Alimentos
Alimentos con muy pocas calorías
Publicado
7 años antesen
Y no todos son frutas y verduras
Lechuga con tomate y nada de condimento, cada día, a la hora de la cena… para rematar bien el día. Este desolador panorama en algunas dietas bajas en calorías tiene su lado bueno: sirve de inspiración para quienes buscan alimentos poco energéticos para confeccionar sus propias comidas (en su caso, no se privan del aceite de oliva virgen extra, lo que le da al asunto una perspectiva muy distinta). Pero, por muy interesantes que sean estos clásicos alimentos, la inspiración acaba agotándose, y eso es injusto. Lo es para la gran cantidad de alimentos que tienen casi cero calorías y numerosas ventajas nutricionales, opciones a las que todos podemos sacar un buen partido. Para conocerlos mejor, hemos identificado 25 que tienen menos de 40 kilocalorías por 100 gramos de porción comestible, el límite que la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA, por sus siglas en inglés) establece para declarar un alimento como bajo en energía. Pero también hemos encontrado cinco auténticos reyes de la gastronomía que sobrepasan por muy poco ese límite y que no son fruta ni verdura. Uno de ellos es carne y solo su nombre hace salivar a más de uno. Una pista, su nombre empieza por sol y acaba por millo…

Fresas y frambuesas, un placer antioxidante
100 gramos de porción comestible de estas deliciosas frutas de temporada solo tienen 36 y 38 kilocalorías, respectivamente. Y el sabor inconfundible de estas golosinas de la naturaleza no es el único punto a favor de estos alimentos para el comensal atento: 100 gramos de fresas contienen más vitamina C que una naranja mediana (60 frente a 50 miligramos). La vitamina C tiene alto poder antioxidante, una propiedad que comparte con otras sustancias bioactivas presentes en esta fruta, como las antocianinas y los polifenoles. “Además, su aporte de fibra, común en el grupo de las frutas y hortalizas, hacen de estas frutas un alimento adecuado para dietas para tratar problemas de estreñimiento”, indica el dietista-nutricionista de la Academia Española de Nutrición y Dietética Manuel Moñino.
Apio, con razón es una referencia
Según una teoría, es un alimento con calorías negativas. Es decir, que cuando se tienen en cuenta las que el cuerpo emplea en asimilarlo, comer apio quita más calorías de las que aporta. La idea es audaz pero, según un estudio reciente, equivocada. No obstante, 100 gramos contienen solo 11 kilocalorías, según los documentos de la Fundación Española de la Nutrición (FEN).
Cebolla, ¿podríamos vivir sin ella?
Es un sabroso ingrediente, especialmente atractivo en primavera, sin el que la cocina mexicana sería un imposible culinario. Destaca su aportación de antioxidantes conocidos como flavonoides, unas sustancias protectoras que el organismo no puede sintetizar y de las que se han identificado unas 5.000 diferentes. En muchos casos actúan como pigmentos en la naturaleza y, de hecho, el color morado y rosáceo de algunas variedades de cebolla son el fruto de algunos de unos flavonoides, los antocianos. Las técnicas culinarias no hacen que la cebolla pierda cantidades significativas de estas sustancias antioxidantes, y sus calorías tampoco varían excesivamente: si este alimento crudo tiene 26 kilocalorías, asado solo suma 38 y, hervido, 18. “La cebolla es parte del tradicional sofrito, clave de las recetas de la dieta mediterránea, y, junto al tomate, el ajo, otras verduras de temporada y el aceite de oliva, facilita el consumo de alimentos saludables como las legumbres y los pescados”, señala Moñino.
Pulpo, fuente de zinc
Es tan inteligente como sabroso, y sus calorías son relativamente escasas. Mucho habría que comer para que no fuese así, teniendo en cuenta que, cocido, solo tiene 69 kilocalorías por cada 100 gramos. Aquí no se cuentan las que aporta el aceite de oliva para aderezarlo. Su exiguo aporte calórico se debe a la combinación de un bajo contenido en grasas con una alta proporción de proteínas. Y es muy importante su contenido de zinc: una ración aporta el 30% de la ingesta recomendada del mineral para mujeres de entre 20 y 39 años, con actividad física moderada, y el 76% en los hombres, según las cifras que recoge la FEN.
