos de investigación, diseño de menús, gestión y comunicación.

Sin embargo, existe una paradoja: mientras la tecnología avanza, también crece el interés por aquello que es humano.

El fuego, las manos, la fermentación, la tierra, el productor y la historia detrás de un ingrediente adquieren un nuevo significado.

Entonces, ¿está desapareciendo el fine dining?

Foto: Emplatado de un menú Fine Dining

Probablemente no.

Lo que parece estar desapareciendo es una determinada idea de lo que debe ser el fine dining.

La alta cocina no necesariamente necesita desaparecer; necesita responder a un consumidor diferente, a una industria con nuevos desafíos y a una sociedad que también ha cambiado su manera de entender el lujo.

El futuro puede pertenecer a restaurantes capaces de combinar precisión técnica con hospitalidad, creatividad con identidad, sofisticación con comodidad y excelencia gastronómica con una relación más cercana con el territorio.

Quizá el verdadero cambio no sea pasar de fine dining a otra categoría.

Quizá sea entender que la alta cocina puede tener muchas formas.

Puede estar detrás de una puerta elegante o frente a una barra. Puede servirse en diez tiempos o en un solo plato. Puede utilizar técnicas de vanguardia o recuperar una preparación ancestral.

Lo importante no es necesariamente cuánto protocolo existe alrededor de la mesa, sino la capacidad de una propuesta gastronómica para ofrecer algo memorable.

Porque si el fine dining está evolucionando, también está demostrando que la gastronomía, como la cultura, nunca permanece completamente quieta.

La alta cocina no necesariamente está muriendo. Está cambiando las reglas con las que aprendimos a reconocerla. ¿Y tú qué opinas? ¡Compártenos tu opinión!

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Chefs y cocineros

El futuro de las recetas

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Foto: La evolución de las recetas en la gastronomía / IA

Cuando la inteligencia artificial entra a la cocina

La inteligencia artificial ya no es solamente una herramienta asociada con la tecnología, los negocios o la automatización. Poco a poco también está entrando en uno de los espacios más humanos y culturales que existen: la cocina.

Hoy es posible pedirle a una herramienta de inteligencia artificial que cree una receta a partir de los ingredientes disponibles en el refrigerador, adapte un platillo a una determinada dieta, proponga combinaciones de sabores o incluso desarrolle una preparación inspirada en una región gastronómica específica.

La pregunta ya no es si la inteligencia artificial puede crear recetas, sino hasta dónde puede llegar cuando se encuentra con el conocimiento, la experiencia y la creatividad de un cocinero.

De los recetarios a los algoritmos

Durante siglos, las recetas se han transmitido de generación en generación. Primero fueron la memoria, la observación y la práctica; después llegaron los recetarios escritos, los libros especializados, las revistas y, más recientemente, las plataformas digitales y las redes sociales.

La inteligencia artificial representa un nuevo capítulo en esa evolución.

Los modelos actuales pueden analizar enormes cantidades de información relacionada con ingredientes, técnicas culinarias, preparaciones y preferencias alimentarias. A partir de esos datos pueden generar propuestas que, en apariencia, se comportan como un nuevo tipo de recetario: uno capaz de responder de manera inmediata a las necesidades de quien cocina.

Por ejemplo, un usuario puede solicitar una receta con maíz, chile, frijol y algún ingrediente disponible en casa. También puede pedir que sea económica, vegetariana, de temporada o que utilice determinada técnica de cocción.

La respuesta puede llegar en segundos.

¿Puede una IA realmente crear una receta?

Aquí aparece una cuestión interesante.

Una inteligencia artificial no cocina, no prueba un guiso y no percibe directamente si una salsa necesita más acidez, sal o textura. Su capacidad para generar recetas proviene del análisis de patrones presentes en la información con la que fue entrenada o a la que tiene acceso.

Esto significa que puede combinar conocimientos existentes de maneras novedosas, pero la experiencia sensorial continúa siendo fundamental.

