Historia
Historia de nuestra relación con la comida
Publicado
4 años antesen
¿Como ha influido la comida en las culturas y el desarrollo humano a lo largo de nuestra historia?
Recién llegado a la tierra, el hombre buscaba en la alimentación la sola supervivencia sin importar sabores, texturas ni temperaturas. La carne de grandes bestias como el mamut, era consumida en estado casi natural e incluso la dentadura de nuestros antepasados era anatómicamente distinta para poder masticarla.

Cultura Egipcia
Los antiguos egipcios dejaron plasmados sus testimonios alimenticios, recetas culinarias y de medicamentos en los muros de templos y tumbas, y en las ofrendas de sus muertos. Pero ya contaban con tecnología e importación de productos, que les permitía ampliar su oferta. Comían pan, cerveza, pescado, carne de oveja, cerdo y aves, y las vacas estaban reservadas para ocasiones especiales. Todo iba acompañado de ajo, cebolla, legumbres, habas, chícharos y lentejas, e incluso verduras y frutas como col, pepino, rábanos, dátiles, uvas, granada, sandía, melón y una especie de higos. Una de sus grandes aportaciones fue la creación de postres y pasteles a base de pasas y miel de abeja. El vino estaba reservado para la opulencia. Los egipcios antiguos descubrieron la fermentación del pan después de un accidentado olvido de masa en las cocinas, y el resultado exquisito que obtuvieron cuando hornearon el esponjado bollo.

La comida en la antigua Grecia era frugal, pero fueron los primeros en establecer tres tiempos, el desayuno, el almuerzo y la cena. Los griegos comían sentados en recipientes de terracota o metal. Se comía con los dedos y con la ayuda de un cuchillo para cortar los sólidos y una herramienta cóncava similar a la cuchara para los caldos. Los cereales eran la base de su alimentación, principalmente el trigo y la cebada y producían harinas para fabricar pan, que aderezaban con queso o miel. También se conocía la levadura, los moldes y el horno precalentado. Contaban con aceitunas, ajo, cebollas, legumbres, carne, pescado, fruta y golosinas. También galletas llamadas “hemiarton” en forma de luna en honor a la diosa Atenea, o “kribanés” con formas de senos para agradar a Afrodita. Sus platillos tenían vínculos religiosos y se realizaban en honor de los dioses.
Fueron pioneros en la fabricación de aceite de oliva, vinagre, aceitunas y uso de hierbas, y contaban ya con higos, granadas, nueces y avellanas, castañas, garbanzos, mantequilla, huevos de gallina, faisán, codornices y leche cuajada. Destacaba el Kykeon, una bebida de cebada con hierbas citada en la Ilíada y en la Odisea. Los griegos no ignoraban el placer de comer y disfrutaban de banquetes y festines. Contaban con cocineros pero les desagradaba el exceso de lujo y la pesquisa culinaria. A sus ojos, los persas eran una sociedad decadente por su exigente paladar y costumbres refinadas. Iccos, siglo V A.C, es considerado el primer atleta en ser sometido a un régimen alimenticio del cual dijo ser “comida de locos”. Creían que si consumían carne de cabra, brincarían alto como una cabra, la de buey les haría fuertes como el buey. La práctica de la cocina era aún relegada a la mujer.
Cultura Romana

Los romanos por el contrario, marcarían una nueva era en la gastronomía, cambio que tardaría más de mil años en suceder. Sus hábitos se vieron influenciados por la cultura griega en un principio, y después, al convertirse un imperio, por todas las otras civilizaciones que conquistaron. Su desayuno incluía farro con sal, huevos, queso, miel, leche y fruta. El pan era humedecido con vino y acompañado de aceitunas, galletas y uvas. En el almuerzo comían las sobras de la cena anterior, que normalmente consistía de panes, grasa, aceite de oliva, verduras, carne, pescado y mariscos. Al instaurarse la república, la comida se servía en tres tiempos, la entrada, el plato fuerte y el postre.
Al igual que los persas, los romanos establecieron un cuarto especial para consumir los alimentos, llamado triclínium, y una mesa y sillón donde cabían no más de 9 personas. En ella se reclinaban sobre su codo izquierdo y orientados hacia el centro de la mesa. Lavaban sus pies y manos antes de la cena; los alimentos se tomaban con las puntas de los dedos y dos tipos de cucharas, una grande, lígula, y una pequeña, cochlear, el equivalente del tenedor moderno. Usaban servilletas para limpiar dedos y boca y tiraban las sobras de huesos y conchas al suelo, donde los esclavos pudieran barrer.