Níscalos o setas, los ‘magos’ del sol
La seta más popular solo tiene 14 kilocalorías por cada 100 gramos. Y contiene ergosterol, una sustancia que, al contacto con la luz del sol otoñal, se convierte en una forma de provitamina D que, una vez ingerida, se transforma en la forma activa de la vitamina en el riñón.
La clásica naranja
Si es por calorías, hay un empate técnico. Mientras la primera tiene 38, la segunda solo aporta 40. Como es bien sabido, entre todas sus virtudes nutricionales destaca el contenido de vitamina C: una naranja mediana aporta toda la que se recomienda tomar al día. Lo que no todo el mundo sabe es que pierde fibra cuando se toma en forma de zumo. Además, el contenido de azúcar aumenta, ya que un vaso de zumo puede tener hasta el azúcar de 3 naranjas, y “pasan a ser considerados como azúcares añadidos”, dice Moñino. Sin duda son razones de peso para comerla entera.
Espinacas, que no falten
Cuando se preparan hervidas, solo contienen 22 kilocalorías. Son fuente de vitaminas (B2, A, C, E, K y fólico) y minerales (hierro, magnesio, manganeso y potasio). También aportan fibra soluble e insoluble, un compuesto que podría jugar un papel relevante en la prevención de numerosas enfermedades y que es muy importante en una dieta saludable.
Los berros no son malas hierbas
Los romanos los apreciaban, pero no todos han estado de acuerdo con su gusto imperial; este alimento ha sido considerado una mala hierba durante mucho tiempo. Su nombre científico, Nasturtium, se deriva de la combinación de los términos latinos nasus y tortus, “nariz” y “torcido”, respectivamente. El origen del apelativo “nariz torcida” está en que su olor picante irritaba el prominente órgano. En cuanto a las cualidades nutricionales, los berros contienen vitamina A, folatos, vitamina B6 y vitamina C, además de ser fuente de potasio, manganeso y calcio. Y solo tienen 12 kilocalorías.
Almejas, mucho, y muy delicioso, hierro
Solo contienen 48 kilocalorías, a eso hay que añadirle las que van en la salsa y el pan para mojar en ella, pero aún así vale la pena optar por estas delicias. Mejor tomarlas a la plancha, salteadas o al horno, si queremos contener el aporte energético de la dieta. Una ración de almejas (entre 50 y 60 gramos en limpio) contiene el 85% del valor de referencia para el hierro. También contiene varias vitaminas como la niacina, y, por supuesto, son una singular fuente de placer gastronómico estival.
Calabacín, por sus mucílagos
Este alimento rico en vitamina C es, ¡sorpresa!, de la familia de la calabaza… pero tiene más agua y menos fibra. Destaca por su contenido en mucílagos, un tipo de fibra soluble muy apreciada como laxante. La calabaza hervida contiene 12 kilocalorías por cada 100 gramos de porción comestible, mientras el calabacín tiene 17.
Solomillo de ternera, ligera proteína
No todo va a ser fruta y verdura. Si te gusta la carne, ya sabes que hay una pieza de ternera que cuesta tanto como calorías quita a tu dieta. Y es que el solomillo de ternera solo aporta 110 kilocalorías por cada 100 gramos, de lo que, nutricionalmente, el 75% tiene forma de proteína. Otra parte del animal que destaca por su bajo aporte calórico son los riñones, que están compuestos por agua en un 80%. Tanto los de ternera como los de otros animales aportan una gran cantidad de nutrientes, entre los que destaca el selenio: una ración aporta más del 160% de la ingesta recomendada para un hombre de entre 20 y 39 años, con una actividad física moderada. “Pero es una carne -la ternera- cuyo consumo debe limitarse a una frecuencia quincenal, prefiriendo antes las de aves, conejo o incluso los cortes muy magros de cerdo”, una propuesta que encaja mejor con las recomendaciones de una alimentación saludable, advierte Moñino.
Leche descremada y desnatada
