Historia de una tradición que alimenta nuestra identidad
Mucho antes de que los restaurantes se convirtieran en grandes establecimientos gastronómicos, las fondas ya ofrecían comida casera, económica y abundante. Su historia está ligada a los mercados, las cocineras tradicionales, la vida cotidiana y la evolución de la alimentación en México.
En México, comer fuera de casa no siempre ha significado visitar un restaurante. Para millones de personas, la experiencia gastronómica cotidiana tiene otro escenario: una fonda. Esos pequeños establecimientos donde el aroma de una sopa recién preparada, el guisado del día, las tortillas calientes y el agua fresca forman parte de una tradición que ha sobrevivido generaciones.
Las fondas son mucho más que negocios de comida. Representan una forma de convivencia, una alternativa para quienes trabajan lejos de casa y, sobre todo, una expresión de la cocina popular mexicana. Pero ¿de dónde surgieron y cómo llegaron a convertirse en parte fundamental de nuestra cultura gastronómica?
De los mesones y puestos de comida a las primeras fondas
Para encontrar los antecedentes de las fondas mexicanas es necesario remontarse al periodo virreinal. Después de la llegada de los españoles, las ciudades comenzaron a desarrollar establecimientos destinados a ofrecer alimentos y alojamiento a viajeros, comerciantes y habitantes que necesitaban comer fuera de sus hogares.
Los mesones, las posadas, los bodegones, los figones y las almuercerías formaron parte de aquella primera infraestructura de alimentación pública. Cada establecimiento tenía características particulares: algunos ofrecían hospedaje, otros vendían guisos económicos y algunos servían comidas más elaboradas.
En la Ciudad de México, durante el siglo XVIII, estos negocios ya tenían una presencia importante. Una investigación histórica publicada en 2025 en la revista Estudios de Historia Novohispana documenta la existencia de fondas, figones, bodegones y almuercerías en las inmediaciones de la Plaza Mayor y la Alcaicería.
Un dato particularmente interesante es que para 1751 los propietarios de fondas y figones comenzaron a organizarse mediante ordenanzas gremiales, buscando establecer condiciones para ejercer su actividad y distinguir sus establecimientos de otros expendios de alimentos.
Para 1756 ya se documentaban fondas y almuercerías en las inmediaciones del antiguo Palacio Real, donde también se comercializaban alimentos y bebidas como el pulque. Esto demuestra que la tradición de comer fuera de casa tiene raíces mucho más antiguas de lo que generalmente imaginamos.
¿Por qué se llaman fondas?
La palabra fonda tiene una historia interesante. Una de sus acepciones antiguas se relacionaba con establecimientos públicos donde se ofrecían alimentos y, en ocasiones, hospedaje.
En un estudio sobre fondas, figones y loncherías del Centro Histórico de la Ciudad de México, se recoge una antigua definición que las describe como casas públicas donde se servían comidas a diferentes precios y también podía ofrecerse alojamiento.
Con el paso del tiempo, el término fue adquiriendo una identidad propia en México: un lugar de comida preparada, generalmente casera, con precios accesibles y un servicio sencillo.
Durante el siglo XIX, las fondas llegaron a ser conocidas como los restaurantes de los sectores populares. Sin embargo, no todas eran establecimientos modestos: algunas ofrecían platillos sofisticados y menús con influencias europeas.
El siglo XIX: las fondas se convierten en parte de la vida urbana
Durante el México independiente, las fondas adquirieron mayor relevancia como espacios de alimentación cotidiana. Las ciudades crecían, las actividades comerciales se intensificaban y cada vez más personas necesitaban resolver sus comidas fuera de casa.
En sus mesas convivían preparaciones de tradición mexicana con recetas e ingredientes procedentes de otras culturas. Las influencias españolas y francesas, entre otras, comenzaron a incorporarse a la oferta gastronómica de los establecimientos.
En algunas fondas podían encontrarse sopas, frijoles, guisados, carnes asadas, huevos, dulces y café, mientras que otras ofrecían preparaciones más refinadas, como pollo a la tártara, salmón o carnes acompañadas de distintas guarniciones.
Un ejemplo documentado es la Gran Fonda de la Estrella de Oro, ubicada en la calle de Tacuba, en la Ciudad de México. En enero de 1879 anunciaba mejoras en sus instalaciones y una oferta de platillos que reflejaba la diversidad culinaria de aquella época.
Incluso se tiene registro de almuerzos y comidas cuyo precio era de 18 centavos, con sopa, huevos, carne, guisado, frijoles, café, fruta y otros alimentos.
Las fondas se habían convertido así en espacios donde la cocina popular y las nuevas tendencias gastronómicas compartían la misma mesa.
La comida corrida: el corazón de muchas fondas
Si existe una preparación que se ha convertido en símbolo de las fondas mexicanas, es la llamada comida corrida.