La decoración de los platos podía llegar a ser más importante que los ingredientes, y las almejas y ostras eran consideradas parte del postre. Fueron también productores de vino y vinagres, y una mezcla de miel y vino llamada mulsum, aunque la cerveza era considerada vulgar. Los invitados a una cena usaban coronas perfumadas hechas de flores, que representaba la posición social.
Es importante notar que estas tres civilizaciones comparten elementos muy especiales a la hora de comer, como las mesas, el aceite de oliva y en especial el trigo. A partir de ellas se derivan las bases de la cocina internacional que es usada en todo el mundo. Pero muy lejos de ahí, en tierras remotas, los orientales también establecían sus propios estilos listos para degustar con un par de palillos.
La cultura China

En China existió y existe todavía, una serie de costumbres de alimentación íntimamente relacionadas, no sólo con la sociedad, sino con la filosofía y la medicina. El pueblo chino ya había desarrollado un protocolo muy completo basado en las enseñanzas de Confucio, conductas que nacieron casi dos mil años antes que las reglas de etiqueta occidentales. Éste afirmaba que el modo en que un chef corta los alimentos genera un efecto en ellos, y la frescura de la comida afecta al gusto. Los alimentos se dividen en yin, femeninos, y yang, masculinos, que deben mezclarse para hacer la combinación perfecta. El yin incluye alimentos ricos en agua como frutas y verduras, y el yang contiene platos fritos, especiados y a base de carnes. La sopa se sirve al final de los alimentos para saciar el apetito del comensal.
Fuertes períodos de hambruna que asolaron al país durante miles de años, les hicieron elaborar recetas que acogieran partes comestibles de los animales como tripas, cartílagos, cabezas y garras de aves. Pero la dieta china es variada y rica pues contempla vegetales, carne de vaca, pollo y cerdo, soya, sake y bambú. La Guangdong es una cocina amplia y refinada, usa productos frescos del mar, aves, insectos, ratones, serpientes, lechón e incluso gato. La Shandong también emplea productos del mar como aletas de tiburón, ovario de cangrejo, huevos de calamar y semillas de nuez con leche.. La comida Sichuan es famosa por su sabor picante y extraño, y sus recetas contienen ingredientes como carne picada con pescado, soya picante, carpa de piedra y especias. La comida Huaiyang usa productos vivos y frescos y pone cuidado en el sabor, forma y color, como pollo, pescado mandarín agridulce, bambú tierno, pato, pescados al vapor etc.
En la comida China no existe el postre, las frutas se emplean como acompañamiento de algunos platos. Pero sin duda, tres elementos le son muy particulares: el arroz blanco, el wok y el tofu, éste último originado en China por el príncipe Liu An, hace más de dos mil años cuando inventa la leche cuajada como un alimento nutritivo para la población. Además, los populares palillos son originarios de China pues son de costumbre milenaria en la cultura. Se utilizan como utensilios de mesa para comer alimentos sólidos y se fabricaban de madera, marfil e incluso de plata para detectar veneno en los alimentos de la monarquía. Por tradición, consideran el uso del cuchillo como un acto bárbaro, debido a que éstos se usan en la guerra como armas.
Cercano a la Gran China Imperial, Japón también establecía sus propias reglas a la hora de comer. Los japoneses se ostentan de realizar la comida oriental más delicada y elegante, de hecho uno de los 10 mejores restaurantes del mundo es de comida japonesa. En la Edad Antigua, la cocina japonesa estaba influenciada por la cultura china haciendo la mayor aportación gastronómica, pero después de ello, en la Edad Moderna, se desencadenaron grandes cambios.
Cultura Japonesa

La comida japonesa incluye vegetales tan comunes como exóticos como puerro, espinacas, pepino, berenjena, rábano, papa, raíz de loto, brotes de bambú, cebolla verde, hongos y algas de muchos tipos. También convida mariscos propios de la región, tallarines, huevos de codorniz y de gallina, carnes de cerdo, vaca, pollo, cordero y caballo, legumbres, tofu, salsa de soya y frutos frescos y secos, así como aceites y sales de sésamo y el famoso wasabi.