En lo que se refiere a la energía, la diferencia no es demasiado grande entre la leche de vaca desnatada y la entera. La desnatada tiene 34 kilocalorías y la entera, 65. La diferencia está en el contenido de lípidos, que es de 3,8 gramos por cada 100 en la leche entera por 0,2 en la desnatada. “A pesar de la poca diferencia, las guías alimentarias recomiendan elegir preferentemente los lácteos bajos en grasa”, indica Moñino.
Sandía
Esta fruta aparece ya en los jeroglíficos egipcios, un testimonio de que hace unos 3.500 años ya se cultivaba en el Nilo. Es, sin duda, una aportación cultural que todo habitante de la península Ibérica debería agradecer: con un 95% de su peso en agua, pasa por ser la fruta que más líquido contiene, y es un postre de diez para la canícula peninsular. Teniendo en cuenta que el agua sí que contiene cero calorías, no es de extrañar que 100 gramos de sandía solo aporten 20 kilocalorías.
Melón
Por todo lo que refresca, a nadie se le escapa que esta fruta veraniega también tiene una gran cantidad de agua -el 92%, concretamente-. Junto a las fresas y el mango, es una de las frutas con mayor contenido en folatos. Sus 27 kilocalorías no son muchas más de las que tiene la sandía, pero, en cuestión de frutas, no se trata de las calorías, pues la diferencia en la dieta la marcan otros alimentos ricos en energía y pobres en nutrientes.
El saludable toque picante del rábano
Prácticamente el 95% es agua, y solo tiene 16 kilocalorías por cada 100 gramos. Uno de los componentes protagonistas de esta raíz son los glucosinatos, sustancias comunes en otras hortalizas de la familia como las coles y coliflores, que tienen un alto poder antioxidante y que son las responsables de darle a este alimento su interesante toque picante.
Bacalao fresco un pescado bajo en grasa
Solo tiene unas 83 kilocalorías por cada 100 gramos. Como acumula la grasa en el hígado -del que se obtiene un aceite rico en omega 3-, en vez de en los músculos, el bacalao está entre los pescados más magros que existen. También es el protagonista de numerosas, e insuperables, recetas.
Coliflor cocida, simple pero segura
Solo tiene 27 kilocalorías, así que te puedes permitir ese chorro de aceite de oliva virgen extra que le da un excelente sabor. Más del 90% de esta crucífera es agua, lo que repercute en su bajo valor energético.
El pepino, mejor con la piel
Su frescura es equiparable a su ligereza energética. 100 gramos de pepino solo contienen 12 kilocalorías y, si no te gustan crudos, puedes tomarlos en vinagre, una variante que proporciona prácticamente la misma energía. Eso sí, son muy ricos en sal, lo que los convierte en una opción ocasional –algunos deportistas recurren a su salmuera para eliminar los calambres en los momentos más exigentes de la competición-. No es especialmente rico en nutrientes, y aprovecharlos al máximo precisa no quitarles la piel, ya que así se aprovecha mejor la fibra, la vitamina K y las sustancias bioactivas.
Tomate, el ‘rey’ del licopeno
Este versátil alimento, que tiene un sabor inigualable y que proporciona solo 19 kilocalorías por cada 100 gramos, tiene innumerables beneficios nutricionales. Por ejemplo, aporta fibra y es rico en vitamina C. También destaca por su alto contenido en licopeno, un antioxidante cuyo efecto gana potencia con el calor del cocinado, una de las razones de la combinación magistral del tradicional sofrito. Estos carotenoides son más abundantes en el tomate pera, en los frutos más maduros y en los que han sido cultivados al aire libre y madurados en la planta.
El pimiento es todo un acierto
Es una guarnición que no desentona en un sinfín de platos y que es calóricamente barata: el pimiento solo contiene entre 18 y 28 kilocalorías en crudo por cada 100 gramos de porción comestible. Y es la hortaliza que tiene más vitamina C (129 miligramos en cada 100 gramos, casi el doble que las fresas, que tienen 67).
Acelgas, casi como comer agua
Esta hortaliza es un 94,4% agua, lo que justifica que proporcione solo 21 kilocalorías por cada 100 gramos de porción comestible. Entre sus propiedades nutricionales destaca que una ración de 150 gramos de acelgas aporta casi el 30% de la cantidad recomendada de hierro, y casi el 145% de folatos, que ayudan a formar glóbulos rojos y blancos, y el ADN.

