Otro de los insumos culinarios que descansa en la alacena es la gelatina. Parece que siempre estuvo allí, pero es un invento moderno que, de tan anónimo que es, ni siquiera merece una reflexión acerca de su origen, que dista de ser apetitoso.
De las primeras cosas que aprendimos a “cocinar”, al menos si tuvimos la suerte de tener una madre que cocinaba en casa, fue la gelatina. Aunque fuera la de cajita. Y todos pasamos siendo niños por esa extrañeza al ver cómo el líquido en una horas se ponía sólido y de color muy brillante. La verdad es que es una maravilla que como todas las cosas de cocina tienen su génesis.
¿Cuándo surgió la gelatina?
Los antecedentes remotos acerca de este producto vienen del Antiguo Egipto. Sin embargo, las referencias escritas sobre la gelatina datan del siglo XV. La palabra “gelatina” proviene originalmente de la palabra latina “gelatus” (helado). Pero fue el francés Denis Papin quien, en 1682, desarrolló un proceso de cocción para producir una masa gelatinosa obtenida a partir de huesos de animales.
Sin embargo, fue en Inglaterra, en 1754, que se inscribió la primera patente referida a la fabricación de la gelatina, pero no como alimento, sino como adhesivo. Durante el bloqueo continental napoléonico, la gelatina fue reconocida en Francia por sus valores nutritivos. En 1845, la mezcla de gelatina en polvo fue patentada por el industrial estadounidense Peter Cooper.
Finalmente, en 1875, y gracias a la modernización en el proceso de fabricación de gelatina, fue posible una producción masiva del producto. Es que si bien la gelatina es relativamente sencilla de producir, para que sea rentable requiere de un negocio de gran escala, y la fabricación industrial de la misma dio como resultado sofisticados artículos alimenticios y farmacológicos.
Foto: Gelatina de origen animal
Hablando de su fabricación, casi es mejor no enterarse cómo se hace… Es que detrás del colorido e inocente bowl de gelatina, hay una dilución de restos de ganado vacuno o porcino mediante cal y ácidos hasta lograr una materia llamada oseína, de la cual, y luego de otro proceso nada agradable de narrar, se extrae la gelatina, que luego termina siendo un extracto que se convierte en polvo. Dicen los allegados a esta industria que ver esta secuencia hace muchas cosas menos despertar el apetito.
Pero de lo que se trata es de saber que es la gelatina y por ello describimos:
La gelatina se consigue por hidrólisis del colágeno, una proteína que es el componente principal del tejido conectivo de los animales en tendones, ligamentos, huesos y cartílagos.
Industrialización de la gelatina
Durante el final del siglo XVIII, la gelatina comenzó a hacer su debut en elegantes mesas y postres. Más cuando el chef francés Antonin Carême comenzó a preparar platillos “chaud-froid”, o calientes fríos, ya que su preparación se realizaba caliente y se servían fríos. El furor creció tanto que las preparaciones tradicionales no daban abasto con la demanda. Y no es de sorprender, porque incluso Napoleón usaba esta delicia como complemento alimenticio de sus tropas.
Foto: Anuncio Jello-O Histórico
Sin embargo, la revolución industrial tendría la respuesta, entregando hojas de gelatina en cajitas. Mientras esto sucedía en Europa, un magnate del pegamento, Peter Cooper, creó una gelatina ya saborizada antes de empacarse. No tendría éxito sino hasta 1887, cuando otro competidor la bautizó como “Jell-o”.
Este alimento fue sumamente útil para muchos durante la gran depresión, cuando había pocos ingredientes que pudieran rendir lo suficiente.
La travesía de la gelatina ha sido largo para llegar a ser lo que hoy en día conocemos, pero sin duda es un alimento que logro cambiar la forma de cocinar en el mundo y que sigue siendo un manjar sutil pero muy recurrente.
En un pequeño pueblo mexicano vivía Don Chuy, un hombre conocido por una peculiar habilidad: siempre estaba en todas partes. Si había una fiesta patronal, ahí estaba Don Chuy ayudando a colgar los adornos. Si se organizaba un torneo de fútbol, era el primero en ofrecerse como árbitro. Si alguien necesitaba un consejo, una opinión o simplemente compañía, aparecía como por arte de magia.
Los vecinos comenzaron a bromear diciendo que Don Chuy era el “ajonjolí de todos los moles”, porque así como el ajonjolí adorna una gran variedad de platillos, él parecía formar parte de cualquier actividad del pueblo.
