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Bebidas

El whisky

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Es una de las bebidas más apreciadas en el mundo, pero ¿De qué está hecho un whisky?

En una definición muy básica, el whisky es como el pan y la cerveza, en el sentido de que se hace a partir de agua, cereales y levaduras. No obstante, es producto de un proceso de elaboración que lleva siglos perfeccionándose, y los ingredientes más simples son capaces de convertirse en uno de los destilados más complejos.

Hay cientos de posibles factores en juego que hacen que cada whisky sea único, pero esta vez hablaremos de los tres grandes pilares de la receta: los ingredientes.

AGUA

Con el agua empieza la creación de cualquier whisky. De alguna manera, el éxito de una destilería depende en gran medida de qué tan seguro y confiable sea su acceso a una fuente de agua apropiada, es decir, antes que todo, limpia y saludable, de tal forma que se garantice que no tendrá un efecto negativo en el destilado.

Tradicionalmente, los maestros en destilación prefieren agua blanda, con una cantidad “normal” de minerales que no resulte, esto quiere decir: por un lado no tener agua dura o saturada en sales —lo que podría afectar tremendamente el sabor—, o por otro, tampoco es recomendable usar agua destilada, ya que ésta habría perdido todo su carácter y se le consideraría inerte.

En este contexto, no es coincidencia que las grandes destilerías del mundo sean escocesas. Con más de 30,000 lochs —lagos de agua dulce— en su territorio, Escocia es el lugar perfecto para quien busca acceso constante a la mejor agua. La cual se usa para maltear los granos, para la etapa de maceración y, finalmente, para diluir el destilado hasta alcanzar el porcentaje de alcohol por volumen con el que se va a embotellar y comercializar el whisky.
Los whiskies más reconocidos del mundo cuidan que los ingredientes como el agua provengan de las montañas más altas de Escocia.

La materia prima para hacer whisky es, como en el caso de todas las bebidas alcohólicas, un carbohidrato. Algunas, como el vino, el brandy y el ron, utilizan azúcares simples, jugo de uvas y azúcar de caña, respectivamente. Otros, como el vodka y el whisky, precisan de azúcares más complejos, aquellos que están encerrados en los almidones, como los del pan, las papas y los cereales.Los cereales son ricos en azúcares complejos. De hecho, es común que los expertos en nutrición recomienden consumir cereales integrales en una dieta saludable. ¿La razón? Al ser más complejos que los azúcares simples —sus parientes cercanos como la miel y los caramelos—, los polisacáridos se digieren más lento y tienen tiempo de desarrollarse dentro del cuerpo.

Lo mismo pasa con la elaboración de destilados: se buscan azúcares de la mejor calidad porque son los que se transformarán en alcohol durante la fermentación.En el caso del whisky, se requiere que esto suceda lento, con calma, como todo lo que vale la pena.En México, la fuente de azúcares por excelencia para producir destilados es el corazón de agave que san como resultado el tequila y el mezcal. En cambio, al hacer whisky se utilizan granos como la cebada, el centeno y el maíz, aunque hay notables excepciones de las que hablaremos en otro momento. Y de acuerdo a la tradición y a la región de origen de cada whisky, existen normas muy claras que seguir con respecto a la proporción de granos de la receta. Por ejemplo, la Asociación de Whisky Escocés (SWA por sus siglas en inglés), organismo encargado de regular la producción y comercialización del scotch, exige que todos los whiskies escoceses de malta utilicen únicamente cebada malteada para su producción. En contraste, para el bourbon, la regla es que debe contener al menos 51% de maíz, por lo que hay una gran variación de criterios.

LEVADURAS

Los cereales aportan los azúcares en combinación con el agua caliente, que es un excelente medio de cultivo, son dos de las terceras partes de esta receta “etílica”. Lo único que falta es un elemento para llevar a cabo la transformación del azúcar en alcohol. Aquí hacen su aparición las levaduras: microorganismos del reino fungi que encuentran su fuente de energía en todo tipo de azúcares.Las levaduras han sido pieza clave de algunos de los grandes descubrimientos culinarios de la humanidad y son indispensables para elaborar alimentos que dependen de la fermentación, como el pan, el pulque, el vino, el yogurt, los quesos, la sidra, entre cientos de otros.No obstante, cada producto utiliza una levadura diferente y cada una es un organismo distinto que se comporta de manera particular. Son como un equipo en el cual todas tienen tareas específicas y producen sustancias con características propias. Cuidar que la proporción de levaduras sea siempre la misma es una manera de garantizar que la producción de whisky sea consistente con los años. Por eso cada productor cuida sus levaduras como su máxima posesión.La base del whisky son estos tres ingredientes, pero muchos otros factores más afectarán su sabor —barricas, tiempo, salinidad, región— y lo harán especial.