Romaine or cos lettuce is a variety of popular lettuce (Lactuca sativa L. var. longifolia)
Lechuga hasta en los bocadillos
Con razón es un clásico de las dietas. Este crujiente y vistoso vegetal solo contiene 16 kilocalorías por cada 100 gramos -en este apartado, una competidora suya, la escarola, sale victoriosa con solo 12-. Dicen que una hoja de lechuga romana tiene una sola caloría, un cálculo que la convierte en el alimento ideal para controlar la energía que ingerimos, aunque contar calorías para perder peso no sea siempre lo más recomendable.
Moras, una oscura atracción
Son ricas en fibra, una característica que comparten con el resto de las bayas silvestres, y tienen un profundo y atractivo color oscuro. La característica tonalidad de la fruta, que va del blanco al morado, pasando por el rojo, a medida que madura, es el fruto de dos sustancias antioxidantes conocidas como antocianinas. Esta fruta también contiene pterostilbene, una sustancia parecida al resveratrol de las uvas, que es un compuesto con fama de promover la longevidad, aunque aún queda mucho por investigar al respecto… Y solo tienen 37 kilocalorías por cada 100 gramos.
¿Y si hoy pedimos langosta?
Este animal mueve por el fondo marino su cuerpo de 91 kilocalorías por cada 100 gramos de porción comestible. El crustáceo ofrece proteínas de alto valor biológico y es rico en minerales, como el selenio, zinc y yodo, pero también está vedado a personas con gota por su contenido en purinas. Quizá puedes pedirla de vez en cuando, que tampoco es que la vayas a comer todos los días.
Pues ahora ya tienes más opciones de alimentos bajos en calorías para que no solo comas lechuga para mantenerte a dieta.
GastroMakers es un espacio dedicado a promover la cultura gastronómica del mundo.
Alimentos
Esto puedes cocinar con la Flor de Cempasúchil comestible
Publicado
5 días antesen
22 octubre, 2026
Del altar a la mesa, una tradición que también se saborea
Cada otoño, el intenso color naranja de la flor de cempasúchil anuncia la llegada del Día de Muertos en México. Sus pétalos iluminan las ofrendas, adornan las calles y forman caminos simbólicos para recibir a quienes ya no están. Sin embargo, esta flor emblemática de la cultura mexicana tiene otra faceta que merece descubrirse: también puede convertirse en un ingrediente para preparar platillos, bebidas y postres.
Su presencia en la cocina conecta la riqueza de la biodiversidad mexicana con la creatividad gastronómica contemporánea. Desde una crema caliente hasta una infusión aromática, el cempasúchil ofrece posibilidades culinarias que permiten llevar un símbolo de nuestras tradiciones directamente al plato.
Una flor con historia y sabor

