La otra Independencia de México
Cada septiembre, México se viste de verde, blanco y rojo. Recordamos a quienes, hace más de dos siglos, imaginaron un país capaz de decidir su propio destino. Hablamos de libertad, de identidad, de soberanía y de aquello que significa ser mexicanos.
Pero quizá existe otra forma de entender la Independencia: una que no ocurrió en los campos de batalla, sino en las milpas, los fogones, los mercados y las cocinas.
Una independencia que tiene aroma a maíz recién nixtamalizado, sabor a chile, textura de frijol, perfume de hierbas y el sonido de una tortilla hecha a mano.
La independencia también puede ser alimentaria.
Un país que aprendió a alimentarse con su propia tierra
México no construyó su identidad gastronómica de un día para otro. Mucho antes de que existiera el concepto de nación, los pueblos originarios ya habían desarrollado una extraordinaria relación con la tierra y con los alimentos.
El maíz, el frijol, el chile, la calabaza, el amaranto, el cacao, el nopal y una enorme diversidad de plantas, semillas, frutos y animales formaron parte de sistemas alimentarios profundamente ligados al territorio.
No se trataba solamente de comer.
Era sembrar, cosechar, transformar, conservar, compartir y transmitir conocimientos.
La cocina era también una manera de entender el mundo.
Por eso, cuando hablamos de gastronomía mexicana, hablamos de algo mucho más grande que una colección de recetas. Hablamos de conocimientos acumulados durante generaciones y de comunidades que han mantenido vivos sabores, técnicas y formas de relacionarse con los alimentos.
La soberanía empieza en el plato
Ser independientes también significa tener la capacidad de decidir qué comemos, de dónde vienen nuestros alimentos y quién los produce.
La independencia alimentaria no significa aislarnos del mundo ni rechazar lo que viene de otros lugares. Significa algo más sencillo y, al mismo tiempo, más profundo: tener la capacidad de valorar y fortalecer nuestros propios sistemas alimentarios.
Significa mirar nuevamente hacia el campo.
Preguntarnos quién sembró el maíz con el que se hizo nuestra tortilla. Quién cultivó el chile. Quién cuidó el frijol. Quién produjo la miel. Quién pescó, crió, cosechó o transformó aquello que llega hasta nuestra mesa.
Porque detrás de cada alimento existe una historia y, muchas veces, también existe una persona cuyo trabajo permanece invisible.
La cocina mexicana es una forma de independencia
Hay algo extraordinario en nuestra gastronomía: no necesita parecerse a ninguna otra para tener valor.
Una tortilla puede ser sencilla y, al mismo tiempo, contener siglos de conocimiento.
Un mole puede reunir una diversidad de ingredientes, técnicas y memorias.
Un tamal puede hablar de una comunidad.
Un pozole puede convertirse en celebración.
Un taco puede ser comida cotidiana y, a la vez, una de las expresiones más poderosas de nuestra cultura.
Eso es lo hermoso de la gastronomía mexicana: su grandeza no está solamente en los restaurantes ni en los platos sofisticados; está también en la cocina de una casa, en el mercado, en la fonda, en la comunidad y en las manos de quien sigue cocinando como aprendió de su madre, de su abuela o de su pueblo.
Independizarse también es dejar de olvidar
Quizá uno de los grandes retos actuales no sea descubrir nuevos sabores, sino evitar que olvidemos los que ya tenemos.
Que desaparezcan semillas porque dejaron de sembrarse.
Que una técnica tradicional deje de practicarse porque nadie aprendió a realizarla.
Que un ingrediente regional sea sustituido antes de que conozcamos su historia.
Que una cocina comunitaria sea considerada menos importante que una cocina de moda.
La verdadera riqueza gastronómica de México está en su diversidad. Y esa diversidad necesita algo más que reconocimiento: necesita consumidores, productores, cocineros, investigadores, instituciones y comunidades dispuestos a mantenerla viva.
El nuevo grito puede estar en nuestras cocinas
Cada vez que elegimos un producto local, apoyamos una pequeña producción, compramos directamente a un campesino, conocemos una semilla nativa o preguntamos por el origen de un ingrediente, estamos participando —aunque sea de una manera pequeña— en una forma contemporánea de independencia.
Cada vez que una familia conserva una receta.
Cada vez que una cocinera transmite una técnica.
Cada vez que un joven decide regresar al campo.
Cada vez que un chef trabaja con ingredientes mexicanos y cuenta su historia.
Cada vez que alguien descubre que detrás de un alimento existe un territorio y una comunidad.
Ahí también se construye país.
Porque la independencia no solamente consiste en recordar quiénes fuimos.
También consiste en decidir qué queremos conservar, qué queremos transformar y qué queremos dejarles a quienes vienen después.
México tiene mucho que defender desde la mesa
En estas fiestas patrias podemos celebrar nuestra historia con un brindis, con un plato de pozole, con una tlayuda, unos tamales, un mole o cualquiera de los innumerables sabores que forman parte de nuestra mesa.
Pero quizá también podemos hacer algo más.
Podemos mirar ese plato con otros ojos.
Preguntarnos de dónde vienen sus ingredientes. Quién los produjo. Qué conocimientos hicieron posible que llegaran hasta nosotros. Qué historias están detrás de ellos.
Porque cuando comprendemos el origen de nuestros alimentos, dejamos de verlos únicamente como productos y comenzamos a reconocerlos como parte de nuestra identidad.
México conquistó su independencia política hace más de dos siglos.
La independencia alimentaria es una tarea que todavía estamos construyendo.
Y quizá el primer paso sea entender que defender nuestra gastronomía no significa solamente defender nuestros platillos.
Significa defender la tierra, las semillas, los productores, las comunidades, las técnicas, los mercados, las cocineras y cocineros, y toda esa enorme cadena de conocimientos que hace posible que México siga teniendo una de las gastronomías más extraordinarias del mundo.
Este septiembre, además de gritar ¡Viva México!, quizá vale la pena preguntarnos:
¿Qué estamos haciendo para que también viva nuestra cocina?
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