Una mañana, la alcaldesa anunció la organización de la Feria Gastronómica Anual. Había que coordinar cocineros, músicos, artesanos y comerciantes. Sin sorpresa para nadie, Don Chuy se presentó de inmediato.
—Yo puedo ayudar con la logística —dijo.
Media hora después estaba organizando los puestos. Más tarde se le vio acomodando sillas para el espectáculo musical. Al caer la tarde, estaba degustando recetas para elegir a los finalistas del concurso culinario.
Sin embargo, tanta participación comenzó a pasarle factura. Un día olvidó entregar unos documentos porque estaba ayudando a montar un escenario. Al mismo tiempo, llegó tarde a una reunión porque se encontraba resolviendo un problema eléctrico en la plaza.
Su amigo Don Manuel le dijo:
—Chuy, ser útil es bueno, pero nadie puede hacerlo todo. Hasta el mejor ajonjolí tiene su lugar en el mole.
Aquellas palabras lo hicieron reflexionar. Comprendió que ayudar no significaba estar involucrado en cada asunto. Aprendió a elegir dónde podía aportar más valor y a confiar en que los demás también tenían talentos que ofrecer.
La feria fue un éxito. Don Chuy colaboró en la coordinación gastronómica, el área que mejor conocía, mientras otros vecinos asumieron diferentes responsabilidades. El resultado fue mejor de lo que cualquiera imaginaba.
Desde entonces, cuando alguien decía que era el “ajonjolí de todos los moles”, Don Chuy sonreía y respondía:
—Sí, pero ahora solo en los moles donde realmente hace falta el ajonjolí.
Y así, el pueblo descubrió que participar es valioso, pero saber cuándo y dónde hacerlo es una verdadera sabiduría.
Historias de cocina por: Tlacualchichihua
¡Gracias por tu apoyo, tu visita y lectura nos ayuda para continuar creando contenido!
El pulque es una de las bebidas más antiguas y representativas de México.
De aspecto blanco y espeso, con un sabor ligeramente ácido, esta bebida fermentada del maguey no solo tiene importancia gastronómica, sino también histórica, cultural y lingüística. Pero ¿de dónde proviene la palabra pulque y qué significa realmente?
Un nombre con raíces indígenas
Antes de la llegada de los españoles, el pulque ya era consumido por diversos pueblos mesoamericanos, especialmente los mexicas (aztecas), quienes lo consideraban una bebida sagrada. En náhuatl —la lengua de los mexicas— el pulque no se llamaba “pulque”, sino “octli”.
El término octli hacía referencia al aguamiel fermentado del maguey (Agave salmiana y otras especies). Esta bebida estaba asociada a rituales religiosos y a la deidad Mayáhuel, diosa del maguey, así como a los Centzon Totochtin (los “cuatrocientos conejos”), dioses relacionados con la embriaguez.
¿De dónde surge la palabra “pulque”?
La palabra “pulque” no proviene directamente del náhuatl clásico octli. Existen varias teorías sobre su origen:
Posible deformación colonial: Algunos investigadores sugieren que los españoles comenzaron a usar la palabra pulque para diferenciar el aguamiel fresco del fermentado, o que surgió como una adaptación fonética de términos indígenas relacionados.
Origen en la palabra “poliuhqui”: Otra teoría sostiene que proviene del náhuatl poliuhqui, que significa “descompuesto” o “echado a perder”. Esta interpretación se relaciona con el proceso de fermentación, que transforma el aguamiel en una bebida alcohólica. Con el tiempo, poliuhqui octli (octli descompuesto o fermentado) pudo haberse abreviado hasta convertirse en pulque.
Aunque no existe un consenso absoluto, esta segunda teoría es una de las más aceptadas entre lingüistas e historiadores.
Significado cultural del pulque
Más allá de su etimología, el pulque tiene un profundo significado simbólico:
Bebida ritual: En la época prehispánica su consumo estaba restringido a sacerdotes, ancianos y personas que participaban en ceremonias religiosas.
Elemento comunitario: Durante el periodo colonial y posteriormente, el pulque se convirtió en una bebida popular entre distintos sectores sociales.
Identidad nacional: Hoy en día es considerado patrimonio cultural y forma parte de la identidad gastronómica mexicana.
De lo sagrado a lo popular
Foto: Vasos de pulque
Durante la colonia, el pulque pasó de ser una bebida ceremonial a un producto comercial importante. En el siglo XIX vivió su época de auge, con la expansión de las haciendas pulqueras en el altiplano central de México. Sin embargo, con la llegada de la cerveza industrial en el siglo XX, su consumo disminuyó.
