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Bebidas

Diferencia entre decantar y oxigenar el vino

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Parece lo mismo, pero no lo es. En esta nota veremos la diferencia entre decantar y oxigenar un vino, un procedimiento que últimamente se puso muy de moda, pero que no siempre es necesario, e inclusive, lejos de hacer que el vino “mejore”, puede llegar a arruinarlo.

Primer paso, la definición del diccionario. Y para eso, nada mejor que la Real Academia Española, la cual define el verbo decantar como “separar un líquido del poso que contiene, vertiéndolo suavemente en otro recipiente” o “separar sustancias no miscibles de diferente densidad en un medio líquido”. Dos aclaraciones: uno, estos “posos” se escriben con “s” porque hacen referencia a los sedimentos, no al “pozo” que se hace en la tierra; y dos, como se puede apreciar, en ningún momento se menciona el oxígeno.

Oxigenar se explica como la acción de “combinar o mezclar una sustancia con oxígeno”. La diferencia entre los dos términos es clarísima. Ahora entonces, segundo paso: un poco de historia. El elemento por excelencia que se utiliza para hacer cualquiera de las dos acciones definidas, es el famoso decantador. Su historia se remonta al antiguo Egipto, donde se usaba con distintos fines (su material no era el vidrio, por supuesto), y se siguió usando en el Imperio Romano y en casi toda Europa.

Se utilizaba en los procesos de elaboración de distintos productos, incluyendo los destilados. Su relación con el vino, surge por necesidad, no por elegancia. Los antiguos grandes vinos franceses necesitaban largos periodos de guarda antes de ser consumidos, y otra vez por necesidad, ya que los vinos jóvenes eran muy tánicos y ásperos, “duros”. Todos esos factores eran “domados” o “suavizados” con la estiba prolongada en botella.

Pero esa misma estiba, generaba “posos”, también conocidos como “borras” o “sedimentos”. Se trata de esa especie de “cristalitos” o “arenilla” que encontramos en los corchos, en las paredes, o en el fondo de las botellas (dependiendo cómo hayan reposado), fundamentalmente, de vino tinto. Están compuestos en su mayoría por dos ítems: uno, la unión de los taninos (astringencia) con los antocianos (color), que al formar con el tiempo cadenas moleculares más complejas y pesadas, se hunden, floculan.

Y dos, el bitartrato de potasio y el tartrato cálcico, que son producto de la unión del ácido tartárico propio de la pulpa de la uva con la potasa del hollejo y con el calcio. Son todos compuestos naturales, que tienen tendencia a ensamblarse con las temperaturas de guarda y el tiempo, y son incoloros, pero en su camino al fondo de la botella arrastran partículas de color que los tiñen. También se pueden encontrar, en mucha menor medida, otros pequeños restos naturales del proceso de transformación de la uva en vino.

El hecho que los vinos tintos se elaboren en contacto con los hollejos y los blancos no, explica porqué este fenómeno se da en el primer caso. Y así las cosas, antes de servir el vino tinto en las copas, los franceses lo introducían en el decantador, justamente para decantarlo. Es un procedimiento que, a priori, podría pasarse por alto estibando las botellas de la forma correcta, para que las borras queden en los “hombros” de las mismas, que para eso están ideadas.

El hecho de utilizar el decantador como oxigenador, es algo un tanto más contemporáneo, que surge con el “boom” de los vinos de las últimas décadas. El objetivo aquí es airear el vino para que se “exprese” más, para que sus olores se sientan más fácilmente, para que se “abra”. O sea, para acelerar un proceso que perfectamente puede darse con el vino servido en los clásicos “copones”, con el correr de los minutos.

Pero se debe tener cuidado con el uso del decantador. No cualquier vino puede ser colocado allí. Por ejemplo, un vino muy añejo, con muchos años de guarda, no soportaría una oxigenación muy brusca o repentina, ya que estructuralmente está más débil y sutil, y una acción semejante le quitaría su encanto. De hecho, cuando nos disponemos a disfrutar de un vino, se supone que no estamos apurados, y que vamos a disponer del tiempo para ir notando como el vino va cambiando en la copa, como se va “abriendo”.

Sin dudas, a medida que transcurra el tiempo, el oxígeno irá haciendo aparecer distintas capas aromáticas, modificando nuestra percepción del vino en cuestión, lo que es también maravilloso y forma parte del “ritual” bien entendido del vino. Todo esto, sería imposible si utilizamos un decantador (u oxigenador). Si bien dentro del mundo del vino nadie tiene la verdad revelada, sino que cada uno lo disfruta como mejor le parece…si no es indispensable, no use el decantador.