¿El color del whisky es un signo de calidad?

Falso: En este mito tenemos que romperles un poco el corazón, algunos de los whiskies en el mercado obtienen su característico color ámbar, acaramelado o caoba gracias al colorante caramelo (E.150 es su nombre oficial). Esto no quiere decir que añadirlo modifiqué el sabor de un whisky, muchas marcas lo utilizan como una medida para uniformar su producción, pues el destilado puede resultar de tonalidades variadas según la madera donde fue añejado. Por otro lado, las marcas que no usan colorante lo especifican en su etiqueta.

El siguiente vídeo muestra una destilería en funcionamiento. Desde su pintoresca ubicación hasta su producción original de malta.

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Alimentos

Quetzalcóatl y el regalo de los dioses

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Foto: Quetzalcóatl tomó el cacao de la tierra de los dioses | Familia Nestlé

La leyenda prehispánica del cacao

Hace mucho tiempo, cuando los dioses caminaban entre los hombres y la tierra todavía guardaba secretos que solo la naturaleza conocía, existía un pueblo que soñaba con alcanzar la sabiduría de los cielos. Sus habitantes cultivaban el maíz, cosechaban frutos y aprendían los misterios de la tierra, pero había un tesoro reservado únicamente para los dioses: el cacao.

Cuenta una antigua leyenda que fue Quetzalcóatl, la Serpiente Emplumada, quien decidió entregar este regalo divino a los seres humanos, convencido de que podían construir un mundo más próspero si recibían algo más que alimento: un símbolo de conocimiento, abundancia y unión.

El secreto que guardaban los dioses

En el reino celestial, los dioses disfrutaban de los frutos de un árbol extraordinario. Sus semillas, pequeñas y de apariencia sencilla, escondían un poder especial. Al molerlas y mezclarlas con agua, daban origen a una bebida de sabor intenso, amargo y profundo, capaz de reconfortar el espíritu y acompañar los momentos más importantes de la vida divina.

Quetzalcóatl observaba desde lo alto cómo los seres humanos trabajaban bajo el sol. Los veía sembrar la tierra, levantar sus hogares y compartir los frutos de sus cosechas. Sin embargo, también veía su sufrimiento cuando la escasez llegaba y sus fuerzas comenzaban a agotarse.

—¿Por qué hemos de guardar para nosotros toda esta riqueza? —preguntó el dios a sus compañeros celestiales—. Los hombres también merecen conocer los secretos que hacen florecer la vida.

Los demás dioses se opusieron. El cacao era demasiado valioso para entregarlo a los mortales. Su cultivo y preparación debían permanecer como un privilegio divino.

Pero Quetzalcóatl pensaba de otra manera.

El árbol que descendió del cielo

Foto: inklingo

Decidido a compartir aquel tesoro, Quetzalcóatl descendió a la tierra y buscó un lugar donde los seres humanos pudieran aprender a cultivarlo.

Según la versión de la leyenda que ha llegado hasta nuestros días, el dios tomó una planta del jardín celestial y la llevó al mundo de los hombres. La sembró en una tierra fértil, donde las lluvias alimentaban las raíces y el sol acariciaba sus hojas.

Después reunió a los habitantes del lugar y les enseñó a cuidar el árbol, reconocer sus frutos y extraer las semillas que guardaban en su interior.

Los hombres contemplaron maravillados aquellas mazorcas de colores intensos que crecían directamente del tronco y de las ramas más gruesas. Nunca habían visto algo semejante.

—Este árbol les dará mucho más que alimento —les dijo Quetzalcóatl—. Sus frutos les recordarán que la verdadera riqueza no consiste en guardar los regalos de la tierra, sino en aprender a compartirlos.

Con paciencia, los seres humanos descubrieron que las semillas debían fermentarse, secarse y tostarse antes de molerse. Aprendieron a mezclarlas con agua y a batir la preparación hasta obtener una bebida espumosa, cuyo aroma pronto llenó sus hogares y ceremonias.

El cacao había dejado de ser un secreto de los dioses.

