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Historia de los Antojitos Mexicanos

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En nuestro país es muy frecuente escuchar frases como: – Uno para llevar; dos de trompa; ¿de surtida o de maciza? o tres verdes y uno de rajas

Un mexicano sabe perfectamente a qué nos referimos cuando hablamos de esto: nuestra comida típica. Contados son los que se pueden resistir a probar, por lo menos, uno de los innumerables antojitos mexicanos. Además de sus exquisito sabor, nuestra comida posee una deliciosa tradición lingüística, porque el solo hecho de pronunciarla genera un gusto en la boca; si no, enumeremos unos cuantos de nuestros manjares: tamal, pambazo, pozole, chicharrón, tlacoyo, mole…

Los antojitos mexicanos no sólo son ricos en sabor, también son ricos en tradición. Es innegable que la cultura europea influyó en nuestra gastronomía, ya que con la llegada de los españoles, en nuestros alimentos se incluyeron ingredientes como trigo (harinas y pan), el centeno, olivo (aceite), lechugas, rábanos, espárragos, entre muchos otros. De no haberse dado el mestizaje y el proceso de la Conquista, en nuestra tradición culinaria no existirían las gorditas de chicharrón o los tacos de carnitas, no habría tortas de tamal, porque aunque ya eran preparados por los indígenas, aún no se concebía la preparación del pan para una torta. Lo importante es que nuestra comida actual está basada en la tradición prehispánica con las influencias y elementos que fueron llegando a nuestro continente.

A continuación les presentamos una excelente descripción que nos hacen los amigos de El Ombligo de la Luna

Antojitos Mexicanos Prehispánicos
-EL POZOLE, UN PLATILLO PARA MOCTEZUMA –

Hoy en día pocos pueden resistir la oportunidad de disfrutar un rico plato de pozole calientito, con carne de pollo, res o cerdo, lechuga, rábanos, limón y el toque tan particular del orégano. Este tradicional platillo es indispensable en noches mexicanas, como el 15 de septiembre, así como lo fue en su momento en la mesa de Moctezuma.

La palabra pozole viene del náhuatl pozolli, que significa espuma. Los antiguos mexicanos utilizaban granos de maíz grandes y blancos llamados cacahuazintle para preparar esta típica comida nacional. El pozole siempre ha sido parte de las grandes festividades, ya que de acuerdo con lo escrito por fray Bernardino de Sahagún en su Historia general de las cosas de la Nueva España, durante los ritos en honor al dios Xipe Tótec (señor desollador), a Moctezuma se le servía un pozole con un muslo de algún joven prisionero previamente sacrificado.

En el México de hoy existen distintas presentaciones del pozole. El rojo, por ejemplo, es preparado con chile, y es típico de Sinaloa y Jalisco; el verde, cocinado con tomate, es típico de Guerrero. También existen las versiones vegetarianas, en las que se sustituye la carne por hongos o champiñones e incluso hay quienes lo preparan con pescado o mariscos.

Antojitos Mexicanos Prehispánicos
– LOS TAMALES Y EL ATOLE –

Otro antojito mexicano, herencia de nuestro pasado prehispánico, es el tamal. Su nombre también viene del náhuatl tamalli, que significa envoltorios de maíz.

Siendo el maíz parte esencial de la alimentación de aquella época, los tamales se preparaban en la casa de cada familia indígena. En aquella época los tamales no eran rellenos ni existía la gran variedad que hay en la actualidad. Esta peculiaridad fue dándose con el paso del tiempo, por lo que hoy los comemos rellenos de pollo, frijol, mole, salsa verde o roja, rajas y no pueden faltar los de dulce.

Es difícil concebir un tamal sin atole. Esta bebida también tiene su origen en el México antiguo, aunque en aquella época sólo se tomaba atole blanco. Preparado a base de fécula de maíz, se dice que el entonces conocido como Atolli fue un alimento del gusto de los emperadores mexicas. Las crónicas de la época indican que cada quien lo pedía a su gusto; Moctezuma por ejemplo, lo degustaba endulzado con miel.