Por Diego Di Giacomo
diego@devinosyvides.com.ar
Sommelier – Miembro de la Asociación Mundial de Periodistas y Escritores de Vinos y Licores

GastroMakers es un espacio dedicado a promover la cultura gastronómica del mundo.

Alimentos

Dulce terror si te atreves

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Foto: Guacamole terrorífico en calabaza /Cortesía / Fundación Herdez

 Elige tu receta favorita y que empiece el susto.

Si bien en nuestro país celebramos el Día de Muertos, hemos incorporado también la fiesta de Halloween, el 31 de octubre. Esta festividad de origen celta es la contracción en inglés de All Hallows’ Eve (Víspera de Todos los Santos) y que actualmente se asocia a la cultura popular con disfraces, calabazas talladas y las visitas de casa en casa pidiendo dulces. 

Y para esas reuniones que se realizan en esta época, Fundación Herdez te comparte en su sitio web nueve espeluznantes recetas. En estas encontrarás desde la bebida hasta el postre, para asustar y consentir a tus invitados.  Aquí te dejamos una probada: 

Cantarito Sangría “Pura tentación” 

Foto: Cortesía / Fundación Herdez
  • Dificultad: Fácil
  • Porciones: 1 vaso (350 ml) 
  • Tiempo de preparación: 50 min 

Ingredientes

Escarchado

  • Chamoy de tamarindo 
  • Chamoy en polvo Chilim Balam 

Jarabe concentrado de tés

  • ¼ de tza. de agua
  • ¼ de tza. de azúcar orgánica Aires de Camp 
  • 1 sobre de té de canela 
  • 1 sobre de té de limón 
  • 1 sobre de té de jengibre 

Base de la sangría

  • ½ oz de tequila 1800 Cristalino 
  • 1 oz de jarabe de infusión de tés 
  • 50 ml de jugo fresco de mandarina 
  • 50 ml de jugo fresco de toronja 
  • Vino rosado al gusto 
  • Hielo al gusto 

Elementos de decoración 

  • ½ rodaja de toronja 
  • 1 rodaja de mandarina cortada en 4 partes 
  • 1 fresa cortada en cubitos finos 
  • 1 fresa dividida longitudinalmente a la mitad 

Preparación

Jarabe de infusión 

  1. Hervir el agua con los sobres de té McCormick e infusionar 10 minutos.
  2. Añadir azúcar y cocinar a fuego medio hasta disolver y espesar ligeramente.
  3. Retirar del fuego y enfriar a temperatura ambiente.

Montaje y presentación 

  1. Escarchar el borde exterior de la copa pasándolo primero por el chamoy de tamarindo y después por el chamoy en polvo.
  2. Agregar hielo al gusto dentro de la copa.
  3. Incorporar el tequila, los jugos de mandarina y toronja, y el jarabe de infusión ya preparado.
  4. Incorporar de forma gradual el vino rosado, integrando suavemente con la cuchara de bar con movimientos envolventes.
  5. Añadir al interior de la copa la media rodaja de toronja, los trozos de mandarina y los cubos de fresa.
  6. Como detalle temático, hacer un pequeño corte en la base ancha de cada mitad de fresa y fijarlas en el borde del vaso con las puntas hacia arriba para formar los cuernos.

Guacamole terrorífico en calabaza 

Foto: Cortesía / Fundación Herdez
  • Dificultad: Fácil
  • Porciones: 1 kg
  • Tiempo de preparación: 30 min 

Ingredientes

  • 1 calabaza de castilla pequeña
  • 4 aguacates maduros
  • ½ cebolla morada picada finamente
  • 2 jitomates en cubos pequeños y despepitados
  • ¼ tza. de cilantro fresco picado
  • El jugo de 2 limones
  • 1 lata de granos de elote Herdez®
  • Sal al gusto
  • Pimienta al gusto

Preparación 

Para la calabaza

  1. Retirar la parte superior de la calabaza para extraer la tapa y retirar con cuidado todas las semillas y fibras del interior.
  2. Utilizando un cuchillo afilado, dibujar los ojos y la boca.