El cempasúchil, cuyo nombre proviene del náhuatl cempōhualxōchitl QUE SIGNIFICA “veinte flores” o “varias flores”, se asocia tradicionalmente con el Día de Muertos y forma parte del patrimonio cultural y botánico de México. Además de su valor ornamental y ceremonial, algunas variedades de esta flor se utilizan como ingrediente culinario.
Sus pétalos pueden aportar matices herbales, ligeramente amargos y florales, por lo que conviene utilizarlos con moderación y combinarlos con ingredientes que equilibren su sabor. En la cocina, su color intenso también permite crear presentaciones atractivas, especialmente en preparaciones de temporada.
Eso sí, no todas las flores de cempasúchil que se venden para adornar altares son aptas para el consumo. Para cocinar, es indispensable utilizar flores identificadas como comestibles, cultivadas sin pesticidas ni otros productos químicos no autorizados para alimentos, y lavarlas cuidadosamente antes de usarlas.
¿Qué se puede preparar con la flor de cempasúchil?
Crema de cempasúchil

Una alternativa para comenzar una comida de temporada. Los pétalos se licúan con ajo, cebolla y caldo; después se incorporan leche evaporada, granos de elote y calabacitas. Se puede terminar con cubitos de queso panela y pétalos frescos comestibles.
Calabacitas a la mexicana con flor de cempasúchil

El cempasúchil puede integrarse a un guiso de calabacitas, jitomate, cebolla, ajo y elote. Un poco de epazote ayuda a complementar los sabores y aporta un carácter muy mexicano al platillo.
Tacos, quesadillas y rellenos

Los pétalos pueden incorporarse a guisos de hongos, flor de calabaza, queso o verduras para preparar tacos y quesadillas. La clave está en emplearlos en cantidades moderadas para que su sabor floral no domine el resto de los ingredientes.
Atole de cempasúchil

Una bebida caliente ideal para los días frescos de octubre y noviembre. Se prepara una infusión con los pétalos, se cuela y se incorpora a una base de masa de maíz disuelta en agua. Puede endulzarse al gusto y aromatizarse con canela.
Infusión de cempasúchil

Una opción sencilla para explorar su aroma. Se hierven los pétalos comestibles en agua durante unos minutos, se cuela la preparación y se puede complementar con hierbabuena, unas gotas de limón y miel. No debe asumirse que esta bebida trata enfermedades por ser una preparación tradicional.
Helados y nieves artesanales

Su color y aroma permiten experimentar con nieves de agua, helados cremosos y sorbetes. Puede elaborarse una infusión, colarla e incorporarla a la base elegida, cuidando que el sabor sea equilibrado.
Mermeladas y preparaciones dulces

Los pétalos también pueden utilizarse para experimentar con mermeladas, jarabes y salsas dulces. Combinados con frutas de sabor suave o cítricos, pueden aportar un perfil floral interesante para acompañar pan artesanal, yogur o postres.
Panadería y repostería

Una aplicación más experimental consiste en deshidratar los pétalos aptos para consumo, molerlos e incorporar pequeñas cantidades a masas de galletas, panes o bizcochos. También pueden utilizarse para decorar pasteles y otros productos de temporada.
Pulque Curado de Cempasúchil

El pulque de cempasúchil ya es una bebida de temporada vinculada con las celebraciones del Día de Muertos en México. Se conoce también como curado de cempasúchil y combina el pulque natural con los pétalos de esta flor.
Se licúan los pétalos con una pequeña cantidad de pulque y los ingredientes elegidos; después se cuela la mezcla y se integra con el resto del pulque. Es importante utilizar flores cultivadas para consumo alimentario, no las destinadas exclusivamente a decoración.
El potencial de la gastronomía mexicana
La utilización del cempasúchil en la cocina demuestra que las tradiciones mexicanas pueden conservar su significado y, al mismo tiempo, encontrar nuevas formas de expresión. Para restaurantes, panaderías, cafeterías y proyectos gastronómicos, esta flor representa una oportunidad de crear menús de temporada que conecten con la identidad cultural del país.