Antojitos Mexicanos Prehispánicos

– LOS TLACOYOS –

Tlahtlaoyotl también proviene del náhuatl. Este alimento se preparaba tal y como lo conocemos el día de hoy, con masa azul, pero sin algunos ingredientes como el queso; recordemos que en aquellos días no se conocían las vacas en este continente.

Este alimento se podía consumir en la zona de comida del gran mercado de Tlatelolco, de hecho se dice que fue ahí donde los probaron los españoles.

Para quienes no lo conocen, les diremos que el tlacoyo es una tortilla gruesa, ovalada y larga, la cual puede ir rellena de ingredientes como frijoles, habas, carne o requesón; a esta deliciosa tortilla la acompañamos, regularmente, con nopales, queso, chile y cebolla, además se caracterizan por el color azul del maíz.

Actualmente en algunos lugares como Puebla y Tlaxcala se les conoce como Tlatoyos.

Antojitos Mexicanos Prehispánicos

– LOS SOPES Y LOS HUARACHES –

También conocidos como pellizcadas, picadas o picaditas, los sopes son otro de los antojitos que datan de la época prehispánica y que se preparan con maíz. Los sopes consisten en una tortilla gruesa, originalmente frita con manteca, sobre la que se suelen añadir chicharrón, carne, queso, verduras y salsa picante. Hay que decir que al igual que muchos otros antojitos presentan variaciones regionales, es más, hay quienes le dan el nombre de huaraches; sin embargo, los defensores del sope argumentan que no son lo mismo. A pesar de las similitudes, la diferencia está en el nombre y el tamaño. Los huaraches son más grandes y ovalados mientras que los sopes son redondos y con un contorno de masa que evita que se derramen sus ingredientes.

Esta batalla sólo podemos decidirla probando ambos alimentos, aunque difícilmente podremos declarar alguno como único ganador.

Antojitos Mexicanos en la Conquista

– LAS GORDITAS DE CHICHARRÓN –

Debido al mestizaje toda nuestra cultura vivió una transformación, por supuesto que la comida no podía ser la excepción. Todos nuestros antojitos evolucionaron debido a la inclusión de las nuevas mezclas, sabores e ingredientes del Viejo continente; el mayor ejemplo fue el chicharrón. ¿Qué sería de las gorditas sin el chicharrón?

Como ven la Conquista nos legó el alimento más cocinado en casas y restaurantes.

Antojitos Mexicanos en la Colonia

– EL MOLE –

Seguramente el mole es el alimento que incluye el mayor número de especias, granos, sabores y contrastes entre la comida mexicana: cacao o chocolate de tablilla, chile ancho, chile mulato, chile pasilla, chipotle, jitomates, almendras, nueces, pasas, ajonjolí, clavos, canela, perejil, pimienta, cebolla, ajo y tortillas, todo esto mezclado y vertido sobre piezas de guajolote o pollo.

Desde la época prehispánica ya se tienen datos de un platillo que los aztecas preparaban para los grandes señores. El Molli, que significa mezcla, era preparado con algunos de los ingredientes que ya mencionamos, pero con la llegada de los españoles se enriqueció con algunos ingredientes asiáticos y europeos.

– ORIGEN DEL NOMBRE MOLE –

El mole es uno de los platillos más representativos de nuestra mexicanidad, principalmente preparado para las grandes celebraciones.

El origen del nombre mole se ubica en las grandes cocinas de los conventos poblanos de la Colonia. En dichos monasterios se fortaleció y perfeccionó el arte culinario mexicano, pues se agasajaban a las grandes personalidades civiles y religiosas del Virreinato con banquetes majestuosos. Allí se disfrutaron por primera vez muchos de los platillos que a la postre dieron fama mundial a la Cocina Mexicana.

Una versión sobre su origen ubica al mole en el convento de Santa Clara en la ciudad de Puebla cuando una monja molió diferentes chiles y otros condimentos juntos en un metate. Estas monjas mantenían voto de silencio, por ello durante la mayor parte del día no podían hablar; cuenta la historia que el aroma de los ingredientes que la monja molía en la cocina eran tan agradables que todas las religiosas dejaron sus actividades para ir a ver de dónde provenía ese aroma tan particular, viendo lo que pasaba, la madre superiora rompió el silencio que debía guardar, dijo:

– “Hermana, ¡qué bien mole!”

lo que provocó las risas de las demás hermanas, que la corrigieron:

– “Se dice: ¡qué bien muele!, hermana”

Es por ello que se llamó Mole a este platillo.