Su atractivo está en ofrecer una comida completa por un precio establecido, generalmente integrada por sopa, arroz o pasta, un guisado, frijoles, tortillas y agua fresca. En algunos establecimientos también se incluye postre.
Este formato responde a una necesidad muy concreta: alimentar de manera accesible a trabajadores, estudiantes, comerciantes y personas que pasan gran parte del día fuera de casa.
Aunque no sería correcto atribuir su nacimiento a una fecha o establecimiento específico, su consolidación está relacionada con el crecimiento de las ciudades y la necesidad de contar con opciones económicas para comer diariamente.
La comida corrida también permitió que muchas recetas familiares encontraran un espacio comercial. El mole, las albóndigas, el tinga, las tortitas de papa, el chile relleno, el bistec encebollado y una larga lista de guisos regionales comenzaron a formar parte de una oferta cotidiana que cambia según la temporada, la región y las posibilidades de cada cocinera.
Las mujeres: protagonistas de la tradición de las fondas
Hablar de las fondas mexicanas también significa reconocer el papel de las mujeres en la conservación y transmisión de nuestra cultura alimentaria.
Durante generaciones, muchas cocineras encontraron en estos establecimientos una oportunidad para llevar sus conocimientos culinarios del ámbito doméstico al comercio. Sus recetas, técnicas y sazón se convirtieron en el principal atractivo de numerosos negocios familiares.
En sus cocinas se conservaron preparaciones transmitidas de madres a hijas, el aprovechamiento de ingredientes locales, la elaboración de salsas en molcajete, el uso de chiles, hierbas y especias, así como la preparación de guisos que forman parte de la memoria gastronómica de distintas regiones.
Las fondas también han permitido que recetas tradicionales permanezcan vigentes, incluso cuando los hábitos de alimentación y las formas de consumo cambian.
De la cocina familiar a los negocios gastronómicos actuales
Con el crecimiento de las ciudades durante el siglo XX, las fondas se multiplicaron y adaptaron a las nuevas necesidades de la población. Algunas evolucionaron hacia restaurantes económicos, otras conservaron su carácter familiar y muchas se establecieron cerca de mercados, oficinas, fábricas, escuelas y zonas comerciales.
Actualmente, las encontramos bajo diferentes denominaciones: cocinas económicas, fondas familiares, comedores populares y restaurantes de comida casera.
Aunque sus instalaciones y propuestas pueden ser muy distintas, mantienen una característica esencial: ofrecer alimentos preparados para el consumo cotidiano, a precios generalmente accesibles.
En una época donde la gastronomía se encuentra cada vez más vinculada con conceptos como innovación, alta cocina, experiencias sensoriales y sofisticación, las fondas continúan representando una parte fundamental del panorama gastronómico nacional.
¿Están desapareciendo las fondas mexicanas?
El panorama actual plantea nuevos desafíos. El aumento en los costos de los insumos, las rentas, la competencia de cadenas restauranteras y las plataformas de entrega de alimentos han obligado a muchas fondas a modificar sus modelos de negocio.
Algunas han incorporado pagos digitales, servicio a domicilio, presencia en redes sociales y menús más variados. Otras han apostado por recuperar recetas tradicionales, ingredientes regionales y preparaciones que difícilmente se encuentran en restaurantes comerciales.
Sin embargo, su permanencia no depende únicamente de adaptarse a las nuevas tendencias, sino también de reconocer el valor cultural y social que representan.
Una fonda no necesita manteles elegantes, vajillas costosas ni técnicas culinarias de vanguardia para ofrecer una experiencia gastronómica memorable. Muchas veces, el verdadero atractivo está en una salsa recién molida, un guisado preparado lentamente o una tortilla hecha a mano.
Mucho más que un lugar para comer
Las fondas mexicanas son parte de nuestra historia alimentaria. Surgieron de la necesidad de alimentar a una población que desarrollaba sus actividades lejos del hogar y evolucionaron hasta convertirse en espacios donde se comparte mucho más que comida.
Son lugares de encuentro, convivencia y memoria. En sus mesas se mezclan generaciones, trabajadores, estudiantes, familias y visitantes que encuentran en la cocina cotidiana una expresión auténtica de la identidad mexicana.
Quizá por eso, cuando alguien pregunta dónde se puede comer rico, abundante y como en casa, una de las respuestas más frecuentes sigue siendo: ¡vamos a una fonda!
Porque mientras existan cocineras y cocineros dispuestos a mantener encendidos los fogones, las fondas seguirán alimentando no solamente a México, sino también una parte importante de su identidad gastronómica.
Una reflexión final
Las fondas merecen mayor reconocimiento dentro de la gastronomía mexicana. Mientras se habla de restaurantes gourmet, tendencias culinarias y experiencias de lujo, miles de pequeños establecimientos mantienen viva la cocina cotidiana que realmente alimenta a buena parte del país.
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