Una de las mayores aportaciones es la técnica tempura, que llegó a Japón en la Edad Moderna, gracias a los navegantes portugueses en el siglo XVI, como una técnica para cocinar y conservar el pescado. Pero todo platillo es mera compañía del rey de la mesa, el arroz blanco, cocido al vapor y estrella en el plato. Cualquier preparación solamente sirve de guarnición y para dar sabor al arroz blanco que es en principio insípido.
La técnica asiática de cocina es muy similar en todo el Oriente Extremo, en países como los recién mencionados, las dos Coreas, Vietnam, Tailandia y más. La comida se prepara en recipientes, como el wok, que alcanzan altísimas temperaturas y que cuecen los alimentos sin quitarles lo crujiente, siempre al lado del arroz. La comida es más que la satisfacción del cuerpo, pues comprende con ello el bienestar del alma. Es una combinación de todas las facetas del ser humano sobre un plato y su éxito es mundial.. Pero al cruzar el océano Pacífico, nos encontramos con un continente gigantesco, donde las culturas mesoamericanas también han conquistado el arte de la gastronomía.
Culturas latinoamericanas
Tal vez una de las cocinas más célebres, completas y variadas del mundo sea la nuestra, la mexicana, que actualmente es considerada Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la Unesco. Se remonta a más de 10,000 años atrás, al momento en que el maíz fue domesticado en el cultivo y que sería la base de la cultura mesoamericana, el ingrediente que sigue siendo el más importante en Hispanoamérica. Así como el trigo es en Europa y el arroz en el Asia, aquí el maíz da sentido a la comida. Su riqueza cuenta con recetas ancestrales que han pasado de generación en generación, que han sobrevivido a la evolución e industrialización del hombre, y que hoy son el tesoro de quienes las aprecian.

A diferencia de otras culturas, la comida latina y en especial la de México, es un factor que une a la sociedad; a través de ella nacen las amistades, se conocen las parejas, se cierran grandes negocios, se fortalecen los lazos de una familia y sobre todo, se disfruta de un buen momento. Todas las reuniones sociales giran alrededor de un desayuno, la comida, el cafecito o la merienda. En las mesas mexicanas no solamente se sientan los padres y los hijos, sino que siempre se incluye algún amigo, los primos, la abuela, los parientes que viven fuera, los viejos amigos y los recién conocidos, alrededor de manjares caseros, de recetas antiquísimas.
El territorio que abarca la República Mexicana fue un mosaico de muchas culturas muy distintas unas de otras. Aquí no sólo existía la civilización Maya, en la Península de Yucatán, estaban los aztecas en el Valle de México, zapotecas y mixtecas en Oaxaca, totonacas en Veracruz, olmecas en Tabasco, toltecas en Hidalgo y purépechas en Michoacán. Cada una contaba con su propia estructura social y de gobierno, su propia lengua, arquitectura, arte y religión. Pero también cada una tenía su propia diversidad culinaria que sigue viva. Las Crónicas de la Conquista de Hernán Cortes y Bernal Díaz del Castillo, describen la riqueza de colores, sabores y aromas de la gastronomía mexicana.
La dieta de la época prehispánica se basaba principalmente en vegetales como el maíz, chile principalmente y jitomate, cacao, aguacate, calabaza, nopal y vainilla, divinizados ante Chicomecóatl, diosa de los alimentos. Criaban pavos y perros y consumían insectos y larvas que son considerados exquisiteces como chinicuiles, chapulines, escamoles y jumiles. También animales como iguanas, serpientes, ranas y ajolotes, pescados, ardillas, tejones, patos y codornices. También relacionaban la comida con el mundo espiritual, tal como sucede con los altares de muertos, colmados con los más deliciosos antojos del difunto.

No contaban con muchos métodos de elaboración, pero inventaron una de las técnicas más importantes del mundo que aun hoy se utilizan, la nixtamalización del maíz. Ésta combina el almidón del maíz incorporado a la cal, y lo convierte en masa. Sabían también la cocción al vapor y el horno de tierra. Así perfeccionaban una a una las grandes delicias que hoy conocemos como el mole, el tamal, el uchepo y la tortilla.