– UNA LEYENDA SOBRE LA CREACIÓN DEL MOLE –

Se dice que Juan de Palafox, virrey de la Nueva España y arzobispo de Puebla, visitó su diócesis. El convento poblano le ofreció un banquete. El cocinero principal era fray Pascual. Ese día estaba particularmente nervioso y comenzó a reprender a sus ayudantes, en vista del desorden que imperaba en la cocina. El mismo fray Pascual comenzó a amontonar en una charola todos los ingredientes para guardarlos en la despensa y era tal su prisa que fue a tropezar exactamente frente a la cazuela donde unos suculentos guajolotes estaban ya casi en su punto. Allí fueron a parar los chiles, trozos de chocolate y las más variadas especias echando a perder la comida que debía ofrecerse al Virrey. Fue tanta la angustia de fray Pascual que comenzó a orar con toda su fe, justamente cuando le avisaban que los comensales estaban sentados a la mesa. Un rato más tarde, él mismo no pudo creer cuando todos elogiaron el accidentado platillo.

Lo seguro es que el mole no es producto de la casualidad, sino el resultado de un lento proceso culinario iniciado desde la época prehispánica y perfeccionado en la Colonia.

Antojitos Mexicanos en la Colonia

– LOS “PANBASSOS” –

El nombre de pambazo viene del pan que se usa para su elaboración y proviene del “pan basso” o pan virreinal. “En este tipo de pan se mezclaban los restos de harina cernida con harina proveniente de trigos averiados o de calidad inferior; las panaderías elaboraban mínimas cantidades de pambazo, un máximo del 4% de la harina que entraba a la ciudad” de México. También existían tiendas donde se vendía exclusivamente este pan, conocidas como “panbaserías” (pambacerías).

En el Bajío, el pambazo consiste en un pan completamente liso parecido a la telera (bollo) rellena de papa hecha casi puré y chorizo o longaniza y posteriormente bañada en salsa de chile guajillo o ancho. Es muy similar a las tortas ahogadas.

En Veracruz, este delicioso pan es muy parecido a una torta, pero el pan está cubierto de harina. Debe tener frijoles, chorizo, lechuga y queso, si se desea también se puede agregar salsa verde o roja con chile morita y tomate verde asado y cocido.

Antojitos Mexicanos en la Independencia

-LOS CHILES EN NOGADA-

En 1821, un año antes de coronarse como emperador de México, el entonces general Agustín de Iturbide, que se dirigía a la capital tras firmar los tratados de Independencia, realizó una escala en la ciudad de Puebla y degustó el singular alimento, curiosamente ese día era su santo. Las autoridades locales quisieron agasajar al futuro emperador con un banquete especial y le presentaron un nuevo platillo que integraba los tres colores de la bandera mexicana: el verde del chile poblano, el blanco de la salsa de nuez y queso y el rojo de la granada. El aroma, color y sabor del Chile en nogada venció las dudas de Iturbide, y pese a sus temores a ser envenenado, degustó el platillo.

Antojitos Mexicanos en la Revolución

-LOS BURRITOS-

Los famosos “Burritos” son originarios de la frontera norte del país. En los tiempos de la Revolución Mexicana, en el barrio de Bella Vista, en Ciudad Juárez, Chihuahua, un señor llamado Juan Méndez tenía un puesto de comida y para que no se le enfriara tuvo la idea de hacer grandes tortillas de harina de trigo para colocar los rellenos dentro. Esos rollos de comida los introducía dentro de mantelitos para conservarlos calientes. Eran tantos los pedidos que recibía que decidió comprar un burro para transportar la comida y cruzarla por el río Bravo. Fue tan grande el éxito que con el tiempo comenzaron a llegar mexicanos y estadunidenses preguntando por la comida del “burrito”. Fue así como nació el mote.