Para el guacamole 

  1. Colocar la pulpa de los aguacates en un tazón y triturar con ayuda de un tenedor hasta obtener la textura deseada.
  2. Agregar el jitomate, la cebolla, el cilantro y el jugo de limón; sazonar al gusto con sal y pimienta mezclando de manera envolvente.

Montaje y presentación 

  1. Colocar la calabaza ya tallada en el centro de un plato o charola.
  2. Esparcir los granos de elote sobre la base del plato para formar una capa.
  3. Servir el guacamole directamente desde la apertura de la boca para simular que brota de la calabaza.

*Todas las recetas fueron desarrolladas por el chef Leonardo Vargas y las practicantes Ximena Rejón y Ximena García. 

Cortesía de Fundación Herdez

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Alimentos

Quetzalcóatl y el regalo de los dioses

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Foto: Quetzalcóatl tomó el cacao de la tierra de los dioses | Familia Nestlé

La leyenda prehispánica del cacao

Hace mucho tiempo, cuando los dioses caminaban entre los hombres y la tierra todavía guardaba secretos que solo la naturaleza conocía, existía un pueblo que soñaba con alcanzar la sabiduría de los cielos. Sus habitantes cultivaban el maíz, cosechaban frutos y aprendían los misterios de la tierra, pero había un tesoro reservado únicamente para los dioses: el cacao.

Cuenta una antigua leyenda que fue Quetzalcóatl, la Serpiente Emplumada, quien decidió entregar este regalo divino a los seres humanos, convencido de que podían construir un mundo más próspero si recibían algo más que alimento: un símbolo de conocimiento, abundancia y unión.

El secreto que guardaban los dioses

En el reino celestial, los dioses disfrutaban de los frutos de un árbol extraordinario. Sus semillas, pequeñas y de apariencia sencilla, escondían un poder especial. Al molerlas y mezclarlas con agua, daban origen a una bebida de sabor intenso, amargo y profundo, capaz de reconfortar el espíritu y acompañar los momentos más importantes de la vida divina.

Quetzalcóatl observaba desde lo alto cómo los seres humanos trabajaban bajo el sol. Los veía sembrar la tierra, levantar sus hogares y compartir los frutos de sus cosechas. Sin embargo, también veía su sufrimiento cuando la escasez llegaba y sus fuerzas comenzaban a agotarse.

—¿Por qué hemos de guardar para nosotros toda esta riqueza? —preguntó el dios a sus compañeros celestiales—. Los hombres también merecen conocer los secretos que hacen florecer la vida.

Los demás dioses se opusieron. El cacao era demasiado valioso para entregarlo a los mortales. Su cultivo y preparación debían permanecer como un privilegio divino.

Pero Quetzalcóatl pensaba de otra manera.

El árbol que descendió del cielo

Foto: inklingo

Decidido a compartir aquel tesoro, Quetzalcóatl descendió a la tierra y buscó un lugar donde los seres humanos pudieran aprender a cultivarlo.

Según la versión de la leyenda que ha llegado hasta nuestros días, el dios tomó una planta del jardín celestial y la llevó al mundo de los hombres. La sembró en una tierra fértil, donde las lluvias alimentaban las raíces y el sol acariciaba sus hojas.

Después reunió a los habitantes del lugar y les enseñó a cuidar el árbol, reconocer sus frutos y extraer las semillas que guardaban en su interior.

Los hombres contemplaron maravillados aquellas mazorcas de colores intensos que crecían directamente del tronco y de las ramas más gruesas. Nunca habían visto algo semejante.

—Este árbol les dará mucho más que alimento —les dijo Quetzalcóatl—. Sus frutos les recordarán que la verdadera riqueza no consiste en guardar los regalos de la tierra, sino en aprender a compartirlos.

Con paciencia, los seres humanos descubrieron que las semillas debían fermentarse, secarse y tostarse antes de molerse. Aprendieron a mezclarlas con agua y a batir la preparación hasta obtener una bebida espumosa, cuyo aroma pronto llenó sus hogares y ceremonias.

El cacao había dejado de ser un secreto de los dioses.

La bebida de los hombres y los dioses

Con el paso del tiempo, el cacao ocupó un lugar especial en la vida de los pueblos mesoamericanos. Su bebida acompañaba ceremonias, reuniones importantes y rituales sagrados. En distintas sociedades, las semillas también adquirieron valor económico y llegaron a utilizarse como medio de intercambio.

Para quienes aprendieron a cultivarlo y prepararlo, el cacao representaba una relación profunda entre la naturaleza, la comunidad y lo sagrado.