En años recientes, el pulque ha experimentado un resurgimiento, especialmente entre jóvenes interesados en rescatar tradiciones y productos ancestrales.
Encuentro de mundos
La palabra pulque refleja el encuentro entre dos mundos: el indígena y el español. Aunque originalmente se llamaba octli, el término actual probablemente proviene del náhuatl poliuhqui, vinculado al proceso de fermentación. Más que una simple bebida, el pulque representa siglos de historia, tradición y transformación cultural en México.
¡Gracias por tu apoyo, tu visita y lectura nos ayuda para continuar creando contenido!
La Revolución Mexicana (1910-1920) no solo transformó el panorama político y social de México, sino que también influyó profundamente en los hábitos alimenticios de las personas. En un contexto marcado por la guerra, la pobreza y el desplazamiento, la comida jugó un papel central como fuente de supervivencia, identidad y resistencia cultural.
Contexto social y económico
Foto: Mujeres revolucionarias moliendo maíz en metate
La vida cotidiana durante la Revolución estuvo marcada por la escasez de alimentos. El conflicto interrumpió la producción agrícola, el comercio y la distribución, lo que llevó a muchas comunidades a depender de lo que podían obtener localmente. Los campesinos, quienes constituían la mayor parte de la población, subsistían principalmente de cultivos básicos como maíz, frijol y chile, productos fundamentales en la dieta mexicana.
Sin embargo, la desigualdad en la tenencia de la tierra, una de las causas principales del levantamiento, ya había generado pobreza y hambre entre las clases populares antes del estallido de la Revolución. Durante el conflicto, estos problemas se agravaron, obligando a muchos a adaptar su dieta de manera creativa con los pocos recursos disponibles.
La dieta básica
El maíz era el corazón de la alimentación. Las tortillas y el atole (una bebida caliente a base de masa de maíz) eran fuentes esenciales de energía para los campesinos y los ejércitos revolucionarios. Los frijoles complementaban las tortillas, aportando proteínas. El chile, además de ser un condimento, ayudaba a mejorar el sabor de alimentos limitados o de baja calidad.
Otro alimento común era la calabaza, cuyas flores, frutos y semillas se usaban en diversas preparaciones. Las familias también cultivaban hierbas y nopales, que se convirtieron en ingredientes clave cuando los recursos eran escasos.
Los alimentos durante la guerra
Foto: Campamento revolucionario alimentándose
En los campamentos revolucionarios, la comida tenía que ser sencilla y transportable. Las gorditas y tamales eran ideales porque podían prepararse con antelación, conservarse por varios días y ser fáciles de consumir en movimiento. Además, las adelitas, mujeres que acompañaban y apoyaban a los combatientes, cocinaban con ingenio, usando lo que encontraban a su paso, desde animales de caza hasta plantas silvestres.
El trueque también jugó un papel importante. En los mercados rurales, se intercambiaban productos como maíz, carne seca, queso y chiles secos. Sin embargo, la carne era un lujo que pocas familias podían permitirse regularmente. La dieta era principalmente vegetariana, complementada ocasionalmente con aves, cerdos o animales cazados, como conejos.
Impacto cultural y legado
Foto: Mujeres y hombres participantes de la revolución
A pesar de las dificultades, la Revolución Mexicana reforzó la importancia de los alimentos tradicionales como símbolo de identidad nacional. La dieta basada en maíz, frijol y chile no solo resistió las adversidades, sino que también se consolidó como un elemento central de la cultura mexicana.
En años posteriores, algunos platos típicos de esta época, como los tamales y las gorditas, se mantuvieron en la cocina cotidiana y festiva de México. Además, el ingenio culinario desarrollado durante esos años sigue siendo un testimonio de la capacidad del pueblo mexicano para adaptarse y superar la adversidad.
Cocina tradicional
Foto: Revolucionarios
La alimentación durante la Revolución Mexicana reflejaba las condiciones extremas del conflicto, pero también la resistencia y creatividad de sus protagonistas. En medio de la escasez, el pueblo mexicano encontró en su cocina tradicional una forma de sostenerse, reafirmar su identidad y resistir las adversidades, dejando un legado que perdura hasta nuestros días.
¡Agradecemos tu interés en leer este post y te invitamos a dejar un comentario!
You must be logged in to post a comment Login