Los primeros burritos eran elaborados de machaca (carne de venado, en un principio). También se sabe que antes de la llegada de los españoles los indígenas del norte ya comían este platillo, debido a que dicha carne no requiere de refrigeración; los indígenas llevaban rollos de machaca consigo como provisión para viajes que después comían sin sazonar. Hoy en día la tortilla de los Burritos se hace también con harina de maíz, por ser el cereal más usado en la dieta mexicana, especialmente en el centro y sur del país. Incluso podemos encontrar Burritos empacados listos para introducirse al horno de microondas y disfrutarlos en poco tiempo.

SABÍAS QUE?…

Los mexicas no podían comer más de dos tortillas al día.

En la actualidad es difícil imaginar la comida mexicana sin tortillas. De hecho, históricamente la tortilla nos ha acompañado desde la época prehispánica, aunque debemos aclarar que no se comía en tal cantidad.

De acuerdo con el códice Florentino, el régimen alimenticio de los mexicas indicaba que a partir de los tres años de edad los niños podían comer media tortilla al día; a los cuatro y cinco años, una tortilla entera; de los seis a los doce, tortilla y media; de los trece años en adelante la ración era de dos tortillas.

Tal vez muchos se pregunten, ¿si existía tal disciplina en el consumo de las tortillas, por qué en la actualidad muchos mexicanos consumen más de 10 al día? El triste y desafortunado hecho de comer demasiadas tortillas surgió cuando llegaron los españoles, ya que al someter a los indígenas los hundieron en la miseria quedando a su alcance el maíz como elemento básico en su alimentación.

La Primera Vez en México.

Los Primeros Tacos de carnitas en la Nueva España

De acuerdo con Bernal Díaz del Castillo, los primeros tacos de carnitas que se comieron en la Nueva España se prepararon durante la Conquista. En aquella época, Hernán Cortés ofreció a sus capitanes y soldados conquistadores una gran taquiza en Coyoacán, para ello se prepararon varios cerdos que habían traído desde cuba, naciendo así los tacos de carnitas.

Es importante recalcar que ni Cortés ni cualquier otro español fueron los creadores del taco, ya que los antropólogos aseguran que los tacos ya se comían en el Valle de México. Los pobladores del Valle comían tacos de acociles y charales; en Morelos y Guerrero de jumiles y hormigas; en Puebla y Oaxaca de chapulines y escamoles. Los españoles aportaron lo suyo y le pusieron a nuestras tortillas su carne de puerco.

Pata de Xoloescuintle

Museo Galería Cocina Duque De Herdez

Un poco de sal, algunos toques de pimienta, unas hierbas de olor… ¡mmm, qué rico es este sabor! Y si de sabores hablamos, el de la comida mexicana puede conquistar hasta el paladar más exigente, así que vámonos de Pata de Xoloitzcuintle al Museo Galería Nuestra Cocina Duque de Herdez y tengamos un paseo gastronómico por la Historia de México.

En este lugar se conjuga el efímero y constante arte de cocinar y nos ofrece una orientación sobre alimentación, cultura, costumbres y formas de conservación de la comida mexicana. La galería está dividida en diferentes salas, como por ejemplo:

La cocina prehispánica, en donde podemos ver los utensilios y alimentos utilizados en esa época.

La cocina del virreinato, en la cual nos daremos cuenta de la transformación en la alimentación que sufrió a la llegada del conquistador. La cocina del México moderno, en donde nacen algunos procesos importantes como es el enlatado, procesos químicos, colorantes y sabores artificiales, finalizando con la cocina del futuro.

Cada una de estas salas nos acerca a los espacios culinarios y mágicos que México ha tenido y desarrollado hasta nuestros tiempos. El viaje se complementa con salas introductorias, videos y juegos interactivos.

¡Buen provecho!

Horarios:

Martes a Sábado de 10:00 a 17:00 Hrs.

Reservaciones: 55 22 96 66 / 55 22 55 44 / 55 22 88 60

Cómo llegar::

Seminario 18, Centro Histórico México D.F., CP 06060

FUENTES

García Acosta, Virginia.
Las panaderías, sus dueños y trabajadores.
Ciudad de México. Siglo XVIII.

López Méndez, Ricardo.
Estampas de Historia de México.
SEP. México, 2003.