No era simplemente un fruto. Era una semilla que exigía paciencia, conocimiento y trabajo colectivo. Desde el cuidado del árbol hasta la preparación de la bebida, cada etapa requería la participación de manos expertas que transmitían sus saberes de una generación a otra.

Quetzalcóatl, según la leyenda, había entregado algo más que un ingrediente: había compartido una enseñanza sobre el conocimiento y la generosidad.

Pero aquel regalo no estaría libre de consecuencias.

El precio de compartir un regalo divino

Foto: eprateekdaily

Al enterarse de que los seres humanos disfrutaban del cacao, algunos dioses montaron en cólera. Quetzalcóatl había desafiado sus órdenes y compartido un tesoro que debía permanecer en el cielo.

La leyenda cuenta distintas versiones sobre el castigo que recibió el dios y sobre su posterior partida. En algunas narraciones, su historia se entrelaza con engaños, promesas rotas y el dolor de abandonar a los pueblos a los que había enseñado.

Sin embargo, ni la ausencia de Quetzalcóatl ni el paso de los siglos pudieron borrar su regalo.

Los árboles de cacao continuaron creciendo en las tierras cálidas de Mesoamérica. Las comunidades conservaron sus conocimientos y perfeccionaron las técnicas para transformar sus semillas en bebidas y preparaciones de profundo significado cultural.

Mucho después, con la llegada de los europeos a América, el cacao cruzaría el océano y comenzaría una nueva historia. Su preparación cambiaría con la incorporación de otros ingredientes, como el azúcar, y con el desarrollo de nuevas técnicas culinarias. De esa transformación surgirían otras formas de consumirlo, hasta convertirse en el chocolate que hoy conquista paladares en todo el mundo.

Aun así, en cada semilla permanece el recuerdo de una historia mucho más antigua.

Un legado que todavía podemos saborear

Hoy, cuando rompemos una barra de chocolate, bebemos una taza de cacao o disfrutamos de una preparación tradicional mexicana, pocas veces pensamos en el largo camino que recorrió este fruto.

Detrás de su sabor existe una historia de pueblos originarios que domesticaron plantas, desarrollaron técnicas de cultivo y construyeron una cultura alrededor de sus productos. La leyenda de Quetzalcóatl nos invita a mirar ese legado con admiración, aunque la historia real del cacao sea mucho más antigua y compleja que cualquier relato mitológico.

Porque las leyendas no siempre buscan explicar los hechos tal como sucedieron. A veces, su propósito es conservar una enseñanza y recordarnos aquello que una comunidad considera sagrado.

Y quizá esa sea la mayor lección del regalo de Quetzalcóatl: la grandeza de un alimento no reside únicamente en su sabor, sino también en la historia, los conocimientos y la identidad que viajan con él.

Así, cada semilla de cacao guarda dos riquezas: la que podemos degustar y la que solo podemos descubrir cuando conocemos su origen.

Y mientras el chocolate siga presente en nuestras mesas, la antigua leyenda de la Serpiente Emplumada continuará viva, recordándonos que algunos de los regalos más extraordinarios de la humanidad nacen de la tierra y se vuelven eternos gracias a las manos que los cultivan y los comparten.

Nota cultural: Esta narración es una recreación literaria inspirada en la tradición mesoamericana que vincula a Quetzalcóatl con el cacao. Existen distintas versiones de la leyenda, y no debe interpretarse como un relato histórico único ni como una creencia idéntica entre todos los pueblos prehispánicos.

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Bebidas

Día del Vino Mexicano

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Foto: Tinto mexicano de BC

Una celebración al sabor, territorio y tradición de México

Cada 7 de octubre, México celebra una bebida que, más allá de estar presente en una copa, representa territorio, trabajo, tradición, innovación y una creciente identidad gastronómica: el vino mexicano.

La fecha fue establecida oficialmente por el Gobierno de México mediante decreto publicado en el Diario Oficial de la Federación el 10 de enero de 2023, con el propósito de reconocer el desarrollo de la industria vitivinícola nacional y su importancia económica y social.

Una celebración que nace de la tierra

Hablar de vino mexicano es hablar de regiones con características muy distintas. El clima, el suelo, la altitud y la disponibilidad de agua influyen en las uvas y, por consecuencia, en la personalidad de cada vino.

