Una historia de trabajo duro que se disfruta
En la cocina de “El Fogón del Puerto”, donde el calor no solo venía de las hornillas sino también del ritmo frenético del servicio, trabajaba Xicohténcatl, mejor conocido por Xico Chef de oficio, cocinero por necesidad… y, aunque le costara admitirlo, artista por naturaleza.
Para Xico, la cocina siempre había sido trabajo. No de esos trabajos románticos de película, sino uno real: jornadas largas, manos quemadas, pedidos acumulándose y clientes impacientes. Él no soñaba con estrellas ni fama; soñaba con terminar el turno sin errores.
—¡Dos pastas, una sin sal! —gritó alguien desde la barra.
—¡Eso no tiene sentido! —respondió Xico, riéndose mientras ya estaba resolviendo el plato.
Y ahí estaba el detalle: Xico se reía.
Porque aunque para él cocinar era trabajo, nunca lo vivía como una carga completa. Había algo en el caos que le divertía. El sonido de los cuchillos, el chisporroteo del aceite, los gritos que parecían discusiones pero eran coordinación… todo eso formaba una especie de música que solo los de cocina entendían.
Su regla era simple: si vas a pasar tantas horas aquí, más vale pasártela bien.
A veces, en medio del servicio, inventaba juegos absurdos.
—A ver, el que emplate más bonito este turno, no lava platos hoy —decía.
—¡Eso es trampa, chef! —contestaba Ana, mientras decoraba como si estuviera en competencia.
Otras veces cambiaba la música sin avisar. De pronto, la cocina pasaba de silencio tenso a una cumbia inesperada, y alguien empezaba a moverse entre fogones.
—¡Concéntrense! —decía Xico… mientras él mismo marcaba el ritmo con el cuchillo.
No era que no se tomara el trabajo en serio. Al contrario. Xico era exigente, preciso, obsesivo con los detalles. Sabía que cada plato que salía hablaba por él. Pero también entendía algo que muchos olvidaban: la seriedad no está peleada con la alegría.
Una noche particularmente pesada, cuando el restaurante estaba lleno y los pedidos no dejaban de llegar, uno de los nuevos, Julián, casi se quiebra.
—Chef… no puedo con esto —dijo, con la voz temblando.
Xico lo miró un segundo, sin dejar de mover la sartén.
—Claro que puedes —respondió—. Solo estás olvidando algo.
—¿Qué?
Xico sonrió, giró el sartén con un pequeño truco innecesario pero espectacular, y dijo:
—Que esto también es para disfrutarlo.
Julián no entendió del todo en ese momento. Pero minutos después, cuando lograron sacar una tanda perfecta de platos en tiempo récord y alguien soltó una carcajada por un error ya resuelto, algo cambió. No era más fácil… pero sí más ligero.
Al final del turno, con la cocina en silencio y el cansancio cayendo como peso muerto, Xico se sentó un momento.
Miró sus manos, llenas de marcas, y luego el espacio donde horas antes todo era caos.
—Mañana otra vez —murmuró.
Pero no sonaba resignado. Sonaba… satisfecho.
Porque para el chef Xicohténcatl, la cocina siempre sería trabajo. Duro, exigente, implacable.
Pero también era su lugar para reír, crear, equivocarse, mejorar… y, sobre todo, vivirlo bien.
Y eso, en medio del fuego, hacía toda la diferencia.
Historias de cocina por: Tlacualchichihua
¡Gracias por tu apoyo, tu visita y lectura nos ayuda para continuar creando contenido!
You must be logged in to post a comment Login