Novo, Salvador.
Cocina Mexicana, Historia Gastronómica de la Ciudad de México.
Editorial Porrúa, México, 2002.

Fuente: El Ombligo de la Luna

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Cultura gastronómica

Centzon totochtin: los 400 conejos responsables de la ebriedad con pulque

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Foto: INAH

¿Has escuchado alguna vez de los 400 conejos prehispánicos encargados de producir la ebriedad del pulque?

En la época prehispánica se creía que cuando alguien tomaba pulque, era poseído por uno de los 400 conejos y por eso su personalidad cambiaba. Dichos espíritus o deidades eran conocidos como Centzon totochtin, que en español quiere decir 400 conejos. Eran hijos de la deidad del maguey llamada Mayahuel, y cada uno poseía una personalidad única. Según el carácter de quien bebiera el pulque, sería el conejo que adoptaría durante la embriaguez.

Foto: Diosa Mayahuel / INAH

Quetzalcóatl y Mayahuel

A su vez, el origen de Mayahuel está ligada a Quetzalcóatl-Echécatl, quien se narra que subió al cielo para convencerla de ir con él a la tierra. El acto generó el enojo de la abuela de Mayahuel, Tzizimitl. Tratando de escapar de la abuela, Quetzalcóatl y Mayahuel se fusionaron amorosamente en un árbol, pero no evitaron ser descubiertos y Tzizimitl arrancó la parte correspondiente a su nieta. Al regresar a su forma humana, Quetzalcóatl enterró los restos de Mayhuel, de quien brotó el maguey. A su vez, Mayahuel, está emparentads con la diosa Tonantzin.

Foto: Gifos prehispánicos

De acuerdo con la leyenda, Mayahuel tuvo por hijos a 400 conejos, a quienes alimentaba con 400 pechos. Cada uno de sus hijos era responsable del estado anímico que produce la bebida fermentada del pulque. Debido a ello, quienes bebían el octli (como se llamaba al pulque antes de la Conquista) se comportaban de formas diversas, pues eran poseídos por uno de estos seres. En algunos podía aparecer la melancolía, la alegría o la seducción, etcétera.

Durante la época prehispánica tanto el pulque como los conejos estuvieron fuertemente vinculados a la sexualidad. Los pueblos prehispánicos eran conscientes que para producir octli era necesario matar la planta del maguey, por lo cual la bebida fermentada se relacionaba con el semen, la leche materna y la sangre. Asimismo, los conejos eran relacionados a la fertilidad y la sexualidad desenfrenada, hecho que puede suceder durante la embriaguez.

Foto: Códice Mexica

400 conejos, los responsables del carácter de los borrachos

Por otra parte, la imagen del conejo fue visto por los pueblos prehispánicos en la luna; mientras que los líquidos eran asociados a las fases lunares. Para producir octli es necesario seguir el movimiento lunar, ya que se debe conocer el momento exacto para extraer el aguamiel.

Por ello, iconográficamente se llegó a representar a la luna como una gran jícara de pulque y en otras imágenes contenía a un conejo raspando su interior, como si se tratase de un maguey. Por lo tanto, Meztli regía el proceso orgánico-divino de los conejos, quienes eran representados por sacerdotes durante las ceremonias y se les investía con el Yacametztli.

Foto: Zeutschel Omniscan 11

Cada uno de los conejos tenía su propio nombre y algunos de ellos estaban relacionados con la creación del pulque. De acuerdo con la leyenda, el pulque fue creado en la actual huasteca potosina. Uno de los conejos más destacados era Patécatl, quien además era dios de la medicina, el peyote y la raíz que fermentaba el pulque, además era el consorte de Mayahuel y padre de los Centzon Totochtin. Otros de los nombres conocidos son Acolhua, Colhuantzíncatl, Cuatlapanqui, Chimalpanécatl, Tezcatzóncatl y Tomiyauh.

Foto: INAH

Los 400 conejos y sus fiestas

A los 400 conejos se le honraba con una fiesta cada 260 días. Durante la fiesta, conocida como Ometochtli, toda la población podía consumir pulque, cosa que no era bien vista fuera de la fecha. Sin embargo, se creía que quien naciera en Tochtli (día conejo) sería un borracho toda su vida. Durante la fiesta estaba prohibido insultar a la gente en estado de ebriedad, ya que se consideraba que estaban poseídos por uno de los 400 conejos y que podían llegar a ofender al dios. Fuera de la fiesta, la embriaguez podía ser sancionada con pena de muerte.