La bebida de los hombres y los dioses

Con el paso del tiempo, el cacao ocupó un lugar especial en la vida de los pueblos mesoamericanos. Su bebida acompañaba ceremonias, reuniones importantes y rituales sagrados. En distintas sociedades, las semillas también adquirieron valor económico y llegaron a utilizarse como medio de intercambio.

Para quienes aprendieron a cultivarlo y prepararlo, el cacao representaba una relación profunda entre la naturaleza, la comunidad y lo sagrado.

No era simplemente un fruto. Era una semilla que exigía paciencia, conocimiento y trabajo colectivo. Desde el cuidado del árbol hasta la preparación de la bebida, cada etapa requería la participación de manos expertas que transmitían sus saberes de una generación a otra.

Quetzalcóatl, según la leyenda, había entregado algo más que un ingrediente: había compartido una enseñanza sobre el conocimiento y la generosidad.

Pero aquel regalo no estaría libre de consecuencias.

El precio de compartir un regalo divino

Foto: eprateekdaily

Al enterarse de que los seres humanos disfrutaban del cacao, algunos dioses montaron en cólera. Quetzalcóatl había desafiado sus órdenes y compartido un tesoro que debía permanecer en el cielo.

La leyenda cuenta distintas versiones sobre el castigo que recibió el dios y sobre su posterior partida. En algunas narraciones, su historia se entrelaza con engaños, promesas rotas y el dolor de abandonar a los pueblos a los que había enseñado.

Sin embargo, ni la ausencia de Quetzalcóatl ni el paso de los siglos pudieron borrar su regalo.

Los árboles de cacao continuaron creciendo en las tierras cálidas de Mesoamérica. Las comunidades conservaron sus conocimientos y perfeccionaron las técnicas para transformar sus semillas en bebidas y preparaciones de profundo significado cultural.

Mucho después, con la llegada de los europeos a América, el cacao cruzaría el océano y comenzaría una nueva historia. Su preparación cambiaría con la incorporación de otros ingredientes, como el azúcar, y con el desarrollo de nuevas técnicas culinarias. De esa transformación surgirían otras formas de consumirlo, hasta convertirse en el chocolate que hoy conquista paladares en todo el mundo.

Aun así, en cada semilla permanece el recuerdo de una historia mucho más antigua.

Un legado que todavía podemos saborear

Hoy, cuando rompemos una barra de chocolate, bebemos una taza de cacao o disfrutamos de una preparación tradicional mexicana, pocas veces pensamos en el largo camino que recorrió este fruto.

Detrás de su sabor existe una historia de pueblos originarios que domesticaron plantas, desarrollaron técnicas de cultivo y construyeron una cultura alrededor de sus productos. La leyenda de Quetzalcóatl nos invita a mirar ese legado con admiración, aunque la historia real del cacao sea mucho más antigua y compleja que cualquier relato mitológico.

Porque las leyendas no siempre buscan explicar los hechos tal como sucedieron. A veces, su propósito es conservar una enseñanza y recordarnos aquello que una comunidad considera sagrado.

Y quizá esa sea la mayor lección del regalo de Quetzalcóatl: la grandeza de un alimento no reside únicamente en su sabor, sino también en la historia, los conocimientos y la identidad que viajan con él.

Así, cada semilla de cacao guarda dos riquezas: la que podemos degustar y la que solo podemos descubrir cuando conocemos su origen.

Y mientras el chocolate siga presente en nuestras mesas, la antigua leyenda de la Serpiente Emplumada continuará viva, recordándonos que algunos de los regalos más extraordinarios de la humanidad nacen de la tierra y se vuelven eternos gracias a las manos que los cultivan y los comparten.

Nota cultural: Esta narración es una recreación literaria inspirada en la tradición mesoamericana que vincula a Quetzalcóatl con el cacao. Existen distintas versiones de la leyenda, y no debe interpretarse como un relato histórico único ni como una creencia idéntica entre todos los pueblos prehispánicos.

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Bebidas

Día del Vino Mexicano

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Foto: Tinto mexicano de BC

Una celebración al sabor, territorio y tradición de México

Cada 7 de octubre, México celebra una bebida que, más allá de estar presente en una copa, representa territorio, trabajo, tradición, innovación y una creciente identidad gastronómica: el vino mexicano.

La fecha fue establecida oficialmente por el Gobierno de México mediante decreto publicado en el Diario Oficial de la Federación el 10 de enero de 2023, con el propósito de reconocer el desarrollo de la industria vitivinícola nacional y su importancia económica y social.