Una receta puede estar perfectamente redactada y, sin embargo, resultar poco equilibrada cuando se lleva al fuego.

La cocina tiene una dimensión que difícilmente puede reducirse a instrucciones: el criterio.

Un cocinero sabe que una cebolla no siempre se comporta igual, que un chile puede variar considerablemente en intensidad, que una masa puede requerir más o menos agua dependiendo de su textura y que una preparación cambia según el utensilio, la temperatura, la altitud o incluso la experiencia de quien la está elaborando.

Ahí es donde la inteligencia artificial encuentra uno de sus principales límites.

Una nueva herramienta para cocineros

Más que sustituir necesariamente al cocinero, la IA puede convertirse en una herramienta de exploración.

Un chef puede utilizarla para generar ideas iniciales, buscar combinaciones poco habituales, transformar una receta, calcular proporciones, aprovechar ingredientes que están disponibles o imaginar diferentes versiones de un mismo platillo.

También puede ser útil para restaurantes y profesionales que necesitan desarrollar propuestas constantemente.

La IA puede ayudar a responder preguntas como: ¿qué puedo hacer con estos ingredientes?, ¿cómo puedo adaptar este platillo a una alimentación específica?, ¿qué ingredientes podrían complementar este sabor? o ¿cómo podría presentar una versión contemporánea de una preparación tradicional?

El resultado no tiene por qué ser la receta definitiva. Puede ser simplemente el punto de partida para experimentar.

El desafío de la identidad gastronómica

Sin embargo, existe una conversación todavía más profunda cuando hablamos de gastronomía.

Una receta no es únicamente una lista de ingredientes y pasos. También puede contener historia, territorio, memoria, identidad y conocimiento comunitario.

Una preparación tradicional mexicana, por ejemplo, puede estar vinculada con una comunidad, una celebración, una forma particular de cultivar un ingrediente o una técnica transmitida durante generaciones.

Por eso, utilizar inteligencia artificial para recrear o reinterpretar una receta tradicional requiere algo más que pedirle al algoritmo que combine ingredientes.

Se necesita contexto.

La tecnología puede ayudar a organizar información y generar propuestas, pero el conocimiento cultural debe provenir de fuentes confiables y, sobre todo, reconocer a las comunidades y personas que han conservado esos saberes.

La creatividad humana frente al algoritmo

La cocina siempre ha evolucionado mediante la combinación de conocimientos.

Un cocinero observa, prueba, se equivoca, modifica y vuelve a intentar. De ese proceso nacen muchas de las grandes preparaciones de la gastronomía.

La inteligencia artificial introduce una nueva posibilidad: generar cientos de combinaciones en muy poco tiempo.

Pero la cantidad de posibilidades no necesariamente equivale a creatividad.

La creatividad gastronómica también implica comprender por qué funciona una combinación, qué significado tiene, qué experiencia se quiere provocar y cuándo es mejor no modificar una receta.

Por eso, probablemente el futuro no esté en una cocina donde la IA sustituya la creatividad humana, sino en una donde la tecnología amplifique la capacidad de experimentar de los cocineros.

Del algoritmo al plato

El verdadero desafío comienza cuando la receta abandona la pantalla.

Una inteligencia artificial puede proponer una preparación, pero alguien tendrá que comprar los ingredientes, cortarlos, cocinarlos, probarlos y decidir si el resultado merece llegar a la mesa.

Ese último paso continúa dependiendo de los sentidos humanos.

El aroma, la textura, la temperatura, el sonido de una cocción y el sabor no son solamente datos. Son experiencias.

Por eso, mientras la inteligencia artificial avanza en la creación y adaptación de recetas, la cocina conserva algo que la tecnología todavía no puede reemplazar fácilmente: la capacidad humana de convertir conocimiento en experiencia.

Quizá la próxima revolución gastronómica no consista en cocinar con inteligencia artificial, sino en aprender a cocinar con ella, utilizando sus posibilidades sin perder aquello que hace que una receta sea mucho más que una fórmula.