México cuenta con diversas zonas productoras y una industria que ha encontrado en la diversidad geográfica una de sus mayores fortalezas. Baja California, Coahuila, Querétaro, Guanajuato y Zacatecas, entre otras entidades, forman parte de este mapa vitivinícola que continúa creciendo y diversificándose.

El propio decreto reconoce que el país posee condiciones edafológicas y climáticas favorables para el cultivo de uva de calidad y plantea la necesidad de continuar impulsando la superficie sembrada, la producción y las exportaciones.

Mucho más que una botella

Detrás de cada botella existe una extensa cadena de trabajo: viticultores, jornaleros, enólogos, agrónomos, investigadores, sommeliers, diseñadores, distribuidores, restauranteros y profesionales del turismo.

Por ello, el Día del Vino Mexicano no solamente busca celebrar el producto terminado, sino también reconocer a quienes hacen posible que la uva llegue de los viñedos a las mesas.

De acuerdo con información difundida por la Secretaría de Agricultura, el sector vitivinícola ha representado una importante fuente de empleo y desarrollo para numerosas regiones del país. En 2023, la dependencia señalaba que la cadena productiva involucraba a más de 500 mil personas.

México también compite en el mundo

El crecimiento del vino mexicano no se limita al mercado nacional. Durante los últimos años, las etiquetas mexicanas han obtenido reconocimientos en concursos internacionales, contribuyendo a fortalecer la percepción de México como productor de vinos de calidad.

Cuando el decreto fue publicado, el Gobierno Federal destacó que la vinicultura mexicana había obtenido un promedio de 500 medallas anuales durante los tres años anteriores, como muestra del posicionamiento que comenzaban a alcanzar sus vinos en escenarios internacionales.

Este reconocimiento también ha ayudado a cambiar una idea arraigada durante años: que México es únicamente un país consumidor de vino. Hoy también es un territorio donde se cultiva, se experimenta, se innova y se construyen nuevas propuestas alrededor de esta bebida.

Vino y gastronomía mexicana: una relación que sigue creciendo

Uno de los grandes retos y, al mismo tiempo, de las grandes oportunidades del vino mexicano está en su relación con la gastronomía nacional.

México posee una de las cocinas más diversas del mundo y cada región ofrece ingredientes, técnicas y sabores capaces de generar interesantes combinaciones con los vinos producidos en el país.

Desde pescados y mariscos del Pacífico hasta carnes, quesos, moles, cocina de campo y propuestas contemporáneas, el maridaje permite descubrir que el vino mexicano puede dialogar con una enorme variedad de expresiones culinarias.

Esta relación también fortalece al turismo gastronómico y enológico, al convertir los viñedos, bodegas y regiones productoras en destinos donde el visitante puede conocer el territorio a través de sus sabores.

La Secretaría de Turismo ha señalado precisamente al enoturismo como una herramienta para diversificar la oferta turística y generar beneficios para las comunidades y familias vinculadas con las regiones vitivinícolas.

Una industria con futuro

El Día del Vino Mexicano también representa una oportunidad para reflexionar sobre los desafíos de la industria.

El crecimiento del sector implica hablar de sustentabilidad, disponibilidad de agua, adaptación al cambio climático, innovación agrícola, profesionalización, comercialización y apertura de nuevos mercados.

Al mismo tiempo, existe una oportunidad para acercar el vino mexicano a nuevos consumidores y fortalecer el conocimiento sobre las distintas regiones, variedades de uva y estilos que existen en el país.

La celebración, por tanto, no debería limitarse a levantar una copa. También puede ser una invitación a conocer quién produjo ese vino, de dónde viene, qué historia existe detrás de la botella y cómo se relaciona con la gastronomía y el territorio mexicano.

Brindar por México

El vino mexicano es resultado de una combinación de naturaleza y conocimiento. La tierra proporciona la uva, pero son las personas quienes transforman esa materia prima en una expresión que puede viajar desde un viñedo mexicano hasta una mesa en cualquier parte del mundo.

Por eso, cada 7 de octubre es una oportunidad para reconocer una industria que ha evolucionado y que continúa buscando su lugar entre los grandes productores internacionales.

Celebrar el Día del Vino Mexicano es, en cierta forma, brindar por quienes cultivan la vid, por quienes elaboran el vino y por quienes han convertido cada región vitivinícola en una historia que merece ser conocida.

Porque detrás de cada copa de vino mexicano hay mucho más que una bebida: hay tierra, trabajo, cultura, gastronomía y una manera de entender México a través de sus sabores.

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