Una celebración que nace de la tierra

Hablar de vino mexicano es hablar de regiones con características muy distintas. El clima, el suelo, la altitud y la disponibilidad de agua influyen en las uvas y, por consecuencia, en la personalidad de cada vino.

México cuenta con diversas zonas productoras y una industria que ha encontrado en la diversidad geográfica una de sus mayores fortalezas. Baja California, Coahuila, Querétaro, Guanajuato y Zacatecas, entre otras entidades, forman parte de este mapa vitivinícola que continúa creciendo y diversificándose.

El propio decreto reconoce que el país posee condiciones edafológicas y climáticas favorables para el cultivo de uva de calidad y plantea la necesidad de continuar impulsando la superficie sembrada, la producción y las exportaciones.

Mucho más que una botella

Detrás de cada botella existe una extensa cadena de trabajo: viticultores, jornaleros, enólogos, agrónomos, investigadores, sommeliers, diseñadores, distribuidores, restauranteros y profesionales del turismo.

Por ello, el Día del Vino Mexicano no solamente busca celebrar el producto terminado, sino también reconocer a quienes hacen posible que la uva llegue de los viñedos a las mesas.

De acuerdo con información difundida por la Secretaría de Agricultura, el sector vitivinícola ha representado una importante fuente de empleo y desarrollo para numerosas regiones del país. En 2023, la dependencia señalaba que la cadena productiva involucraba a más de 500 mil personas.

México también compite en el mundo

El crecimiento del vino mexicano no se limita al mercado nacional. Durante los últimos años, las etiquetas mexicanas han obtenido reconocimientos en concursos internacionales, contribuyendo a fortalecer la percepción de México como productor de vinos de calidad.

Cuando el decreto fue publicado, el Gobierno Federal destacó que la vinicultura mexicana había obtenido un promedio de 500 medallas anuales durante los tres años anteriores, como muestra del posicionamiento que comenzaban a alcanzar sus vinos en escenarios internacionales.

Este reconocimiento también ha ayudado a cambiar una idea arraigada durante años: que México es únicamente un país consumidor de vino. Hoy también es un territorio donde se cultiva, se experimenta, se innova y se construyen nuevas propuestas alrededor de esta bebida.

Vino y gastronomía mexicana: una relación que sigue creciendo

Uno de los grandes retos y, al mismo tiempo, de las grandes oportunidades del vino mexicano está en su relación con la gastronomía nacional.

México posee una de las cocinas más diversas del mundo y cada región ofrece ingredientes, técnicas y sabores capaces de generar interesantes combinaciones con los vinos producidos en el país.

Desde pescados y mariscos del Pacífico hasta carnes, quesos, moles, cocina de campo y propuestas contemporáneas, el maridaje permite descubrir que el vino mexicano puede dialogar con una enorme variedad de expresiones culinarias.

Esta relación también fortalece al turismo gastronómico y enológico, al convertir los viñedos, bodegas y regiones productoras en destinos donde el visitante puede conocer el territorio a través de sus sabores.

La Secretaría de Turismo ha señalado precisamente al enoturismo como una herramienta para diversificar la oferta turística y generar beneficios para las comunidades y familias vinculadas con las regiones vitivinícolas.

Una industria con futuro

El Día del Vino Mexicano también representa una oportunidad para reflexionar sobre los desafíos de la industria.

El crecimiento del sector implica hablar de sustentabilidad, disponibilidad de agua, adaptación al cambio climático, innovación agrícola, profesionalización, comercialización y apertura de nuevos mercados.

Al mismo tiempo, existe una oportunidad para acercar el vino mexicano a nuevos consumidores y fortalecer el conocimiento sobre las distintas regiones, variedades de uva y estilos que existen en el país.

La celebración, por tanto, no debería limitarse a levantar una copa. También puede ser una invitación a conocer quién produjo ese vino, de dónde viene, qué historia existe detrás de la botella y cómo se relaciona con la gastronomía y el territorio mexicano.

Brindar por México

El vino mexicano es resultado de una combinación de naturaleza y conocimiento. La tierra proporciona la uva, pero son las personas quienes transforman esa materia prima en una expresión que puede viajar desde un viñedo mexicano hasta una mesa en cualquier parte del mundo.

Por eso, cada 7 de octubre es una oportunidad para reconocer una industria que ha evolucionado y que continúa buscando su lugar entre los grandes productores internacionales.

