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Historia

Breve historia del vino argentino

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La historia del vino argentino nace en la época de la colonización

En América no existía el cultivo de la vid hasta la llegada de los españoles. Cuando Colón, hizo su segundo viaje en 1493 (un año después del descubrimiento del continente), llevó las primeras variedades de Vitis vinífera a Centroamérica pero por el clima de la región no se desarrollaron. A mediados del Siglo XVI llegaron a Perú, de ahí pasaron a Chile y a partir de 1543 se introdujeron en Argentina y se extendieron en el centro, oeste y noroeste del país.
En 1556 llegaron a Santiago del Estero y los jesuitas hicieron importantes plantaciones, ya que en Argentina como en varios países de Latinoamérica, la expansión de viñedos se relaciona con la difusión del cristianismo porque el clero necesitaba vino para la misa.

Entre 1570 y 1590 se implantaron los primeros viñedos en Mendoza y San Juan y se empezó a desarrollar una industria que transformó a una zona desértica en extensos oasis. También empezó a florecer la vitivinicultura en Misiones y en menor medida en Córdoba y Santa Fé.
A principios del Siglo XVII ya existía una importante producción de vinos, lo que llevó a abrir nuevos mercados como la provincia de Buenos Aires. En 1853 el gobernador de Cuyo (Mendoza – San Juan) Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888), contrató al agrónomo francés Michel Aimé Pouget (1821-1875), que se encargó de reproducir las primeras cepas de variedades francesas, entre ellas el Malbec que para la mayoría de los enólogos, sommeliers y especialistas, se adaptó a esta zona mejor que en cualquier otra parte del mundo.
Esos vinos eran producto de una vinicultura que no conocía las investigaciones de Luis Pasteur sobre la fermentación alcohólica, las alteraciones de los vinos y los medios para prevenirlas. El gran cambio empezó en 1855 cuando Pouget fundó la primera escuela de enología en Mendoza, luego las leyes de aguas y tierras permitieron el crecimiento de la colonización y con el aporte de los inmigrantes que conocían muy bien las técnicas de elaboración y cultivo de uvas finas comenzó una época de innovaciones enológicas.

¿Cómo eran esos vinos?

Hasta el siglo XIX, las vendimias eran tardías para producir vinos de alto grado de alcohol y al terminar la fermentación del mosto se adicionaba al “cocido”, es decir, una fracción de mosto virgen se cocinaba a fuego directo para fortalecerlos. Como el mercado de los vinos cuyanos era el litoral y Buenos Aires (y el tren recién llegaría a Cuyo a fines de 1800), el vino se trasladaba en carretas que tardaban meses en llegar y solo vinos alcohólicos y fortificados con el cocido podían tolerar la distancia, sobre todo en época estival.

El gran cambio

Después de la Primera Guerra Mundial (1919) los vinos argentinos fueron adquiriendo calidad y las cepas traídas de Francia, Italia y España dieron excelentes resultados en un suelo y clima que, sin duda, eran ideales para el cultivo de la vid. Ya para 1960, en la Argentina había 242.324 hectáreas de viñedos plantados y se registraba un consumo anual de 90 litros por persona al año, sin embargo casi todo ese vino era común y de calidad regular.
En 1970, por desgravaciones impositivas y cambios tecnológicos se plantaron viñedos cultivados en parral con uva de alto rendimiento y baja calidad enológica y la superficie creció a 350.680 hectáreas en 1977 y justo cuando la producción alcanzaba su record máximo histórico, el consumo comenzó a decaer. De 1979 a 1984 había un excedente de 40 millones de hectolitros después de la cosecha lo que causaba grandes crisis, pero a partir de 1982 con la disminución de viñedos por falta de rentabilidad todo se empezó a normalizar.
En 1987, la superficie de viñedos había descendido a 274.705 hectáreas pero todavía no se podía hablar de vinos de calidad. Chile, en cambio, ya había empezado sus campañas de venta en el exterior basadas en un vino de buena calidad con precio moderado, en ese entonces en Argentina la idea de exportar y competir existía en la mente de pocos empresarios y la participación en las ferias internacionales era muy discreta con menos de 20 bodegas.