Con la Conquista de México se añaden nuevos ingredientes al menú; distintos tipos de carnes animales llegaron de Europa y se fusionaron con la comida local y se exportaron recursos americanos al viejo continente. El chocolate y la vainilla, tan refinados en países europeos, son de nacionalidad mexicana al igual que el chile y el jitomate entre muchos más. Y es precisamente esa fusión la que es considerada una de las más ricas a nivel mundial. En el intercambio de ingredientes adquirimos el cerdo, la vaca, la oveja, la gallina, el arroz, el trigo y las especias, las manzanas, ciruelas y frutos rojos, y los convertimos en las mejores recetas del mundo.
Grandes platillos
De la unión de ambos mundos nacen muchas de las grandes estrellas de la gastronomía mexicana como el Pan de Muerto, las carnitas, los Chiles en Nogada o la Cochinita Pibil. En todas las versiones culinarias permanece viva la tortilla, preferida en los hogares por encima del pan y que sigue siendo la base de la alimentación mexicana, producto noble que permite elaborar cientos de platillos distintos. Además, la tortilla contribuye a mantener el equilibrio bacteriano intestinal debido a sus ingredientes ricos en calcio, ácido fólico, fibra y potasio.
Así, en las civilizaciones precolombinas mesoamericanas, lo que hoy es Perú, Colombia, Venezuela, Guatemala, y todo lugar donde se asentaron los primeros pobladores del continente americano, se desarrollaron técnicas similares, como las arepas, el uso del maíz y una gran variedad de frutas y verduras. El clima cálido de la mayor parte del territorio ofrecía a los pobladores una amplia variedad de alimentos, misma que fue ampliada tras la conquista.

Imagina al hombre, recién llegado al mundo, nómada, huérfano y expuesto a los rigores de la naturaleza, que consumía lo que encontraba a su paso, sin oportunidad de hacer planes sobre su cena. Imagina que al volverse sedentario, descubre una gran cantidad de opciones para complementar un simple fruto de la tierra. Es asombroso que al depender del clima, la geografía, factores sociales como la ideología, religión, educación y cultura, cada región determinó sus propios hábitos alimenticios. Así nace tan exquisita variedad de estilos de cocina mundial.
El ser humano es la única especie que, presumiendo superioridad racional, come cuando no tiene hambre y cuando la tiene no come. Y es que comer no es simplemente satisfacer las necesidades y apetito, sino confortar un conjunto físico y emocional. No solamente buscamos apagar el hambre, buscamos una emoción, un sentimiento, un recuerdo, alguna conexión entre lo humano y lo sobrenatural, los sabores que nos recuerde el milagro de estar vivos. Buscamos que el comer no sea solamente un instinto de supervivencia, sino un privilegio y un goce, la pasión por los sabores, un regalo de los dioses. Así lo decía Hipócrates, y con justa verdad, que la alimentación es nuestra mejor medicina.
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Cultura gastronómica
Del encuentro a la mesa en el día de la Nación Pluricultural
Publicado
2 semanas antesen
12 octubre, 2026
El nacimiento de una nueva gastronomía en América
La llegada de los europeos al continente americano transformó para siempre la alimentación de dos mundos. Entre intercambios, imposiciones y adaptaciones, surgió una fusión culinaria que dio origen a nuevas identidades gastronómicas y cambió la historia de la cocina mundial.
Dos mundos que se encontraron en la cocina
Cuando las expediciones europeas llegaron a América a finales del siglo XV, no solo comenzó una transformación política, económica y social: también se inició uno de los intercambios alimentarios más trascendentes de la historia. Los productos, las técnicas agrícolas, los animales y las costumbres culinarias de dos continentes comenzaron a encontrarse, modificando para siempre la forma de producir, preparar y consumir los alimentos.
Los pueblos originarios de América poseían conocimientos agrícolas y gastronómicos desarrollados durante miles de años. El maíz, el frijol, la calabaza, el chile, el jitomate, el cacao, el aguacate y la vainilla formaban parte de sistemas alimentarios complejos que incluían técnicas de cultivo, conservación y preparación profundamente vinculadas con el entorno natural y la vida comunitaria.
Por su parte, los europeos llegaron con otros ingredientes, animales y tradiciones culinarias. El trigo, el arroz, la caña de azúcar, la cebolla y el ajo, junto con el ganado bovino, porcino, ovino y caprino, comenzaron a incorporarse progresivamente a la producción y alimentación del continente americano.
El resultado no fue simplemente la suma de dos cocinas. Fue un proceso histórico de intercambio, adaptación y transformación que dio lugar a nuevas expresiones gastronómicas.