Su aprovechamiento también puede despertar el interés por los productores agrícolas y por ingredientes locales que, en ocasiones, se conocen principalmente por su función ornamental.
No se trata de sustituir el lugar que ocupa en las ofrendas, sino de reconocer que una misma flor puede tener distintas expresiones culturales: decorar un altar, inspirar una creación culinaria y recordarnos la relación que existe entre la tierra, la memoria y los alimentos.
En México, el cempasúchil no solo pinta de naranja el camino de los difuntos; también puede llenar de color y creatividad nuestra gastronomía.
Recomendaciones antes de cocinar con cempasúchil
- Utiliza únicamente flores identificadas como comestibles y cultivadas para consumo alimentario.
- Evita las flores ornamentales de procedencia desconocida, especialmente las vendidas para altares, ya que pueden contener residuos de pesticidas.
- Emplea preferentemente los pétalos y retira la base blanca, que puede aportar amargor.
- Lava y desinfecta la flor con un producto apto para alimentos, siguiendo las indicaciones de uso.
- Comienza con pequeñas cantidades para evaluar su sabor y aroma.
Fuente de consulta recomendada: Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural. Puedes consultar su recetario de cempasúchil, elaborado en colaboración con productores y la Universidad Autónoma Chapingo.
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La leyenda prehispánica del cacao
Hace mucho tiempo, cuando los dioses caminaban entre los hombres y la tierra todavía guardaba secretos que solo la naturaleza conocía, existía un pueblo que soñaba con alcanzar la sabiduría de los cielos. Sus habitantes cultivaban el maíz, cosechaban frutos y aprendían los misterios de la tierra, pero había un tesoro reservado únicamente para los dioses: el cacao.
Cuenta una antigua leyenda que fue Quetzalcóatl, la Serpiente Emplumada, quien decidió entregar este regalo divino a los seres humanos, convencido de que podían construir un mundo más próspero si recibían algo más que alimento: un símbolo de conocimiento, abundancia y unión.
El secreto que guardaban los dioses
En el reino celestial, los dioses disfrutaban de los frutos de un árbol extraordinario. Sus semillas, pequeñas y de apariencia sencilla, escondían un poder especial. Al molerlas y mezclarlas con agua, daban origen a una bebida de sabor intenso, amargo y profundo, capaz de reconfortar el espíritu y acompañar los momentos más importantes de la vida divina.
Quetzalcóatl observaba desde lo alto cómo los seres humanos trabajaban bajo el sol. Los veía sembrar la tierra, levantar sus hogares y compartir los frutos de sus cosechas. Sin embargo, también veía su sufrimiento cuando la escasez llegaba y sus fuerzas comenzaban a agotarse.
—¿Por qué hemos de guardar para nosotros toda esta riqueza? —preguntó el dios a sus compañeros celestiales—. Los hombres también merecen conocer los secretos que hacen florecer la vida.
Los demás dioses se opusieron. El cacao era demasiado valioso para entregarlo a los mortales. Su cultivo y preparación debían permanecer como un privilegio divino.
Pero Quetzalcóatl pensaba de otra manera.
El árbol que descendió del cielo

Decidido a compartir aquel tesoro, Quetzalcóatl descendió a la tierra y buscó un lugar donde los seres humanos pudieran aprender a cultivarlo.
Según la versión de la leyenda que ha llegado hasta nuestros días, el dios tomó una planta del jardín celestial y la llevó al mundo de los hombres. La sembró en una tierra fértil, donde las lluvias alimentaban las raíces y el sol acariciaba sus hojas.
Después reunió a los habitantes del lugar y les enseñó a cuidar el árbol, reconocer sus frutos y extraer las semillas que guardaban en su interior.
Los hombres contemplaron maravillados aquellas mazorcas de colores intensos que crecían directamente del tronco y de las ramas más gruesas. Nunca habían visto algo semejante.
—Este árbol les dará mucho más que alimento —les dijo Quetzalcóatl—. Sus frutos les recordarán que la verdadera riqueza no consiste en guardar los regalos de la tierra, sino en aprender a compartirlos.
Con paciencia, los seres humanos descubrieron que las semillas debían fermentarse, secarse y tostarse antes de molerse. Aprendieron a mezclarlas con agua y a batir la preparación hasta obtener una bebida espumosa, cuyo aroma pronto llenó sus hogares y ceremonias.
El cacao había dejado de ser un secreto de los dioses.
La bebida de los hombres y los dioses
Con el paso del tiempo, el cacao ocupó un lugar especial en la vida de los pueblos mesoamericanos. Su bebida acompañaba ceremonias, reuniones importantes y rituales sagrados. En distintas sociedades, las semillas también adquirieron valor económico y llegaron a utilizarse como medio de intercambio.
Para quienes aprendieron a cultivarlo y prepararlo, el cacao representaba una relación profunda entre la naturaleza, la comunidad y lo sagrado.
No era simplemente un fruto. Era una semilla que exigía paciencia, conocimiento y trabajo colectivo. Desde el cuidado del árbol hasta la preparación de la bebida, cada etapa requería la participación de manos expertas que transmitían sus saberes de una generación a otra.
Quetzalcóatl, según la leyenda, había entregado algo más que un ingrediente: había compartido una enseñanza sobre el conocimiento y la generosidad.
Pero aquel regalo no estaría libre de consecuencias.
El precio de compartir un regalo divino