Porque una receta puede ser generada por un algoritmo. Pero hacer que se convierta en un buen plato todavía requiere de alguien que sepa cocinar.

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Noticias

Guadalajara se prepara para recibir a la élite gastronómica de América Latina

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Foto: Cartel Latin American 50 Best Restaurants

Latin America’s 50 Best Restaurants 2026, un encuentro que pondrá nuevamente los reflectores internacionales sobre la cocina mexicana

Guadalajara, Jalisco.— La mesa gastronómica de América Latina volverá a reunirse en México. Guadalajara será la ciudad anfitriona de la ceremonia de Latin America’s 50 Best Restaurants 2026, uno de los acontecimientos más esperados del calendario culinario regional y una vitrina para los chefs, restaurantes y proyectos que están redefiniendo la identidad gastronómica del continente.

La elección de Guadalajara llega en un momento especialmente significativo para la ciudad. Durante 2026, la capital jalisciense ha reforzado su presencia en el mapa internacional de la alta cocina con la llegada de la Guía Michelin, que por primera vez incluyó a Jalisco entre sus territorios de evaluación. En mayo, además, la ciudad fue sede de la ceremonia de la edición mexicana de la guía.

Ahora, el turno será para 50 Best, cuya lista latinoamericana se ha convertido en uno de los principales referentes para medir el pulso de la restauración en la región. La organización explica que su selección reúne las opiniones de 300 especialistas de la industria gastronómica latinoamericana y que el proceso de votación es supervisado por Deloitte.

La expectativa no es menor. En la edición 2025, celebrada en Antigua Guatemala, el listado volvió a mostrar el peso de las grandes capitales gastronómicas de la región, mientras que México mantuvo una presencia destacada. Para 2026, la atención estará particularmente puesta en los restaurantes mexicanos que aspiran a escalar posiciones y en aquellos proyectos que puedan irrumpir por primera vez entre los mejores de América Latina.

Guadalajara, de anfitriona a protagonista

Más allá de albergar una ceremonia internacional, Guadalajara llega a esta cita con argumentos propios. La ciudad ha construido en los últimos años una escena gastronómica que combina la cocina tradicional jalisciense con propuestas contemporáneas y de autor.

Restaurantes como Alcalde, de Francisco Ruano, ya forman parte del radar internacional. En la lista vigente de Latin America’s 50 Best, Alcalde aparece entre los establecimientos destacados de la región, mientras que en 2026 también obtuvo una estrella Michelin.

La presencia de la gala, por ello, representa algo más que una noche de premios. Para Guadalajara supone la oportunidad de mostrar ante chefs, críticos, periodistas y representantes de la industria internacional una ciudad cuya identidad culinaria no se limita al tequila, la birria o la torta ahogada, sino que se encuentra en plena transformación.

La ceremonia también podría convertirse en un escaparate para los productores, cocineros y restaurantes de Jalisco que buscan proyectarse más allá de las fronteras mexicanas. El interés internacional que generan las listas 50 Best suele traducirse en nuevos viajeros gastronómicos y en una mayor exposición para los destinos que las reciben.

Una noche para medir el pulso de la región

La edición 2026 llegará, además, después de un año de cambios importantes en el panorama gastronómico latinoamericano. La lista de 2025 fue encabezada por restaurantes de Bogotá, Lima y Buenos Aires, mientras que México colocó a Quintonil, de Ciudad de México, dentro de los primeros lugares y a varios establecimientos del país entre los 50 mejores.

En Guadalajara, la expectativa tendrá un ingrediente adicional: la ciudad no será solamente el escenario donde se anuncien los ganadores, sino uno de los protagonistas de una conversación mucho más amplia sobre el futuro de la gastronomía latinoamericana.

Por una noche, las cocinas de la región dejarán sus fogones para encontrarse en Jalisco. Y Guadalajara tendrá la oportunidad de demostrar que, en materia gastronómica, ya no quiere ser solamente una ciudad anfitriona: quiere sentarse a la mesa de los grandes.

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