El intercambio que cambió la alimentación del mundo
Uno de los fenómenos más importantes de este periodo fue el llamado intercambio colombino, mediante el cual plantas, animales, alimentos y conocimientos circularon entre América, Europa, África y Asia.
América aportó productos que hoy resultan indispensables en numerosas cocinas del planeta. El jitomate transformó la gastronomía italiana; la papa se convirtió en un alimento fundamental en Europa; el cacao conquistó nuevos mercados y el chile encontró un lugar destacado en diversas cocinas de Asia.
Al mismo tiempo, el continente americano incorporó ingredientes que cambiarían su paisaje agrícola y culinario. El trigo se utilizó para elaborar panes y otras preparaciones; el ganado permitió desarrollar nuevas tradiciones de consumo de carne y productos lácteos, mientras que el arroz y la caña de azúcar adquirieron importancia en distintas regiones.
Este intercambio no ocurrió de manera inmediata ni fue igual en todo el continente. Dependió de las condiciones ambientales, las rutas comerciales, los movimientos de población y las relaciones de poder establecidas durante la colonización.
Además, la transformación alimentaria no involucró únicamente a europeos y pueblos originarios. Las poblaciones africanas, muchas de ellas trasladadas por la fuerza mediante la esclavitud, también aportaron conocimientos, ingredientes y prácticas que enriquecieron las cocinas americanas. La gastronomía del continente es, por ello, resultado de una historia mucho más amplia y diversa.
México: un encuentro de ingredientes que transformó la cocina
En el territorio que hoy ocupa México, el encuentro entre las tradiciones indígenas y europeas dio lugar a transformaciones especialmente significativas.
Antes de la llegada de los españoles, el maíz era la base de la alimentación de numerosos pueblos mesoamericanos. Su transformación mediante la nixtamalización permitía elaborar masa para tortillas, tamales y otras preparaciones. El chile, los frijoles, las calabazas y una gran variedad de hierbas, frutos e insectos comestibles completaban una alimentación adaptada a los ecosistemas locales.
Con la colonización se incorporaron ingredientes y técnicas que encontraron distintas formas de integrarse a las cocinas existentes. El cerdo, la res, el pollo, el trigo, el arroz, la leche, el queso y diversas especias comenzaron a participar en nuevas preparaciones.
Así, las tortillas y los guisos de maíz convivieron con carnes de origen europeo; los panes de trigo se incorporaron a las mesas de diferentes sectores sociales y los lácteos encontraron espacio en preparaciones regionales.
La cocina mexicana no abandonó sus raíces para adoptar una tradición extranjera. En muchos casos, reinterpretó los nuevos ingredientes a partir de sus propios conocimientos, técnicas y preferencias.
El resultado fue una gastronomía en constante transformación, capaz de conservar prácticas ancestrales y, al mismo tiempo, incorporar elementos provenientes de otras culturas.
De los ingredientes a los platillos: la creación de nuevas identidades
La fusión gastronómica se aprecia en preparaciones que hoy forman parte de la identidad culinaria de México, aunque sus historias son distintas y no siempre pueden atribuirse a un único momento histórico.
El uso del cerdo en carnitas, la presencia del trigo en panes y repostería, la incorporación de productos lácteos en quesos y guisos, así como la combinación de ingredientes americanos y europeos en numerosas cocinas regionales, muestran cómo los productos introducidos durante la colonización fueron reinterpretados con el paso del tiempo.
El mole, por ejemplo, tiene una historia compleja vinculada con ingredientes, técnicas y tradiciones de diferentes épocas. No puede explicarse simplemente como una receta española ni como una preparación que permaneció inalterada desde el periodo prehispánico. Su evolución refleja la creatividad de cocineras y cocineros, la circulación de ingredientes y los cambios sociales que marcaron la historia de México.
Algo similar sucede con muchas otras preparaciones que hoy se consideran representativas de la cocina nacional. Su identidad se construyó a través de generaciones, en hogares, mercados, conventos, comunidades rurales y espacios urbanos.
Detrás de cada platillo existe una historia de adaptación, conocimiento y creatividad que difícilmente puede reducirse a una sola cultura.
Una fusión marcada también por el conflicto
Hablar de mestizaje gastronómico exige reconocer que este proceso no ocurrió en condiciones de igualdad.
La conquista y la colonización estuvieron acompañadas de violencia, despojo territorial, evangelización forzada, cambios en las formas de trabajo y profundas transformaciones en los sistemas productivos. La alimentación también se vio afectada por estas relaciones de poder.