Al enterarse de que los seres humanos disfrutaban del cacao, algunos dioses montaron en cólera. Quetzalcóatl había desafiado sus órdenes y compartido un tesoro que debía permanecer en el cielo.
La leyenda cuenta distintas versiones sobre el castigo que recibió el dios y sobre su posterior partida. En algunas narraciones, su historia se entrelaza con engaños, promesas rotas y el dolor de abandonar a los pueblos a los que había enseñado.
Sin embargo, ni la ausencia de Quetzalcóatl ni el paso de los siglos pudieron borrar su regalo.
Los árboles de cacao continuaron creciendo en las tierras cálidas de Mesoamérica. Las comunidades conservaron sus conocimientos y perfeccionaron las técnicas para transformar sus semillas en bebidas y preparaciones de profundo significado cultural.
Mucho después, con la llegada de los europeos a América, el cacao cruzaría el océano y comenzaría una nueva historia. Su preparación cambiaría con la incorporación de otros ingredientes, como el azúcar, y con el desarrollo de nuevas técnicas culinarias. De esa transformación surgirían otras formas de consumirlo, hasta convertirse en el chocolate que hoy conquista paladares en todo el mundo.
Aun así, en cada semilla permanece el recuerdo de una historia mucho más antigua.
Un legado que todavía podemos saborear
Hoy, cuando rompemos una barra de chocolate, bebemos una taza de cacao o disfrutamos de una preparación tradicional mexicana, pocas veces pensamos en el largo camino que recorrió este fruto.
Detrás de su sabor existe una historia de pueblos originarios que domesticaron plantas, desarrollaron técnicas de cultivo y construyeron una cultura alrededor de sus productos. La leyenda de Quetzalcóatl nos invita a mirar ese legado con admiración, aunque la historia real del cacao sea mucho más antigua y compleja que cualquier relato mitológico.
Porque las leyendas no siempre buscan explicar los hechos tal como sucedieron. A veces, su propósito es conservar una enseñanza y recordarnos aquello que una comunidad considera sagrado.
Y quizá esa sea la mayor lección del regalo de Quetzalcóatl: la grandeza de un alimento no reside únicamente en su sabor, sino también en la historia, los conocimientos y la identidad que viajan con él.
Así, cada semilla de cacao guarda dos riquezas: la que podemos degustar y la que solo podemos descubrir cuando conocemos su origen.
Y mientras el chocolate siga presente en nuestras mesas, la antigua leyenda de la Serpiente Emplumada continuará viva, recordándonos que algunos de los regalos más extraordinarios de la humanidad nacen de la tierra y se vuelven eternos gracias a las manos que los cultivan y los comparten.
Nota cultural: Esta narración es una recreación literaria inspirada en la tradición mesoamericana que vincula a Quetzalcóatl con el cacao. Existen distintas versiones de la leyenda, y no debe interpretarse como un relato histórico único ni como una creencia idéntica entre todos los pueblos prehispánicos.
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Un llamado a la acción para un futuro sostenible
Cada 16 de octubre, el mundo se une para conmemorar el Día Mundial de la Alimentación, una fecha proclamada por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) en 1979. Este día busca concienciar sobre la importancia de garantizar la seguridad alimentaria y promover el acceso a alimentos nutritivos para todas las personas, en especial en un momento en que el hambre sigue siendo un desafío global.
Contexto global del hambre y la inseguridad alimentaria
A pesar de los avances tecnológicos y económicos en muchas partes del mundo, el hambre sigue siendo una realidad para más de 820 millones de personas, según datos recientes de la FAO. Las causas de este problema son complejas y variadas: conflictos, crisis económicas, cambios climáticos extremos, pérdida de biodiversidad y sistemas alimentarios insostenibles. La pandemia de COVID-19 también exacerbó esta situación, haciendo aún más evidente la fragilidad de los sistemas de producción y distribución de alimentos.