Celebrar el Día del Vino Mexicano es, en cierta forma, brindar por quienes cultivan la vid, por quienes elaboran el vino y por quienes han convertido cada región vitivinícola en una historia que merece ser conocida.

Porque detrás de cada copa de vino mexicano hay mucho más que una bebida: hay tierra, trabajo, cultura, gastronomía y una manera de entender México a través de sus sabores.

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Bebidas

1 de octubre celebramos el Día Internacional del Café

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México se enorgullece de ser el hogar de una tradición cafetalera que se ha perfeccionado a lo largo de los siglos.

Desde las altas montañas de Chiapas hasta las vertientes de Oaxaca, el café mexicano no sólo representa el trabajo de generaciones de cafeticultores, sino que también es un reflejo de la riqueza de las tierras mexicanas. En cada taza de café se encuentra una complejidad sensorial que varía según la región, la altitud y el clima, creando una experiencia única que ha sido reconocida a nivel mundial.

Nuestro país ha logrado un reconocimiento internacional por la calidad de su café gracias a la obtención de Denominaciones de Origen para tres de sus regiones productoras más destacadas: Veracruz, Chiapas y Oaxaca. Estas denominaciones además de certificar la calidad de los granos también protegen y destacan las tradiciones, únicas que hacen que su café sea incomparable.

Las denominaciones del café mexicano

Veracruz fue el primer estado mexicano en obtener la Denominación de Origen en el año 2000. Este reconocimiento subraya la tradición cafetalera que data de más de 200 años en la región. Con su mezcla de paisajes montañosos y suelos volcánicos, es la cuna de un café con una acidez brillante, sabores especiados y un cuerpo notable. La región de Coatepec, famosa por sus cafés de altura, es una de las más destacadas, ofreciendo una bebida con matices de nuez y chocolate que evocan el perfil característico de la región.

Chiapas recibió su Denominación de Origen en 2003 consolidando su posición como uno de los productores más importantes en México. Las regiones de Tapachula y Soconusco son especialmente reconocidas por la calidad de sus granos, que presentan una alta acidez, cuerpo medio y notas afrutadas y florales. El café chiapaneco, cultivado en altitudes que oscilan entre los 600 y 1,400 metros sobre el nivel del mar, es conocido por su suavidad y frescura, características que lo hacen único y muy apreciado en mercados internacionales.

Oaxaca, con su rica biodiversidad y tradiciones culturales, ha sido reconocida con la Denominación de Origen “Pluma” desde hace poco tiempo. Este café, cultivado en las laderas de las montañas centrales de Oaxaca, se distingue por su cuerpo ligero, su acidez sutil y sus delicados aromas florales y especiados. Refleja la armonía entre las prácticas ancestrales de las comunidades indígenas y las modernas técnicas de cultivo, lo que resulta en un café suave, equilibrado y de gran elegancia. El distintivo “Pluma” ha sido un reconocimiento a la singularidad de este, que se cultiva en áreas específicas de la región, donde el clima y el suelo aportan características inconfundibles.

También se puede usar en diversas recetas y una de ellas es Paso Doble: 

Ingredientes:

  • 4 cafés expresos
  • 160 ml de tequila
  • 4 cáscaras de limón
  • 4 cucharadas de azúcar morena
  • Cubitos de hielo picados

Preparación:

  1. Prepare los cafés y déjelos enfriar
  2. Viértalos en 4 vasos de whisky
  3. En cada vaso, añada 40 ml de tequila, una cáscara de limón y una cucharada de azúcar morena
  4. Rellene los vasos con cubitos de hielo picados
  5. Mezcle bien y sirva muy frío con una pajita

El café mexicano es mucho más que una simple bebida: es una tradición que refleja la diversidad y la riqueza del país. Gracias a las Denominaciones de Origen, Veracruz, Chiapas y Oaxaca han logrado destacar sus productos en el ámbito internacional, ofreciendo al mundo una experiencia sensorial única que no sólo es sinónimo de calidad, sino también de historia, cultura y un profundo respeto por la tierra. 

Y si quieres conocer más sobre este u otros temas, no olvides visitar la Biblioteca de la Gastronomía Mexicana en Fundación Herdez (Seminario 18, Centro Histórico CDMX).

¡Agradecemos tu interés en leer este post y te invitamos a dejar un comentario o a compartir este post en tus redes sociales!

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