Algunos ingredientes y costumbres se difundieron por las rutas comerciales y el contacto entre comunidades; otros se incorporaron como consecuencia de nuevas estructuras económicas y sociales. Los sistemas agrícolas indígenas, por su parte, demostraron una enorme capacidad de adaptación y conservaron conocimientos que siguen siendo fundamentales para la alimentación contemporánea.
Las mujeres indígenas y las cocineras de distintas comunidades desempeñaron un papel esencial en la transmisión de técnicas, el aprovechamiento de los ingredientes y la transformación de las recetas. Sin embargo, gran parte de ese conocimiento se conservó de manera oral y colectiva, sin que sus protagonistas recibieran siempre el reconocimiento histórico que merecían.
Por eso, comprender el origen de la gastronomía americana también significa reconocer a las comunidades que preservaron sus saberes en medio de profundas transformaciones.
La gastronomía americana: una herencia que conquistó el mundo
La influencia de este intercambio trascendió las fronteras del continente. Ingredientes originarios de América se incorporaron a las cocinas europeas, africanas y asiáticas, mientras que los productos introducidos desde otros territorios encontraron nuevas formas de utilización en las sociedades americanas.
Hoy resulta difícil imaginar la cocina italiana sin jitomate, la gastronomía belga sin chocolate, numerosas preparaciones asiáticas sin chile o las cocinas latinoamericanas sin arroz, trigo y productos ganaderos.
Estos ejemplos muestran que la historia de la gastronomía no puede entenderse como una sucesión de cocinas aisladas. Los alimentos viajan, las técnicas se adaptan y las comunidades transforman aquello que reciben a partir de sus propias necesidades y conocimientos.
La diversidad culinaria actual es, en buena medida, resultado de siglos de migraciones, intercambios comerciales, conquistas, resistencias e innovaciones.
Una historia que continúa en cada cocina
La fusión entre las tradiciones de los pueblos originarios de América, las culturas europeas y los aportes africanos no fue un acontecimiento que concluyó hace siglos. Es un proceso que continúa en los mercados, los hogares, los restaurantes y las cocinas contemporáneas.
Cada vez que una cocinera utiliza maíz nativo en una preparación que incorpora ingredientes introducidos desde otros continentes, o cuando un chef recupera una técnica ancestral y la combina con recursos actuales, participa de esa larga historia de transformación gastronómica.
Comprender estos procesos permite mirar los alimentos de otra manera. Un ingrediente no es únicamente una materia prima: también representa viajes, conocimientos, relaciones humanas y cambios históricos.
La gastronomía americana nació de encuentros complejos, de la conservación de saberes ancestrales y de la capacidad de distintas culturas para transformar sus alimentos. Reconocer esa historia no significa olvidar los conflictos que la acompañaron, sino comprender cómo, a pesar de ellos, las comunidades construyeron cocinas nuevas y extraordinariamente diversas.
En cada tortilla, cada pan, cada guiso y cada combinación de sabores permanece una parte de esa historia compartida: la historia de un continente que transformó el mundo a través de sus alimentos.
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¿Hasta donde se puede abarcar?
En un pequeño pueblo mexicano vivía Don Chuy, un hombre conocido por una peculiar habilidad: siempre estaba en todas partes. Si había una fiesta patronal, ahí estaba Don Chuy ayudando a colgar los adornos. Si se organizaba un torneo de fútbol, era el primero en ofrecerse como árbitro. Si alguien necesitaba un consejo, una opinión o simplemente compañía, aparecía como por arte de magia.
Los vecinos comenzaron a bromear diciendo que Don Chuy era el “ajonjolí de todos los moles”, porque así como el ajonjolí adorna una gran variedad de platillos, él parecía formar parte de cualquier actividad del pueblo.
Una mañana, la alcaldesa anunció la organización de la Feria Gastronómica Anual. Había que coordinar cocineros, músicos, artesanos y comerciantes. Sin sorpresa para nadie, Don Chuy se presentó de inmediato.
—Yo puedo ayudar con la logística —dijo.
Media hora después estaba organizando los puestos. Más tarde se le vio acomodando sillas para el espectáculo musical. Al caer la tarde, estaba degustando recetas para elegir a los finalistas del concurso culinario.