El desarrollo

Argentina posee una superficie cultivada con vid de 221202 hectáreas, según datos del INV (Instituto Nacional de Vitivinicultura) y si bien al principio su desarrollo fue sostenido y el mercado interno tenía una importante demanda, entre 1982 y 1992 se produjo una importante erradicación de viñedos. A partir de 1992 empezó el proceso de recuperación implantando variedades de alta calidad enológica pero también se observó una disminución en el consumo per cápita pasando de 80 litros en los años setenta a 24.3 litros en el 2013.

La modernización

A partir de 1991 las fronteras de Argentina se abrieron para los productores y algunas bodegas empezaron a importar bienes con arancel cero y se empezaron a modernizar. Esta etapa se caracterizó por la importación de acero inoxidable para reemplazar las piletas de hormigón, las barricas de roble y nuevas líneas de embotellado y etiquetado. Además, el intercambio de enólogos e ingenieros agrónomos con distintos países vitivinícolas generó una necesidad de modernizar y adaptar la producción de vinos al mercado internacional.

En los últimos años, y a pesar de la difícil situación económica del país, la industria vitivinícola viene experimentando un desarrollo positivo en todos los aspectos (técnico, comercial, productivo, de difusión y conocimiento) tanto en el mercado interno como en el externo y desde entonces los vinos argentinos comenzaron a estar en restaurantes y vinotecas de las ciudades más importantes del mundo. Para completar este panorama surgió una cantidad de libros, guías y revistas especializadas con un extenso material descriptivo y actualizado.

Sin duda alguna, uno de los mejores vinos del mundo!!!

 

Bebidas

El origen del brindis

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Casi siempre que compartimos una copa de vino recurrimos al acto de brindar.

Lo hacemos, de forma más o menos espontánea, para celebrar un momento especial. En según qué situaciones, a veces acompañamos el brindis con una frase o alguna reflexión, pero el significado del gesto suele ser generalmente el mismo: expresar nuestros buenos deseos hacia alguien o hacia algún hecho, celebrar o festejar algo. El brindis es un acto que venimos practicando desde siempre y lo tenemos tan interiorizado que es posible que no sepamos ni de dónde viene. De hecho, se trata de una costumbre antiquísima cuyos orígenes parecen bastante difusos.

Por eso, hoy intentaremos arrojar algo de luz sobre los orígenes del acto de brindar, sobre la palabra brindis y sobre su significado.

¿De dónde viene el acto de brindar?

El origen del acto de brindar es tan antiguo que es complicado encontrar pruebas documentales que nos remitan a su origen de manera rigurosa. En este sentido, la mitología de la Antigua Grecia es una fuerte inagotable de creatividad a la hora de explicar de la forma más variopinta cualquier situación de la vida cotidiana. Según esta, Dioniso, dios griego de la vendimia y del vino, invitó en cierta ocasión a los dioses del Olimpo y a los sentidos (gusto, olfato, vista, tacto y oído) a un banquete. En este banquete se sirvió un vino que hizo las delicias de los asistentes, en particular de los sentidos del gusto, el olfato, la vista y el tacto, que enseguida se sintieron seducidos por los placeres del vino. Sin embargo, el sentido del oído parecía sentirse un tanto mohíno ante la imposibilidad de disfrutar al igual que el resto de los sentidos. Para remediarlo, Dioniso propuso instaurar la costumbre de brindar cada vez que se bebiese vino, para que el sentido del oído pudiese disfrutar del sonido producido por el choque de las copas.

El brindis en la Antigua Grecia y en la Antigua Roma

Más allá de la mitología, sí que es cierto que algunos historiadores han ubicado el origen del acto de brindar en las antiguas civilizaciones griega y romana. Según la Enciclopedia Británica, tanto griegos como romanos acostumbraban a practicar libaciones durante sus comidas. Estas libaciones consistían en rituales en los que los asistentes derramaban algún líquido sagrado como ofrenda  a los dioses y a los muertos. Lo hacían tanto para mostrar agradecimiento, como para pedir su intercesión en ciertas cuestiones de su interés. Al parecer, de este origen sacrificial de brindar por dioses y muertos, pasó también a emplearse el brindis para pedir por la salud de los vivos, una de las peticiones más comunes que se hacían a los dioses. Y de ahí, la acción del brindis iría perdiendo esa carga religiosa hasta derivar en el brindis actual, acompañado del habitual “¡Salud!”