En contraste, el desperdicio de alimentos es un problema igualmente alarmante. Se estima que cada año, un tercio de los alimentos producidos para el consumo humano se pierde o se desperdicia. Esto no solo tiene un impacto económico, sino también ambiental, ya que el desperdicio de alimentos contribuye significativamente a la emisión de gases de efecto invernadero.
El papel de los sistemas alimentarios sostenibles
El tema del Día Mundial de la Alimentación 2024 es “No dejar a nadie atrás: Sistemas alimentarios sostenibles para el bienestar de todos”, destacando la importancia de transformar la forma en que producimos y consumimos alimentos. Los sistemas alimentarios actuales, en muchos casos, no son sostenibles. La agricultura intensiva, el uso indiscriminado de recursos naturales y las prácticas agrícolas ineficientes están degradando el medio ambiente y poniendo en riesgo la capacidad futura de alimentar a la población mundial.
La FAO, junto con otras organizaciones internacionales, aboga por un enfoque más sostenible que incluya:
- Prácticas agrícolas sostenibles: Promover la agroecología, la agricultura regenerativa y otras prácticas que protejan la biodiversidad, mejoren la salud del suelo y reduzcan el uso de pesticidas y fertilizantes químicos.
- Reducción del desperdicio de alimentos: Implementar mejores estrategias de almacenamiento, distribución y consumo de alimentos para evitar que grandes cantidades se pierdan antes de llegar al consumidor.
- Inversión en tecnología agrícola: Fomentar la innovación y la investigación en tecnologías que mejoren la eficiencia de los sistemas alimentarios, desde la producción hasta el procesamiento y la distribución.
- Acceso equitativo a alimentos nutritivos: Garantizar que todas las personas, independientemente de su ubicación geográfica o situación económica, tengan acceso a alimentos nutritivos y asequibles.
El cambio climático y la alimentación
El cambio climático es un factor que agrava la inseguridad alimentaria. Las sequías, las inundaciones, el aumento de las temperaturas y la desertificación están afectando gravemente la capacidad de los agricultores para producir alimentos. A su vez, la agricultura industrial es responsable de una porción significativa de las emisiones globales de gases de efecto invernadero. Por tanto, la transición hacia sistemas alimentarios más sostenibles es crucial no solo para reducir el hambre, sino también para mitigar los efectos del cambio climático.
¿Qué podemos hacer como individuos?
El Día Mundial de la Alimentación no solo es un momento para reflexionar, sino también para actuar. Aquí algunas formas en las que cada persona puede contribuir a un sistema alimentario más sostenible:
- Reducir el desperdicio de alimentos: Comprar solo lo necesario, planificar las comidas y aprovechar los restos son algunas formas de reducir la cantidad de alimentos que se desperdician.
- Elegir productos locales y de temporada: Consumir alimentos que se produzcan localmente reduce la huella de carbono asociada con el transporte y apoya a los agricultores locales.
- Optar por una dieta más equilibrada y basada en plantas: Reducir el consumo de carne y productos lácteos puede tener un impacto positivo en el medio ambiente, ya que la producción ganadera es una de las principales fuentes de emisiones de gases de efecto invernadero.
- Promover la educación alimentaria: La concienciación y la educación sobre la importancia de una alimentación equilibrada y sostenible es fundamental para transformar los hábitos de consumo a largo plazo.
Un derecho fundamental
El Día Mundial de la Alimentación nos recuerda que el acceso a alimentos nutritivos es un derecho fundamental. Para lograr un mundo sin hambre, necesitamos un esfuerzo colectivo que incluya la participación de gobiernos, empresas, agricultores y ciudadanos. La transformación hacia sistemas alimentarios sostenibles es esencial no solo para garantizar la seguridad alimentaria de las generaciones actuales, sino también para proteger los recursos naturales y el bienestar de las futuras. Este 16 de octubre, todos estamos llamados a ser parte de la solución.
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