Otros momentos en los que se permitía el consumo de pulque era antes del sacrificio, ya fuese en guerra o ritual; durante las fiestas de las cosechas y en la fiesta del dios del pulque.

Las culturas prehispánicas latinoamericanas son un legado de historias y mitos impresionantes, cargados de misticismo y asombro.

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Cultura gastronómica

Jean Anthelme Brillat-Savarin

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Foto: Jean Anthelme Brillat-Savarin

El gran filósofo francés de la gastronomía

Fue un notable jurista francés, pero sobre todo, Jean Anthelme Brillat-Savarin fue un gastrónomo escritor del primer tratado gastronómico, ‘Fisiología del gusto’, y son suyas algunas de las frases más célebres sobre el buen comer.

Venido al mundo en la localidad gala de Belley, en una familia burguesa allá por el año 1755, un tiempo en el que la monárquica Francia se acercaba a su fin con la Revolución francesa fraguándose en el horizonte, Jean Anthelme Brillat Savarin fue un hombre instruido sólidamente.

Desde pequeño leyó autores griegos y latinos, aprendió idiomas como el inglés, el alemán o el español, se convirtió en un gran violinista y terminó estudiando Derecho en Dijon —tierra de buena mostaza— donde además también se formó en Química y Medicina.

Pero más allá de haber sido tiempo después diputado en los Estados Generales que terminarían convirtiéndose en la Asamblea Nacional al principio del proceso revolucionario, haber sido alcalde electo de su natal Belley, haberse tenido que exiliar primero a Suiza, más tarde a Holanda y finalmente a los recién fundados Estados Unidos, para terminar volviendo con el Primer Imperio francés ocupando puestos en la administración de justicia, si por algo es conocido este jurista es por haber cultivado a lo largo de su vida un exquisito gusto por el buen comer, la gastronomía y su aproximación a la ciencia.

Fisiología del gusto, la primera filosofía gastronómica y sus aforismos

Porque Brillat-Savarin fue además de un hombre de leyes y un excelente músico, lo que le permitió ganarse la vida durante su exilio, un gastrónomo de los más elevados y un completo epicúreo —al igual que otros considerados como tal como el romano Apicius— como bien demuestra la obra que lo hizo especialmente conocido dentro y fuera de Francia, el primer tratado gastronómico, en el que documentó su filia en primera persona. Este era Fisiología del gusto o Fisiología del gusto o meditaciones de gastronomía trascendental, obra teórica, histórica y a la orden del día, dedicada a los gastrónomos parisienses, por un profesor, miembro de varias sociedades literarias y académicas, como era su original y completo nombre.

Pese a que antes de la publicación del libro hubiesen corridos ríos de tinta a base de recetarios, algunos tan antiguos como el de Sent Soví, compendios gastronómicos e incluso relatos con la comida como uno de los protagonistas, nunca nadie hasta aquel diciembre del 1825 en el que se publicó el tratado —dos meses antes de su muerte y sin su nombre real como empezaba a ser costumbre— había hecho filosofía con la gastronomía, ningún autor había reflexionado sobre ella, nada se había escrito sobre la tan costumbrista buena mesa francesa.

Foto: Libro Fisiología del gusto de Jean Anthelme Brillat-Savarin

Fisiología del gusto la aborda como el bello arte que es, dejando a un lado la básica necesidad humana de comer para sobrevivir y centrándose en el disfrute de la misma, en el placer que una persona siente cuando come y se deleita independientemente de si lo hace por sentir hambre, en la grata compañía que debe acompañar un momento así e incluso en la buena conversación que debe aderezarlo.

A lo largo de la treintena de capítulos que componen la obra, Jean Anthelme expone sus meditaciones —como así las llamó— repasando minuciosamente el papel que juegan los sentidos a la hora de comer, la verdadera importancia que tiene el apetito, los pormenores de la digestión o qué representa para él el arte, literalmente, de la fritura. Todo siempre con el acercamiento del arte culinario a la ciencia con la química, la física, la medicina y la anatomía a la cabeza, anécdotas por doquier, alguna que otra receta y grandes dosis de un particular humor irónico y satírico.