Sin embargo, tanta participación comenzó a pasarle factura. Un día olvidó entregar unos documentos porque estaba ayudando a montar un escenario. Al mismo tiempo, llegó tarde a una reunión porque se encontraba resolviendo un problema eléctrico en la plaza.
Su amigo Don Manuel le dijo:
—Chuy, ser útil es bueno, pero nadie puede hacerlo todo. Hasta el mejor ajonjolí tiene su lugar en el mole.
Aquellas palabras lo hicieron reflexionar. Comprendió que ayudar no significaba estar involucrado en cada asunto. Aprendió a elegir dónde podía aportar más valor y a confiar en que los demás también tenían talentos que ofrecer.
La feria fue un éxito. Don Chuy colaboró en la coordinación gastronómica, el área que mejor conocía, mientras otros vecinos asumieron diferentes responsabilidades. El resultado fue mejor de lo que cualquiera imaginaba.
Desde entonces, cuando alguien decía que era el “ajonjolí de todos los moles”, Don Chuy sonreía y respondía:
—Sí, pero ahora solo en los moles donde realmente hace falta el ajonjolí.
Y así, el pueblo descubrió que participar es valioso, pero saber cuándo y dónde hacerlo es una verdadera sabiduría.
Historias de cocina por: Tlacualchichihua
El pulque es una de las bebidas más antiguas y representativas de México.
De aspecto blanco y espeso, con un sabor ligeramente ácido, esta bebida fermentada del maguey no solo tiene importancia gastronómica, sino también histórica, cultural y lingüística. Pero ¿de dónde proviene la palabra pulque y qué significa realmente?
Un nombre con raíces indígenas
Antes de la llegada de los españoles, el pulque ya era consumido por diversos pueblos mesoamericanos, especialmente los mexicas (aztecas), quienes lo consideraban una bebida sagrada. En náhuatl —la lengua de los mexicas— el pulque no se llamaba “pulque”, sino “octli”.
El término octli hacía referencia al aguamiel fermentado del maguey (Agave salmiana y otras especies). Esta bebida estaba asociada a rituales religiosos y a la deidad Mayáhuel, diosa del maguey, así como a los Centzon Totochtin (los “cuatrocientos conejos”), dioses relacionados con la embriaguez.
¿De dónde surge la palabra “pulque”?
La palabra “pulque” no proviene directamente del náhuatl clásico octli. Existen varias teorías sobre su origen:
- Posible deformación colonial: Algunos investigadores sugieren que los españoles comenzaron a usar la palabra pulque para diferenciar el aguamiel fresco del fermentado, o que surgió como una adaptación fonética de términos indígenas relacionados.
- Origen en la palabra “poliuhqui”: Otra teoría sostiene que proviene del náhuatl poliuhqui, que significa “descompuesto” o “echado a perder”. Esta interpretación se relaciona con el proceso de fermentación, que transforma el aguamiel en una bebida alcohólica. Con el tiempo, poliuhqui octli (octli descompuesto o fermentado) pudo haberse abreviado hasta convertirse en pulque.
Aunque no existe un consenso absoluto, esta segunda teoría es una de las más aceptadas entre lingüistas e historiadores.
Significado cultural del pulque
Más allá de su etimología, el pulque tiene un profundo significado simbólico:
- Bebida ritual: En la época prehispánica su consumo estaba restringido a sacerdotes, ancianos y personas que participaban en ceremonias religiosas.
- Elemento comunitario: Durante el periodo colonial y posteriormente, el pulque se convirtió en una bebida popular entre distintos sectores sociales.
- Identidad nacional: Hoy en día es considerado patrimonio cultural y forma parte de la identidad gastronómica mexicana.
De lo sagrado a lo popular

Durante la colonia, el pulque pasó de ser una bebida ceremonial a un producto comercial importante. En el siglo XIX vivió su época de auge, con la expansión de las haciendas pulqueras en el altiplano central de México. Sin embargo, con la llegada de la cerveza industrial en el siglo XX, su consumo disminuyó.
En años recientes, el pulque ha experimentado un resurgimiento, especialmente entre jóvenes interesados en rescatar tradiciones y productos ancestrales.
Encuentro de mundos
La palabra pulque refleja el encuentro entre dos mundos: el indígena y el español. Aunque originalmente se llamaba octli, el término actual probablemente proviene del náhuatl poliuhqui, vinculado al proceso de fermentación. Más que una simple bebida, el pulque representa siglos de historia, tradición y transformación cultural en México.
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