Existe también otra teoría que sitúa el origen del brindis en las culturas de la Antigua Grecia y la Antigua Roma, en torno al siglo IV a.C. Pero en este caso el brindis no consistiría en un rito religioso, sino en una cuestión mucho más práctica: la de evitar ser envenenado. Es históricamente conocida la predilección de griegos y romanos por quitarse enemigos de en medio a través del envenenamiento. ¿Por qué mancharse las manos de sangre cuando puede uno eliminar cómodamente sus molestias durante la celebración de una alegre bacanal? Un poquito de cicuta en el vino y a otra cosa. Según esta teoría, el acto de brindar aparecería como prueba de confianza entre los invitados a un banquete y su anfitrión, ante la alarmante proliferación de envenenamientos que se daban en aquella época. De esta manera, mediante el choque de copas, los participantes mezclaban parcialmente el contenido de las mismas. Si alguien no brindaba, mejor no dar el trago.

El origen de la palabra “brindis”

El origen del término brindis, por el contrario, parece ser mucho más reciente. Aunque tampoco es un hecho contrastable al cien por cien, parece ser que esta palabra comenzó a emplearse en el siglo XVI. En 1527 las tropas del emperador Carlos I de España y del V del Sacro Imperio Romano Germánico toman Roma provocando la huida del Papa Clemente VII, tras lo cual inician el saqueo de la ciudad. Al ver la escabechina causada entre las fuerzas enemigas, los militares del imperio justificaron la matanza como una ofrenda a Dios, alzando sus copas de vino y pronunciando las palabras “bring dir’s”, que significarían “te lo ofrezco”, celebrando la victoria. Con el paso de los años, la expresión se castellanizaría hasta el actual “brindis”.

¿Qué decir mientras se brinda?

Sea cual sea el origen del brindis, el caso es que hoy en día nos sigue gustando brindar para celebrar, festejar y expresar nuestros buenos deseos. Para ello, no es necesario decir nada, basta con alzar la copa. Ojo, según los entendidos, no hay que chocar las copas cuando brindamos con vino. Pero si queremos decir algo, siempre podemos recurrir al universal “¡Salud!”. Si buscamos algo más elaborado, podemos probar con alguna de estas fórmulas:

  • El coreografiado y siempre socorrido: 

“Arriba, abajo, al centro y adentro”.

  • Su versión marinera: 

A babor, a estribor, a proa, a popa y a bodega”.

  • Un brindis para los creyentes:

“El que bebe se emborracha,

el que se emborracha duerme,

el que duerme no peca,

el que no peca va al Cielo.

Y puesto que al Cielo vamos:

¡Bebamos!”

  • O para los más hedonistas: 

“Bebamos, comamos y engordemos,

y si nos llaman gordos

hagámonos los sordos.”

O simplemente podemos brindar por los presentes, que nunca está demás. Sea cual sea la opción elegida, lo importante es celebrar la vida en compañía. Y si es con una copa de vino, mejor.

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Cultura gastronómica

¿Santa Claus una creación de Coca-Cola?

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Papá Noel, una leyenda adoptada en casi todo el mundo

Se acerca la Navidad, las comilonas, los regalos y la típica estética plagada de brillos, rojos brillantes y verdes profundos.

Uno de los iconos de la Navidad es Papá Noel con su barrigota, barba blanca, mofletes colorados –¿demasiado ponche?- y su traje rojo y blanco.

Seguro que habrás escuchado la leyenda urbana que afirma que Papá Noel, tal y como lo conocemos actualmente, es un invento de la Coca-Cola… Algo no del todo cierto, pero con un algo de verdad (como toda buena leyenda).

Aquí te describimos un poco de esta historia que se convirtió en un ícono de la humanidad.

Las primeras apariciones de Papá Noel

Una de las primeras ilustraciones de Santa data de 1862, cuando el dibujante Thomas Nast dibujó a Santa Claus para el Harper’s Weekly. Nast continuó dibujando a Santa durante 30 años y fue el que cambió el color de su ropa de tostado al rojo.