Así, el magistrado y teórico nos dejó grandes platos como el cortésmente titulado Almohada de la bella Aurora (Oreiller de la Belle Aurore, en su original francés), dedicado a su madre Claudina Aurora Récamier y sin lugar a dudas una de las recetas más elevadas de la cocina de caza, u otras recetas difícilmente reproducibles no por falta de detalle en su exposición, sino por falta de recursos en la actualidad. De hecho uno de los grandes cocineros franceses del siglo XIX y principios del XX, Edouard Nignon, aseguraba que no había creación de Brillat-Savarin reproducible porque la riqueza que poseían era, sencillamente, irrepetible. Y otro ilustre como Honoré de Balzac, por ejemplo, no titubeó en calificarlo como un sublime goumet además de un eminente prosista. Tanto le influyó que el título de su célebre obra Fisiología del matrimonio no es una banal casualidad.

Y por supuesto declaraciones de intenciones nada modestas, en el mismo prefacio de su obra, sobre lo que Fisiología del gusto iba a ser, fue y continúa siendo: “Desde un principio pude deducir que sobre tal materia faltaban muchas cosas mejores que libros de cocina, y que se podían presentar observaciones importantes acerca de unas funciones tan esenciales, tan continuadas, y que tan directamente influyen en la salud, en la felicidad de la gente y hasta en todos los negocios de la vida”. El pilar de la literatura gastronómica moderna que es actualmente su tratado filosófico-teórico sobre lo artístico de la buena mesa y la ciencia de la cocina, es buena prueba de ello.

El placer de la mesa es propio de cualquier edad, clase, nación y época; puede combinarse con todos los demás placeres y subsiste hasta el final para consolarnos de la pérdida de los otros.

Frases tan célebres que casi parecen adaptaciones de viejos refranes como “Dime qué comes y te diré quién eres”; declaraciones de intenciones tan rotundas sobre la importancia de los buenos alimentos en toda ocasión como “Una persona que recibe a amigos, y que no brinda ningún cuidado personal a la comida que está preparada para ellos, no es digna tener amigos”; aseveraciones como “El destino de las naciones depende de la manera en la que se alimentan”; o mandamientos gastronómicos tan ciertos como “El orden de los comestibles comienza por los más sustanciosos y termina por los más ligeros” pertenecen a este auténtico bon vivant.

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Bebidas

El origen del brindis

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Foto: iStockPhoto

Casi siempre que compartimos una copa de vino recurrimos al acto de brindar.

Lo hacemos, de forma más o menos espontánea, para celebrar un momento especial. En según qué situaciones, a veces acompañamos el brindis con una frase o alguna reflexión, pero el significado del gesto suele ser generalmente el mismo: expresar nuestros buenos deseos hacia alguien o hacia algún hecho, celebrar o festejar algo. El brindis es un acto que venimos practicando desde siempre y lo tenemos tan interiorizado que es posible que no sepamos ni de dónde viene. De hecho, se trata de una costumbre antiquísima cuyos orígenes parecen bastante difusos.

Por eso, hoy intentaremos arrojar algo de luz sobre los orígenes del acto de brindar, sobre la palabra brindis y sobre su significado.

¿De dónde viene el acto de brindar?

El origen del acto de brindar es tan antiguo que es complicado encontrar pruebas documentales que nos remitan a su origen de manera rigurosa. En este sentido, la mitología de la Antigua Grecia es una fuerte inagotable de creatividad a la hora de explicar de la forma más variopinta cualquier situación de la vida cotidiana. Según esta, Dioniso, dios griego de la vendimia y del vino, invitó en cierta ocasión a los dioses del Olimpo y a los sentidos (gusto, olfato, vista, tacto y oído) a un banquete. En este banquete se sirvió un vino que hizo las delicias de los asistentes, en particular de los sentidos del gusto, el olfato, la vista y el tacto, que enseguida se sintieron seducidos por los placeres del vino. Sin embargo, el sentido del oído parecía sentirse un tanto mohíno ante la imposibilidad de disfrutar al igual que el resto de los sentidos. Para remediarlo, Dioniso propuso instaurar la costumbre de brindar cada vez que se bebiese vino, para que el sentido del oído pudiese disfrutar del sonido producido por el choque de las copas.