Otro acercamiento al Santa Claus actual fue en 1902, en el libro “La vida y aventuras de Santa Claus”, de L. Frank Baum (autor también de “El Mago de Oz”), en el que ya se perfilaban muchas de las características que definen al personaje. La dibujante Mary Cowles Clark fue la encargada de ilustrar la narración, aunque su Papá Noel viste de verde.

De hecho, durante finales del siglo XIX y principios del XX, convivían varias imágenes de Santa Claus, con trajes de diferentes colores y personalidades de distintas y variadas caraterísticas.

Y llego la chispa de la vida

Foto: Cartel publicitario Coca Cola

Coca-Cola comenzó a anunciarse utilizando la figura de Papá Noel en los años 20, usando el diseño de Fred Mizen; muy parecido al de Nast y con un punto estricto que no casa con la imagen actual de Santa.

Fue en 1931 cuando Coca-Cola dio un paso adelante en la estética de Santa Claus y contrató al dibujante Haddon Sundblom para ilustrar una nueva campaña mundial en la que Papá Noel era el protagonista absoluto.

Para inspirarse, Sundblom recuperó el poema de Clement Clark Moore de 1822 “Una visita de San Nicolás” en el que se describía al santo como un hombre cálido, amistoso, amable y muy humano. Y, por supuesto, vestido de rojo y blanco.

Foto: Cartel publicitario Coca Cola

De 1931 a 1964, los anuncios de Coca-Cola mostraron a Santa en multitud de situaciones. Sundblom creó su versión definitiva de Santa en 1964, dando forma a una imagen colectiva tan poderosa que va más allá del márketing y se ha convertido en un icono de la Navidad en todo el mundo.

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Cultura gastronómica

La cena navideña

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Cuál es su significado de este ritual de todos los años

La cena navideña, da un nuevo inicio a muchas ideas, propósitos, metas y proyectos a realizar. Este momento de toma de decisiones en armonía con la familia, tomando consejos y apoyos, son las decisiones a tomar de todos los participantes de la cena.

La cena navideña, el momento que muchas personas esperan durante el año, preparativos, degustación y el momento de reunión, son en sí la esencia de la noche, para que todo participante lleve una sonrisa dibujada en el rostro, dando a conocer la felicidad de esta hermosa reunión.

El respirar el aroma de la cena y la armonía familiar que presenta esta hermosa cena más la convivencia y tradición familiar, hacen de esta noche la celebración de la cena navideña.

Es importante recordar el motivo de la cena, recordar que es de origen religioso el nacimiento de Jesús y darle el festejo adecuado, que se presenta para esta ocasión.

Origen de la cena navideña

La tradición de la cena tiene sus raíces en los rituales a razón de los solsticios de invierno en Europa, en donde se encendían hogueras para simbolizar y celebrar que la luz vence a las tinieblas mientras los días comenzaban a alargarse.

Existen algunos indicios del origen de la cena de Navidad en las culturas nórdicas que ofrecían cultos al dios Freyr, señor de la lluvia, del sol y la fertilidad; de similar modo, los vikingos celebraban a Yuletide.

Se hacían sacrificios de jabalíes para asarlos y comerlos como homenaje a los dioses. Hasta el siglo XII, debido a la escasez de jabalíes, fueron reemplazados por cerdos domesticados, más presentes en Alemania, Dinamarca e Inglaterra, tradición que posteriormente fue exportada a América Latina.

América incluyó el pavo o gallina de las Indias, más popularizado desde el siglo XVI en México.

Foto: iStockPhoto

Emociones en la cena navideña

El comer con la armonía de la familia y amistades, entre conversaciones amenas, agradecimiento, recuerdos, recuerdos que año a año son vivos en dicha fecha, dan un momento de memorable felicidad, a la mesa.

Las ansias, a la espera de la media noche, en donde se dan a conocer con abrazos, cariño y amor, hacen emocionante la noche, vivir el momento, disfrutarlos, degustar del plato fuerte de la cena, mientras se alista el postre, para servirlo y darle un toque dulce a la mesa, hacen saber que el momento de agradecimiento se acerca.

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