El brindis en la Antigua Grecia y en la Antigua Roma

Más allá de la mitología, sí que es cierto que algunos historiadores han ubicado el origen del acto de brindar en las antiguas civilizaciones griega y romana. Según la Enciclopedia Británica, tanto griegos como romanos acostumbraban a practicar libaciones durante sus comidas. Estas libaciones consistían en rituales en los que los asistentes derramaban algún líquido sagrado como ofrenda  a los dioses y a los muertos. Lo hacían tanto para mostrar agradecimiento, como para pedir su intercesión en ciertas cuestiones de su interés. Al parecer, de este origen sacrificial de brindar por dioses y muertos, pasó también a emplearse el brindis para pedir por la salud de los vivos, una de las peticiones más comunes que se hacían a los dioses. Y de ahí, la acción del brindis iría perdiendo esa carga religiosa hasta derivar en el brindis actual, acompañado del habitual “¡Salud!”

Existe también otra teoría que sitúa el origen del brindis en las culturas de la Antigua Grecia y la Antigua Roma, en torno al siglo IV a.C. Pero en este caso el brindis no consistiría en un rito religioso, sino en una cuestión mucho más práctica: la de evitar ser envenenado. Es históricamente conocida la predilección de griegos y romanos por quitarse enemigos de en medio a través del envenenamiento. ¿Por qué mancharse las manos de sangre cuando puede uno eliminar cómodamente sus molestias durante la celebración de una alegre bacanal? Un poquito de cicuta en el vino y a otra cosa. Según esta teoría, el acto de brindar aparecería como prueba de confianza entre los invitados a un banquete y su anfitrión, ante la alarmante proliferación de envenenamientos que se daban en aquella época. De esta manera, mediante el choque de copas, los participantes mezclaban parcialmente el contenido de las mismas. Si alguien no brindaba, mejor no dar el trago.

El origen de la palabra “brindis”

El origen del término brindis, por el contrario, parece ser mucho más reciente. Aunque tampoco es un hecho contrastable al cien por cien, parece ser que esta palabra comenzó a emplearse en el siglo XVI. En 1527 las tropas del emperador Carlos I de España y del V del Sacro Imperio Romano Germánico toman Roma provocando la huida del Papa Clemente VII, tras lo cual inician el saqueo de la ciudad. Al ver la escabechina causada entre las fuerzas enemigas, los militares del imperio justificaron la matanza como una ofrenda a Dios, alzando sus copas de vino y pronunciando las palabras “bring dir’s”, que significarían “te lo ofrezco”, celebrando la victoria. Con el paso de los años, la expresión se castellanizaría hasta el actual “brindis”.

¿Qué decir mientras se brinda?

Sea cual sea el origen del brindis, el caso es que hoy en día nos sigue gustando brindar para celebrar, festejar y expresar nuestros buenos deseos. Para ello, no es necesario decir nada, basta con alzar la copa. Ojo, según los entendidos, no hay que chocar las copas cuando brindamos con vino. Pero si queremos decir algo, siempre podemos recurrir al universal “¡Salud!”. Si buscamos algo más elaborado, podemos probar con alguna de estas fórmulas:

  • El coreografiado y siempre socorrido: 

“Arriba, abajo, al centro y adentro”.

  • Su versión marinera: 

A babor, a estribor, a proa, a popa y a bodega”.

  • Un brindis para los creyentes:

“El que bebe se emborracha,

el que se emborracha duerme,

el que duerme no peca,

el que no peca va al Cielo.

Y puesto que al Cielo vamos:

¡Bebamos!”

  • O para los más hedonistas: 

“Bebamos, comamos y engordemos,

y si nos llaman gordos

hagámonos los sordos.”

O simplemente podemos brindar por los presentes, que nunca está demás. Sea cual sea la opción elegida, lo importante es celebrar la vida en compañía. Y si es con una copa de vino, mejor.

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